Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El gallo no era suyo.
Venía del patio vecino, del lado haitiano, donde la madrugada no pide documentos y la luz no se detiene a preguntar de qué lado debe nacer.
Se subió a ese entramado de madera como quien ocupa un lugar que no le pertenece y, al mismo tiempo, le pertenece por completo, porque la vida —cuando es pura— no reconoce límites.
Allí se sostuvo.
Quieto.
Vivo.
No traía historia.
No cargaba memoria.
No sabía de negaciones ni de culpas.
No conocía ese instante antiguo en que un hombre, temblando junto al fuego, negó lo que más amaba mientras otro, clavado en una cruz, agonizaba bajo el peso del mundo.

Este gallo no venía de esa madrugada.
Alzó el cuello.
Respiró el aire húmedo.
Y cantó.
Pero no cantó como aquel gallo que le cantó a Pedro mientras Jesús agonizaba.
No fue un canto que atravesara el alma de nadie.
No despertó lágrimas ni puso a nadie frente a sí mismo. No fue un canto de revelación ni de juicio.
Fue otra cosa.
Un canto sin historia.
Un canto sin culpa.
Un canto que no señalaba, que no recordaba, que no exigía.
Desde su altura frágil, no miraba hacia los hombres ni hacia sus sombras.
Miraba hacia la claridad que ya lo tocaba por dentro, aunque todavía no tocara la tierra.
En ese gesto había una serenidad que no necesita explicarse.
Porque este gallo no vino a decirle nada a nadie.
No vino a repetir la escena de una negación.
No vino a cargar con el dolor de otra madrugada.
Cantó porque el día venía.
Cantó porque la vida empuja.
Cantó porque hay cantos que no nacen del drama, sino del simple hecho de estar.
Y mientras su voz se abría en el aire, sin acusar, sin juzgar, sin recordar, dejaba flotando una verdad que los hombres, enredados en su propia historia, olvidan con facilidad: que no todo canto viene a reclamar.
Algunos vienen, simplemente, a anunciar que la vida continúa… incluso cuando nadie tiene nada que confesar.
