Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay hechos en la historia que no comienzan cuando se escriben, sino cuando ya han sido reconocidos incluso por quienes tenían razones para negarlos. El 20 de mayo de 1990 —fecha de mi carta al profesor Juan Bosch— no fue el inicio de una verdad, sino su confirmación. Porque el día anterior, en la primera página del Listín Diario, el país había amanecido con una admisión que hoy pocos recuerdan, pero que entonces resultaba decisiva: el PRD de José Francisco Peña Gómez y el PRI de Jacobo Majluta, basados en sus propios cómputos, reconocían que Joaquín Balaguer estaba arriba en los resultados electorales.

Esa publicación no era un rumor ni una filtración interesada. Era el reflejo de los datos internos de dos de las principales fuerzas políticas del país. Era, en otras palabras, la constatación de que la realidad electoral comenzaba a imponerse por encima de las expectativas, de los discursos y de las ilusiones. Y, sin embargo, en ese mismo instante en que la evidencia se abría paso, surgía —paradójicamente— una resistencia desde dentro.
No desde afuera.
Desde dentro.
Un sector minoritario dentro del Partido de la Liberación Dominicana, incapaz de aceptar esos mismos datos que ya eran reconocidos por adversarios políticos, optó por el camino más fácil y más peligroso: desconocer la realidad y sustituirla por la sospecha. No era una estrategia, era una negación. Y como toda negación en política, tenía consecuencias.
Fue en ese clima —cargado de tensión, de incertidumbre y de interpretaciones interesadas— que tomé la decisión de escribir.
No escribí para convencer a quienes ya sabían.
Escribí para evitar que se negara lo evidente.
Le dirigí una carta al profesor Juan Bosch el 20 de mayo de 1990, transmitiéndole los resultados procesados en nuestro centro de cómputo. No eran estimaciones improvisadas, ni proyecciones políticas, sino cifras trabajadas con rigor, que coincidían con lo que ya otros partidos habían comenzado a reconocer públicamente. Era, en esencia, una confirmación técnica de una realidad política que ya había sido admitida incluso por adversarios.
Pero no bastaba con escribirla.
Había que hacerla pública.
Porque cuando la verdad comienza a ser cuestionada desde adentro, el silencio se convierte en complicidad.
Por eso esa carta salió de los límites partidarios y entró en el espacio público. Y por eso, años después, terminó donde debía terminar: incorporada como documento oficial en el Informe Carter sobre las elecciones dominicanas de 1990, dentro de los apéndices del reporte internacional.
Allí figura —junto a cartas de presidentes, resoluciones de la Junta Central Electoral y comunicaciones clave del proceso— como una pieza documental que testimonia no solo lo ocurrido, sino lo que se sabía en ese momento. Porque el informe, elaborado bajo la dirección del presidente Jimmy Carter, no se limita a narrar irregularidades o retrasos: reconstruye el clima político en el que los hechos fueron interpretados, discutidos y, en algunos casos, distorsionados.
El documento describe un proceso complejo:
demoras en el conteo,
errores administrativos,
acusaciones de fraude que debían ser evaluadas con evidencia,
y una atmósfera cargada de desconfianza.
Pero también deja claro algo fundamental:
la diferencia entre irregularidades y alteración del resultado no siempre coincide.
Ahí es donde la historia se vuelve delicada.
Porque en 1990 no solo se disputaban votos.
Se disputaba la interpretación de esos votos.
La publicación del Listín Diario el día 19 de mayo —con los cómputos del PRD y del PRI reconociendo la ventaja de Balaguer— representa un momento de lucidez colectiva que, sin embargo, no logró imponerse completamente en el debate político. Mi carta del día siguiente se inscribe precisamente en ese punto: como una continuidad de esa verdad ya anunciada, pero amenazada.
No fue un acto aislado.
Fue parte de una secuencia.
Primero, la realidad emerge en los datos internos de los partidos.
Luego, se publica.
Después, se intenta negar.
Y finalmente, alguien decide documentarla.
Eso fue lo que ocurrió.
Y por eso esa carta —más allá de su contenido inmediato— tiene hoy un valor mayor: demuestra que la verdad no solo existía, sino que estaba siendo reconocida incluso antes de ser defendida.
Juan Bosch, hombre de pensamiento riguroso y de intuición política excepcional, entendía mejor que nadie la complejidad de esos momentos. Pero también sabía que el liderazgo no siempre opera en condiciones de claridad absoluta. Alrededor de todo líder se mueven corrientes, presiones, interpretaciones. Mi carta no pretendía enseñarle la realidad, sino contribuir a preservarla.
Hoy, cuando el tiempo ha filtrado las pasiones y ha dejado en pie los documentos, lo que queda es claro:
que el país supo, antes de discutir;
que los partidos reconocieron, antes de confrontar;
y que la verdad fue escrita, antes de ser cuestionada.
Porque hay algo que la historia no perdona:
no es el error,
es la negación del hecho.
Y en mayo de 1990, la verdad no llegó de repente.
Ya había sido dicha.
Solo hacía falta no olvidarla.
