
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En una entrevista que sostuve con Luisín Mejía en el año 2022, conversando sobre los cambios que comenzaban a insinuarse en el sistema internacional, recordé algo que había leído varios años antes en la prensa italiana.
En 2018, algunos analistas europeos hablaban de la posibilidad de una “Nueva Yalta”, una expresión que evocaba inevitablemente la célebre conferencia de 1945 en la que las grandes potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial comenzaron a definir el orden del mundo de la posguerra.
En aquella conversación señalé que, aunque esa idea aparecía con frecuencia en artículos de análisis publicados en Roma y Milán, en ese momento —en 2022— me parecía un escenario improbable. La razón era sencilla: el sistema internacional atravesaba una etapa de fragmentación política y estratégica en la que ningún liderazgo parecía capaz de reunir a las grandes potencias alrededor de una mesa de negociación global.
Además, el presidente Donald Trump había salido del poder en los Estados Unidos y la política exterior norteamericana parecía orientarse más hacia la confrontación que hacia una negociación estructural del equilibrio mundial.
Sin embargo, cuatro años después, en este año 2026, el panorama internacional parece haber cambiado de manera notable. Los acontecimientos que se desarrollan en el Golfo Pérsico, el recrudecimiento de las tensiones energéticas y el retorno de una diplomacia de poder entre las grandes potencias han vuelto a colocar sobre la mesa una pregunta que hasta hace poco parecía meramente académica: ¿se dirige el mundo hacia una nueva conferencia entre las grandes potencias para reorganizar el equilibrio internacional?
La referencia histórica inevitable es la Yalta Conference. Allí se reunieron Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Joseph Stalin para discutir, en medio de la guerra aún en curso, el destino político de Europa y el nacimiento de un nuevo orden mundial.
Pero hay un elemento histórico que conviene recordar y que muchas veces se olvida: en aquella guerra decisiva del siglo XX, las tres grandes potencias que hoy dominan la escena internacional —Estados Unidos, Rusia y China— fueron aliadas contra las potencias del Eje, Alemania y Japón. Washington, Moscú y Pekín combatieron en el mismo bando para derrotar al régimen de Adolf Hitler y al expansionismo militar del Imperio japonés encabezado por Hirohito.
Esa alianza militar entre Estados Unidos, la entonces Unión Soviética y China nacionalista fue uno de los pilares fundamentales de la victoria aliada. Y aunque el mundo de la posguerra derivó rápidamente hacia la confrontación de la Guerra Fría, lo cierto es que el orden internacional surgido en 1945 fue el resultado de un acuerdo —explícito o implícito— entre esas grandes potencias.
Hoy el escenario es diferente, pero la lógica del poder sigue siendo la misma. Las figuras que dominan la escena internacional no son ya Roosevelt, Churchill y Stalin, sino líderes como Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping, cuyas decisiones condicionan de manera directa el equilibrio estratégico del planeta.
La guerra en torno a Irán, la creciente rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China, la cuestión energética global y la necesidad de estabilidad en las grandes rutas comerciales del mundo están creando una presión histórica que recuerda, salvando las distancias, los momentos de tensión que precedieron a las grandes conferencias diplomáticas del siglo XX.
En otras palabras, el sistema internacional vuelve a encontrarse ante una vieja disyuntiva de la historia: o las potencias negocian entre sí un nuevo equilibrio, o el mundo corre el riesgo de deslizarse hacia una escalada de conflictos regionales cada vez más peligrosos.
No es casual que en los últimos meses Moscú haya vuelto a plantear la idea de reuniones entre las principales potencias mundiales para discutir la crisis global.
Tampoco es casual que Pekín observe con profunda preocupación cualquier interrupción en las rutas energéticas del Golfo Pérsico, de las cuales depende buena parte de su crecimiento económico.
Y tampoco es casual que Washington intente demostrar, mediante su capacidad militar y energética, que sigue siendo el actor central del sistema internacional.
Todo ello ocurre mientras una nueva variable histórica comienza a dominar silenciosamente el panorama mundial: la competencia tecnológica y económica alrededor de la inteligencia artificial, cuyo desarrollo exige enormes cantidades de energía barata y estable.
Así, detrás de los acontecimientos militares y diplomáticos que ocupan los titulares de la prensa internacional, comienza a perfilarse un fenómeno más profundo: la lenta gestación de un nuevo equilibrio entre las grandes potencias del siglo XXI.
Si ese proceso terminará desembocando en una verdadera “Nueva Yalta” o en una forma distinta de negociación global todavía está por verse. Pero lo que parece cada vez más evidente es que el mundo ha entrado nuevamente en uno de esos momentos en los que la historia acelera su ritmo y obliga a los grandes actores del poder internacional a redefinir las reglas del juego.
