Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Durante años repitió —con una crudeza que escandalizaba a diplomáticos pero que revelaba su lógica— que Estados Unidos debía “tomar el petróleo” de aquellos territorios cuya seguridad garantizaba.
No era una frase improvisada: era una manera de entender el poder.
Ya en 2011, en intervenciones públicas y entrevistas, y luego durante la campaña presidencial de 2015–2016, Donald Trump insistía en que Estados Unidos había cometido un error estratégico en Irak al no “quedarse con el petróleo”.
La frase —“take the oil”— fue repetida en múltiples ocasiones, incluyendo debates y discursos recogidos por medios como Brookings Institution (análisis de 2016) y la prensa estadounidense de ese período.
Aquello no era retórica suelta. Era una doctrina intuitiva.
Para Trump, los recursos no son abstractos ni los mercados neutrales; son instrumentos de poder. Y si una potencia garantiza seguridad, debe obtener control o beneficio.
Esa lógica, que en su momento fue vista como provocación, hoy reaparece —ampliada— en el escenario más delicado del sistema energético global.
El mundo no se queda sin petróleo.
Lo que ocurre —y ahí empieza el verdadero problema— es que el petróleo no siempre llega.
En estos días de guerra extendida en Medio Oriente —ya en su cuarta semana en marzo de 2026— el planeta ha vuelto a descubrir una verdad antigua: no basta con que el petróleo exista; tiene que poder moverse.
Y para moverse, necesita pasar por lugares que no son muchos, que no son amplios, y que no son neutrales.
Uno de ellos —el más importante de todos— es el Estrecho de Ormuz.
Por allí circulan aproximadamente 20–25% del petróleo transportado por mar en el mundo, según estimaciones reiteradas por agencias internacionales de energía y medios financieros en 2026.
Un cuello de botella geográfico convertido en nervio vital de la economía global.
Cuando el poder se concentra en un punto tan estrecho, la tentación de controlarlo deja de ser una hipótesis para convertirse en una obsesión.
Trump lo ha entendido.
Pero no ahora.
Trump no inventó la idea de Ormuz en medio de esta guerra; lo que ha hecho es trasladar aquella vieja intuición —formulada mucho antes de llegar a la Casa Blanca en 2016— a un punto más decisivo del mapa.
Si antes hablaba de tomar el petróleo, hoy habla —implícitamente— de controlar el paso por donde ese petróleo circula.
Ese paso tiene un nombre: Ormuz.
Lo más revelador no es solo la presión militar ni las amenazas recientes.
Es la formulación explícita que ha comenzado a tomar forma.
Este lunes 23 de marzo de 2026, según reportó The Economic Times, Trump declaró que el estrecho podría ser “controlado conjuntamente” por Estados Unidos e Irán, afirmando ante periodistas:
“It’ll be jointly controlled… me and the Ayatollah, whoever the Ayatollah is.”
El mismo día anunció además la postergación de ataques contra infraestructuras energéticas iraníes por cinco días, en función de negociaciones en curso.
Ahí está el giro.
La guerra no desaparece, pero se transforma. Ya no se trata solo de destruir, sino de administrar el flujo. Ya no se trata solo de ganar territorio, sino de garantizar tránsito. El poder deja de ser únicamente militar para convertirse en control del sistema.
Es un cambio profundo.
Porque en el siglo XX las guerras se libraban por el control de los recursos; en el siglo XXI comienzan a librarse por el control de los puntos de paso.
Esos puntos no son muchos: Ormuz, Suez, Malaca… pequeñas venas por donde circula la sangre del mundo.
Lo que estamos viendo no es un episodio aislado, sino el rediseño silencioso de la geopolítica global.
Europa observa con inquietud.
Asia calcula cada movimiento.
América Latina —incluida la República Dominicana— siente el impacto sin necesidad de mapas: en el precio del combustible, en el costo de los alimentos, en la electricidad.
Porque cada vez que Ormuz tiembla, tiemblan los hogares.
Sin embargo, en medio de ese temblor, emerge una lección que la historia repite con obstinación: el poder no está solo en lo que se posee, sino en lo que se puede mover.
Trump, con su estilo directo, casi brutal, lo ha dicho sin decirlo desde hace más de una década: no basta con tener petróleo; hay que controlar el camino por donde pasa.
Ahí está el verdadero conflicto.
No en los discursos.
No en las amenazas.
Ni siquiera en las bombas.
Sino en el mapa.
Porque en ese mapa, cada estrecho es una llave. Y quien tenga la llave, aunque no tenga el petróleo, tendrá el poder.
Al final, como tantas veces en la historia, el hombre cree que domina la geografía… hasta que la geografía termina dominando al hombre.
Entonces el mundo descubre, una vez más, una verdad incómoda:
La estabilidad no se importa; se fabrica.
