Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Llegué por primera vez a Italia en octubre de 1980.
Tenía treinta años y llevaba mucho tiempo esperando ese momento, como si no se tratara de un viaje, sino de un regreso que no sabía explicar del todo.
Desde joven había querido conocer aquella tierra porque en ella había nacido mi abuelo, Giuseppe Grimaldi, el 11 de marzo de 1891, en Scalea, en la provincia de Cosenza.
Su nombre y su historia habían atravesado el océano y se habían instalado en nuestra familia como una raíz invisible que siempre tira hacia atrás, hacia el origen.
Mi abuelo estudió en Nápoles y, siendo muy joven, hizo el servicio militar obligatorio, como correspondía a su tiempo.
Pero su historia no quedó ahí.
En 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, él se encontraba en Brasil.
Pudo haberse quedado allí, lejos del conflicto, como tantos otros.
Sin embargo, decidió regresar voluntariamente a Italia para defender la patria.
Así lo escribió años después en una carta dirigida al ministro plenipotenciario italiano en Santo Domingo.
No fue una frase retórica: fue una decisión real, concreta, que lo llevó a la guerra, donde resultó herido y también condecorado.
Era, sin duda, un hombre de su tiempo, formado en la idea de que la patria se defendía incluso con la propia vida.
Con esos antecedentes familiares, Italia no era para mí un país extranjero.
Era una especie de territorio heredado.
El viaje de 1980 se produjo en circunstancias curiosas.
Formé parte de un grupo de periodistas invitados por la compañía que en ese entonces explotaba el oro y la plata de la República Dominicana.
Fuimos primero a Suiza y luego al norte de Italia, cerca de la frontera, donde visitamos la refinería Valcambi.
Recuerdo aquel ambiente ordenado, preciso, casi silencioso, donde el oro —ese metal que tantas historias ha movido en nuestro país— era tratado con una técnica que parecía ajena al drama humano que suele acompañarlo.
Pero lo que más me marcó no fue la refinería ni el itinerario, sino una sensación más profunda: Italia no mostraba las heridas de la guerra.
En 1980 habían pasado treinta y cinco años desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, al recorrer sus ciudades, no se percibía con claridad la magnitud de lo ocurrido.
No vi ruinas, no vi cicatrices evidentes, no vi —al menos no conscientemente— las huellas de una devastación que, como hoy sabemos, fue brutal.
Años después, cuando estuve como Embajador en Roma, y al ver ahora el contenido de un libro escrito por Matthew Evangelista, he seguido conociendo lo que no había visto en 1980.
Italia fue uno de los países más castigados por los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial.
No solo cuando era enemiga, sino también cuando ya había dejado de serlo.
Evangelista documenta con rigor una realidad que desarma cualquier simplificación: decenas de miles de civiles italianos murieron bajo las bombas aliadas.
Más de sesenta mil, según sus cálculos, y lo más inquietante es que la mayoría de esas muertes ocurrieron después de 1943, cuando Italia ya había firmado el armisticio.
Es lo que él llama, con una expresión que encierra toda la tragedia, “bombardeo entre amigos”.
La guerra aérea, presentada muchas veces como una herramienta estratégica dirigida a objetivos militares, terminó golpeando inevitablemente a la población civil.
Las fábricas estaban dentro de las ciudades.
Los ferrocarriles atravesaban barrios enteros.
Los puertos eran también espacios de vida cotidiana.
Así, en nombre de la eficacia militar, se borró en la práctica la frontera entre combatientes y civiles.
Un caso fue el bombardeo del sector San Lorenzo de Roma (1943), cuando un barrio popular fue arrasado y el Papa caminó entre los escombros, rodeado de muertos y de una multitud que no entendía por qué la guerra había llegado de esa forma.
Pienso también en Montecasino, ese símbolo milenario destruido por la sospecha de que podía ser utilizado por los alemanes, aunque en ese momento no lo estaba.
Y en ciudades como Foggia, donde la destrucción alcanzó niveles difíciles de imaginar.
Nada de eso vi en 1980. Pero tampoco vi La destrucción en Milano, donde estuvimos los periodistas en aquel viaje.
Y no lo vi porque Italia había hecho algo extraordinario: reconstruirse hasta borrar, en apariencia, las huellas materiales de la tragedia.
Las ciudades volvieron a levantarse, las calles se llenaron de vida, la historia quedó encapsulada en los libros y en la memoria de quienes la vivieron.
Italia eligió no exhibir su dolor.
Esa es quizás la clave de todo.
Hay países que convierten su tragedia en monumento permanente.
Italia, en cambio, optó por la normalidad, por la continuidad, por la vida.
Pero esa elección tiene un precio: la invisibilidad de lo ocurrido.
Cuando yo caminaba por sus calles en 1980, lo hacía sobre una historia que no se veía.
Debajo de cada edificio reconstruido, de cada plaza restaurada, de cada iglesia que parecía intacta, había una capa de memoria que no formaba parte del paisaje visible.
Era una memoria silenciosa, íntima, transmitida en las familias, en las conversaciones, en los recuerdos que no siempre se comparten con los visitantes.
Fue de ese modo que comprendí algo que va más allá de Italia.
La guerra moderna —la que conoció el siglo XX— ya no es la guerra de mi abuelo.
Él combatió en una guerra donde el enemigo tenía rostro, donde el valor individual todavía tenía sentido, donde el honor era una palabra operativa.
La Segunda Guerra Mundial, en cambio, introdujo una lógica distinta: la destrucción a distancia, la muerte anónima, la capacidad de arrasar ciudades enteras desde el cielo sin ver a quienes morían.
Es otra escala, otra moral, otra realidad.
Mi abuelo regresó a Italia para defenderla.
Italia, décadas después, fue destruida desde el aire por quienes decían liberarla.
Entre esas dos frases se resume una transformación histórica profunda.
Tal vez por eso mi viaje de 1980 tuvo un significado que entendí mucho después.
No fue solo el encuentro con un país.
Fue el encuentro con una memoria que no se muestra, pero que sigue presente.
Italia no olvidó. Italia aprendió a vivir con lo que ocurrió.
Y nosotros, al conocer esa historia —al leerla, al reconstruirla, al narrarla— hacemos algo esencial: devolvemos a la superficie lo que el tiempo y la reconstrucción habían dejado oculto.
Porque hay heridas que no desaparecen.
Solo se vuelven invisibles.
