Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El mundo no se queda sin petróleo.
Lo que ocurre —y ahí empieza el problema— es que el petróleo no siempre llega.
Bajo la tierra de Venezuela yace la mayor reserva petrolera del planeta.
Un océano espeso, oscuro, acumulado durante millones de años, capaz en teoría de abastecer una parte significativa del consumo mundial.
En números fríos, más de 300 mil millones de barriles. Una cifra que, sobre el papel, podría alterar el equilibrio energético global.
Pero ese petróleo no está en los mercados.
No mueve barcos.
No fija precios.
No estabiliza economías.
Está ahí… pero no cuenta.
Porque en el mundo del petróleo hay una diferencia fundamental entre tener y producir.
Y aún más entre producir y exportar.
Venezuela, que durante décadas fue una potencia energética, hoy produce apenas una fracción de lo que producía en su apogeo.
Su infraestructura se deterioró, su industria se contrajo, su capital humano emigró y su sistema quedó atrapado entre sanciones, errores internos y aislamiento internacional.
El resultado es una paradoja que define nuestro tiempo: el país con más petróleo del mundo no puede influir decisivamente en el mercado mundial.
Mientras tanto, el sistema energético global sigue girando alrededor de otro lugar.
El Golfo.
Arabia Saudita, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar… y también Irán.
No porque tengan todo el petróleo del mundo, sino porque tienen el petróleo que fluye.
El Petróleo que se extrae, se embarca y se vende. El que sostiene el funcionamiento diario de las economías.
Ese es el petróleo que importa.
Y ese petróleo pasa por una puerta estrecha.
Un reciente gráfico del New York Times muestra que solo seis países asiáticos —Pakistán, Japón, Tailandia, Corea del Sur, India y China— importan cerca de 936 mil millones de dólares anuales en energía.
Una parte sustancial de ese flujo proviene del Golfo Pérsico. No de Venezuela. No de África. No del Ártico.
Del Golfo.
Ahí está la segunda paradoja.
El mundo no depende del petróleo que existe.
Depende del petróleo que circula.
Ese petróleo, en su mayor proporción, atraviesa un punto geográfico que parece insignificante en el mapa, pero que concentra una de las mayores vulnerabilidades del sistema internacional.
El Estrecho de Ormuz.
Por esa franja de agua pasa cerca de una quinta parte del petróleo mundial.
No solo el de Irán, sino el de Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Emiratos y Qatar.
Es el cuello de botella de la globalización energética.
Por eso, cuando se habla de sustituir el petróleo del Golfo con el de Venezuela o cualquier otro país, la pregunta no es geológica.
Es logística, política y temporal.
¿Cuánto tiempo tomaría reconstruir la industria venezolana?
¿Cuántas inversiones serían necesarias?
¿Cuántos años pasarían antes de que ese petróleo llegue en volumen suficiente a los mercados?
La respuesta no es inmediata.
La geopolítica no espera.
Por eso, en medio de una crisis —como la que hoy se desarrolla entre Irán, Estados Unidos e Israel—, el mundo no puede darse el lujo de sustituir rápidamente el Golfo.
Puede diversificar, puede planificar, puede intentar reducir su dependencia.
Pero no puede reemplazarlo de un día para otro.
Ahí reside la verdadera tensión del sistema global.
No en la escasez, sino en la dependencia concentrada.
Porque el petróleo existe en muchos lugares.
Pero el petróleo que sostiene al mundo sigue pasando por una sola puerta.
Mientras esa puerta exista, cualquier conflicto en esa región no será un episodio más de la historia.
Será un recordatorio de que la modernidad, por más tecnológica que se presente, sigue dependiendo de rutas antiguas, de recursos finitos y de equilibrios frágiles.
El petróleo no ha dejado de ser poder.
Solo ha cambiado la forma en que lo entendemos.
En ese entendimiento, el mundo sigue cometiendo el mismo error:
Confundir abundancia con seguridad.
Pero las paradojas no viven solas.
Se acumulan. Cuando se acumulan, estallan.
