Por José Manuel Jerez
La elección presidencial dominicana de 2028 no se perfila como una contienda de entusiasmo ni de adhesiones emotivas, sino como una elección de descarte. En un contexto de fatiga ciudadana, descrédito institucional y frustración acumulada con la gestión pública, el factor decisivo no será quién entusiasme más, sino quién genere menos rechazo. En ese escenario, la “tasa de rechazo” emerge como el verdadero árbitro silencioso del proceso electoral.
Desde la ciencia política, la tasa de rechazo mide el porcentaje del electorado que afirma que no votaría jamás por un candidato, bajo ninguna circunstancia. A diferencia de la intención de voto, que es volátil y coyuntural, el rechazo es estructural, emocionalmente consolidado y extremadamente difícil de revertir. En elecciones altamente polarizadas, este indicador resulta más determinante que la popularidad misma.
Aplicado al escenario dominicano, el liderazgo de Leonel Fernández presenta una tasa de rechazo históricamente relevante, pero con una particularidad crucial: se trata de un rechazo estable y contenido. No es expansivo. Proviene del desgaste natural de una figura con largos períodos de ejercicio del poder y de narrativas políticas acumuladas, pero no se alimenta de escándalos nuevos ni de errores recientes de gestión.
Ese rechazo conocido y delimitado convive, sin embargo, con una valoración ampliamente reconocida de su capacidad de gobierno, experiencia estatal y manejo del aparato público. En términos electorales, Leonel Fernández no es un candidato de expansión ilimitada, pero sí uno altamente competitivo en escenarios de contraste, donde el electorado prioriza orden, previsibilidad y experiencia frente a la improvisación.
En el otro extremo del espectro se sitúa Omar Fernández, cuya principal fortaleza reside en una tasa de rechazo extraordinariamente baja. Su figura no ha generado anticuerpos sociales significativos y goza de una aceptación transversal, particularmente entre sectores jóvenes y urbanos. Desde la teoría electoral, se trata de un candidato “expandible”, con capacidad real de agregación.
No obstante, el bajo rechazo inicial también implica un riesgo: la campaña presidencial es el espacio donde el rechazo se construye. La ausencia de una trayectoria ejecutiva nacional y la exposición prolongada pueden generar resistencias que hoy no existen. La incógnita estratégica no es si Omar puede crecer, sino si puede hacerlo sin activar un rechazo que aún no ha cristalizado.
El actor que enfrenta el problema más serio de rechazo estructural es el oficialismo. El Partido Revolucionario Moderno acumula un rechazo creciente asociado a la gestión: crisis en servicios públicos, improvisación administrativa, promesas incumplidas y deterioro de la confianza institucional. Este rechazo no es ideológico, sino pragmático, y por ello resulta especialmente difícil de neutralizar.
A diferencia del rechazo personal, el rechazo por gestión se transfiere automáticamente al candidato que encarne la continuidad. En términos politológicos, el PRM enfrenta un rechazo expansivo, aún en crecimiento, que condiciona cualquier estrategia electoral futura, independientemente del rostro que presente.
En consecuencia, la elección de 2028 se encamina a un contraste nítido entre dos lógicas políticas: de un lado, la Fuerza del Pueblo, con liderazgos que, aunque generan debates, son percibidos como capaces de gobernar y de restablecer orden y dirección estratégica; del otro, un PRM atrapado en el desgaste de una gestión errática, con una carga de rechazo que funciona como lastre electoral estructural. En ese choque, no decidirá la simpatía, sino el miedo al continuismo. Y hoy, el continuismo tiene nombre, gestión y rechazo.
