Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay días en que la historia parece detenerse para contemplar su propia ironía.
Días en que los hombres, creyéndose dueños del destino, pronuncian palabras que el tiempo se encarga de desmentir con una precisión casi divina.
Abril de 1945 fue uno de esos días largos, interminables, donde el mundo viejo se desmoronaba sin saberlo del todo.
En un búnker húmedo de Berlín, rodeado de mapas inútiles y generales derrotados, Adolfo Hitler recibió el 15 de Abril la noticia de la muerte del Presidente de los Estados Unidos Franklyn Delano Roosevelt.
No lo lamentó. No podía.
En su lógica cerrada, en su universo donde la realidad ya no entraba, dijo que el presidente norteamericano era el mayor criminal de guerra que había conocido la humanidad.
Lo dijo con la convicción de quien ya no ve el mundo, sino el reflejo deformado de su propio derrumbe.
Aquella frase, que en otro tiempo habría podido estremecer a millones, cayó en el vacío.
Porque mientras la pronunciaba, el Ejército Rojo avanzaba calle por calle, casa por casa, hacia el corazón de Berlín.
Mientras Hitler maldecía al hombre muerto, la historia ya había dictado su sentencia sobre el hombre que aún respiraba.
No era la primera vez que ocurría. Los regímenes que se sienten acorralados suelen recurrir a un último recurso: acusar al otro de todos los males, convertir al enemigo en encarnación del mal absoluto.
Es una inversión moral, una forma de defensa desesperada.
El que ha llevado la guerra al extremo acusa de guerra; el que ha levantado campos de exterminio habla de crímenes; el que ha sembrado muerte denuncia la muerte ajena.
Pero la historia no es un tribunal de palabras, sino de hechos.
Quince días después de aquella frase, el 30 de abril, Hitler se suicidó en ese mismo búnker.
Dos días antes, el traidor italiano Benito Mussolini había sido fusilado por partisanos italianos y expuesto en una plaza de Milán, como si el cuerpo del dictador tuviera que rendir cuentas no solo a la justicia, sino a la mirada del pueblo.
Y menos de un mes después, Alemania se rendía. La guerra, esa que Hitler creía aún indecisa, había terminado.
Así funciona la historia: no desmiente de inmediato, pero nunca olvida.
Hoy, en otros escenarios, con otros nombres y otras banderas, vuelven a escucharse palabras parecidas.
Gobiernos, líderes y movimientos que, en medio de conflictos complejos, acusan a sus adversarios de crímenes absolutos, de barbarie, de ilegitimidad total.
Es el lenguaje de la guerra, sí, pero también es el lenguaje del miedo.
Porque cuando un poder comienza a sentir que el suelo se le mueve debajo de los pies, su primera reacción no es corregirse, sino gritar más fuerte.
Sin embargo, conviene no repetir la historia como caricatura. Cada conflicto tiene su propio entramado, sus causas profundas, sus responsabilidades compartidas.
No todo es equivalente, ni todo es comparable. Pero hay un hilo invisible que atraviesa los siglos: el de los hombres que, en el momento de su mayor debilidad, se presentan como jueces de la humanidad.
La lección de abril de 1945 no es solo militar ni política. Es moral.
Nos recuerda que la palabra “criminal” puede ser usada como arma, pero no siempre como verdad.
Y que, al final, el tiempo separa la propaganda de la realidad con una paciencia implacable.
Porque hay una escena que permanece: la del hombre encerrado bajo tierra, acusando al mundo, mientras el mundo ya ha seguido adelante sin él.
Y entonces uno comprende que la historia no castiga con ruido, sino con silencio.
El mismo silencio que quedó en aquel búnker cuando todo terminó.
Y que vuelve, cada cierto tiempo, a recordarnos que los que más acusan en la víspera… suelen ser los que están a punto de caer.