La crisis actual en el Golfo no es un accidente.
Es la consecuencia lógica de un sistema que depende de una región inestable para sostener su estabilidad.
En estos días, las amenazas cruzadas entre Irán, Estados Unidos e Israel han vuelto a poner sobre la mesa una posibilidad que durante años se consideró impensable: la interrupción del flujo energético por el Estrecho de Ormuz.
No se trata necesariamente de un cierre total.
Basta con una alteración parcial, una serie de ataques selectivos, una escalada mal calculada, para que los seguros marítimos se disparen, los buques reduzcan su tránsito y los mercados reaccionen con la rapidez del miedo.
Porque los mercados no esperan a que la crisis ocurra.
Reaccionan a la posibilidad.
Esa posibilidad hoy es real.
Trump lo entendió este Lunes 23 de marzo 2026 cuando decidió posponer ataques directos contra infraestructura energética iraní.
Cruzar esa línea no significaba solo un golpe militar. Significaba poner en riesgo el flujo mismo del sistema energético global.
Un error de cálculo en el Golfo no se paga en el campo de batalla. Se paga en el precio del barril.
Y el precio del barril no es una cifra abstracta.
Es el precio del transporte.
El precio de los alimentos.
El precio de la electricidad.
Es, en última instancia, el precio de la vida cotidiana.
En este escenario, China observa con la paciencia de las civilizaciones largas. Sabe que su crecimiento depende de la energía que llega por mar. Por eso compra, acumula, diversifica, pero sin romper con el Golfo. Puede invertir en África, en Rusia o en América Latina, pero no puede prescindir de esa ruta. No todavía.
Estados Unidos, en cambio, actúa con la lógica del poder inmediato. Presiona, amenaza, negocia. Intenta mantener el equilibrio sin ceder el control. Pero incluso su capacidad de influencia tiene límites cuando el problema no es político, sino estructural: el mundo sigue necesitando petróleo, y ese petróleo sigue saliendo del mismo lugar.
Europa, atrapada entre la dependencia energética y la fragilidad política, teme lo que no puede controlar. Ya vivió el impacto del gas ruso. Sabe lo que significa depender de una sola fuente. Y ahora observa el Golfo con la inquietud de quien reconoce un déjà vu histórico.
Y América Latina…
América Latina mira.
A veces con distancia.
A veces con resignación.
A veces con una falsa sensación de seguridad.
Pero cada crisis en el Golfo termina llegando. Llega en el precio del combustible, en el costo de los alimentos, en la presión sobre las finanzas públicas. Llega en la necesidad de subsidiar, de endeudarse, de ajustar.
La República Dominicana lo sabe. Lo ha vivido durante décadas. Desde los choques petroleros de los años setenta hasta las crisis más recientes, la historia se repite con una regularidad inquietante: cada vez que el petróleo sube, la economía dominicana tiembla.
No porque nos falten recursos.
Sino porque dependemos de los recursos de otros.
Ahí está la lección que el mundo aún no termina de aprender.
No se trata solo de producir más energía.
Se trata de dónde se produce.
Y de cómo llega.
Porque el verdadero poder en el siglo XXI no está únicamente en las reservas, ni siquiera en la producción. Está en las rutas. En los puntos de paso. En los lugares donde la geografía se convierte en destino.
Y hoy, ese destino sigue teniendo un nombre:
Ormuz.
Por eso, mientras se habla de inteligencia artificial, de digitalización, de nuevas economías, hay una realidad que permanece inalterable: la base material del mundo sigue siendo energética. Y esa base sigue siendo vulnerable.
El futuro podrá ser eléctrico.
Podrá ser digital.
Podrá ser automatizado.
Pero mientras dependa de energía concentrada en regiones inestables, seguirá siendo frágil.
Esa es la contradicción de nuestro tiempo.
También su advertencia.
Porque el problema no es que el mundo carezca de petróleo.
Es que depende de una sola puerta para moverlo.
Y las puertas, en tiempos de guerra, pueden cerrarse.
