Por José Manuel Jerez
La cumbre “Escudo de las Américas”, inaugurada por Donald Trump en Miami el 7 de marzo de 2026, no debe leerse como una simple reunión coyuntural sobre narcotráfico, sino como una tentativa de reorganización estratégica del hemisferio occidental bajo liderazgo estadounidense. La propia narrativa oficial la presentó como un esfuerzo para “promover la libertad, la seguridad y la prosperidad” y para fortalecer la cooperación regional; sin embargo, el contenido político de la cita revela una ambición mayor: transformar la seguridad continental en el nuevo eje ordenador de la política interamericana.
En su dimensión inmediata, la iniciativa busca construir una arquitectura de acción conjunta contra bandas criminales, narcotraficantes y organizaciones terroristas. La agenda difundida en torno al encuentro incluyó expresamente seguridad regional, migración y cooperación internacional, mientras Reuters reportó que Trump anunció una nueva coalición militar para “erradicar” los carteles en el hemisferio occidental y afirmó que diecisiete naciones se habían integrado formalmente a esa alianza. Ese dato es crucial: el fenómeno del crimen organizado deja de tratarse como un problema policial fragmentado y comienza a presentarse como una amenaza estratégica hemisférica.
Desde la teoría del poder, ello supone un giro doctrinal de primer orden. El sistema interamericano clásico, diseñado en tiempos del TIAR y de la Guerra Fría, estaba pensado para amenazas interestatales o ideológicas. El “Escudo de las Américas”, en cambio, desplaza el centro de gravedad hacia actores no estatales transnacionales: carteles, pandillas, redes de tráfico y estructuras híbridas de violencia. En otras palabras, Washington intenta actualizar la noción de defensa colectiva, sustituyendo la lógica del enemigo estatal por la del enemigo transnacional que perfora soberanías, captura territorios y desestabiliza instituciones.
Pero el proyecto no se agota en la lucha contra el crimen. En su núcleo profundo, la cumbre expresa un esfuerzo por reconstruir la primacía de Estados Unidos en América Latina y el Caribe. Reuters informó que Trump aprovechó el encuentro para advertir que no permitiría “influencia extranjera hostil” en el hemisferio y para inscribir la iniciativa en un contexto de creciente preocupación de Washington por la expansión china en puertos, energía, infraestructura y comercio regional. Por tanto, el “Escudo” no solo combate carteles; también funciona como un dispositivo de contención geopolítica frente a potencias extrahemisféricas.
Aquí aparece una clave interpretativa fundamental: la seguridad se convierte en el lenguaje políticamente legítimo para reordenar alianzas. Cuando una potencia consigue definir qué constituye la amenaza principal, también adquiere la facultad de estructurar coaliciones, fijar prioridades presupuestarias y disciplinar el alineamiento de sus socios. Trump no solo convocó gobiernos afines; construyó un marco conceptual en el que la cooperación con Washington pasa a ser presentada como condición de supervivencia institucional frente al crimen, la migración irregular y la penetración estratégica de actores externos. Esa es, en términos realistas, una forma contemporánea de liderazgo hegemónico.
Por ello, algunos observadores comparan la iniciativa con una especie de “OTAN hemisférica informal”. La analogía no debe entenderse literalmente, porque todavía no existe un tratado multilateral de defensa con cláusulas automáticas comparables al artículo 5 atlántico. Sin embargo, sí se advierten rasgos funcionales semejantes: interoperabilidad de seguridad, intercambio de inteligencia, coordinación operativa y eventual legitimación de respuestas conjuntas —o incluso asimétricas— frente a amenazas definidas por el actor dominante. La novedad no es únicamente institucional; es, sobre todo, conceptual.
La dimensión ideológica del encuentro también merece atención. La composición de los asistentes reveló una constelación de liderazgos políticamente cercanos a enfoques de mano dura, control migratorio, seguridad reforzada y afirmación soberanista. Esa coincidencia sugiere que el “Escudo de las Américas” no pretende ser un foro universal del continente, sino un bloque selectivo de gobernabilidad estratégica. En esa medida, el mecanismo corre el riesgo de profundizar la fragmentación regional, dividiendo a América entre gobiernos insertos en el nuevo paraguas securitario de Washington y gobiernos renuentes a esa lógica de alineamiento.
Para la República Dominicana, la participación del presidente Luis Abinader posee una relevancia particular. La Presidencia dominicana informó que la cumbre tenía como objetivo principal promover libertad, seguridad y prosperidad, así como impulsar iniciativas conjuntas sobre seguridad regional y desarrollo económico. Para Santo Domingo, esto puede traducirse en oportunidades concretas de cooperación, inteligencia y posicionamiento estratégico ante Estados Unidos; pero también exige una diplomacia fina para evitar que la agenda nacional quede absorbida por un esquema hemisférico excesivamente militarizado o por prioridades definidas fuera de nuestro propio interés nacional.
En definitiva, “Escudo de las Américas” parece anunciar algo más profundo que una cumbre antinarcóticos: la tentativa de fundar una nueva arquitectura de poder en el continente. Su propósito visible es enfrentar carteles y criminalidad transnacional; su objetivo estratégico es reconstruir la centralidad estadounidense; y su trasfondo geopolítico consiste en bloquear la expansión de rivales extrarregionales, particularmente China. Si esta iniciativa se consolida, no estaremos simplemente ante un nuevo mecanismo de cooperación, sino ante el posible nacimiento de un orden interamericano de seguridad del siglo XXI, marcado por la militarización de la agenda regional, la selectividad ideológica de las alianzas y el retorno, bajo formas renovadas, de una lógica hemisférica de supremacía.
