Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay épocas en que las ideas económicas se discuten en aulas, entre gráficos y ecuaciones, con la serenidad de quien cree que el mundo puede explicarse en curvas de oferta y demanda.
Hay otras —como esta— en que la economía deja de ser ciencia tranquila y se convierte en trinchera.
En ese campo de batalla se encuentran, frente a frente, dos figuras que no se soportan porque representan universos distintos: Paul Krugman y Donald Trump.
Krugman escribe con la seguridad del académico que cree en el orden racional del mundo. Premio Nobel de Economía en 2008, heredero de una tradición que confía en el papel estabilizador del Estado, en la regulación de los mercados y en la cooperación internacional, ha pasado los últimos años advirtiendo —con tono cada vez menos técnico y más político— que Trump representa un peligro económico.
Trump, en cambio, no escribe columnas ni cita teorías. Gobierna —o intenta gobernar— como un comerciante que desconfía de los libros y confía en el instinto. Para él, la economía no es un sistema que deba equilibrarse, sino un campo donde se negocia, se presiona y, si es necesario, se golpea.
Ahí comienza el conflicto.
Krugman ve en Trump un desastre: déficits fiscales elevados tras recortes de impuestos, guerras comerciales que alteran las cadenas globales, presiones indebidas sobre la Reserva Federal, y una peligrosa tendencia a confundir política exterior con aranceles. Desde su perspectiva, todo eso erosiona las bases de la estabilidad construida tras la Segunda Guerra Mundial.
Pero la historia —como siempre— se resiste a ser tan ordenada como un artículo académico.
Porque mientras Krugman escribía sus advertencias, la economía estadounidense, antes de la pandemia, mostraba cifras que incomodaban a sus críticos: crecimiento sostenido, desempleo en mínimos históricos, mejoras en algunos indicadores laborales de minorías, y un giro —aunque parcial— hacia la reindustrialización. No era el caos anunciado. Tampoco era el paraíso prometido. Era algo más ambiguo, más difícil de clasificar.
Y ahí es donde la discusión deja de ser técnica y se vuelve profundamente humana.
Krugman cree en un mundo interdependiente, donde las reglas importan más que los impulsos, y donde los organismos internacionales y las instituciones financieras actúan como árbitros de una economía globalizada. Trump, en cambio, sospecha de ese mismo mundo. Lo ve como un juego donde Estados Unidos ha cedido demasiado, donde la globalización ha beneficiado a otros a costa de su propia base industrial.
No es solo una diferencia de diagnóstico. Es una diferencia de fe.
Krugman confía en el sistema.
Trump confía en la fuerza.
Uno escribe para advertir.
El otro actúa para alterar.
Y entre ambos se mueve un país —y un mundo— que ya no sabe si quiere estabilidad o ruptura.
Porque lo que está en juego no es únicamente la tasa de interés, ni el déficit fiscal, ni el comercio con China. Lo que está en juego es algo más profundo: quién define las reglas y para quién funcionan.
En los salones donde se discuten políticas públicas, Krugman sigue siendo escuchado como la voz de la razón técnica. Pero en las calles donde se vota con frustración acumulada, Trump habla un lenguaje que muchos sienten más cercano, aunque sea más áspero, más impredecible.
Y así, la economía —que alguna vez pretendió ser neutral— ha terminado reflejando las pasiones de la política.
Tal vez por eso las críticas de Krugman, aunque fundamentadas en teoría y datos, ya no se perciben como diagnósticos fríos, sino como posiciones dentro de una batalla mayor. Y las decisiones de Trump, aunque cuestionadas por economistas, tampoco pueden reducirse a errores técnicos: son movimientos dentro de una estrategia de poder.
El mundo ha cambiado.
Ya no basta con tener razón en los números.
Hay que imponerse en la narrativa.
Y en ese nuevo escenario, ni Krugman es un árbitro imparcial, ni Trump es simplemente un error económico. Ambos son actores de una misma obra, donde la economía ha dejado de ser un lenguaje común para convertirse en un idioma dividido.
Al final, quizás la lección sea más antigua que cualquier modelo matemático: las naciones no se gobiernan solo con teorías, ni solo con impulsos.
Se gobiernan con una mezcla peligrosa de ambas.
Y cuando esa mezcla se desbalancea, no lo paga un economista en su columna ni un político en su discurso.
Lo paga la historia.
Porque, al final del día, la estabilidad —esa palabra que tanto repiten los tecnócratas— no se importa desde universidades ni desde organismos internacionales.
La estabilidad, como todo lo que vale en política,
se fabrica.
