Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
A veces la política intenta ignorar lo que la geografía impone.
Europa está descubriendo nuevamente esa vieja lección.
Mientras la guerra en Irán eleva los precios del petróleo y del gas natural, las fábricas del continente sienten el golpe con una intensidad que amenaza su supervivencia económica.
Los costos energéticos en Alemania, Italia y otros países industriales son hoy mucho más altos que en Estados Unidos o China.
Ese diferencial puede decidir el destino de industrias enteras.
Durante décadas, el equilibrio energético europeo descansó sobre una realidad simple: el gas ruso fluía de manera constante hacia el continente.
Los grandes gasoductos que atravesaban Ucrania, Bielorrusia y el mar Báltico permitían a Europa acceder a una energía relativamente barata y abundante.
Esa energía alimentó la maquinaria industrial alemana.
Fundiciones, acerías, fábricas químicas, plantas automotrices: todo ese complejo productivo dependía de un suministro estable de gas procedente de Rusia.
La invasión de Ucrania en 2022 cambió ese equilibrio.
Europa decidió cortar —o al menos reducir drásticamente— su dependencia energética de Moscú.
El resultado fue inmediato: el continente tuvo que recurrir al gas natural licuado transportado por barcos desde Estados Unidos, Catar o África.
Ese gas es mucho más caro.
La industria europea comenzó entonces a perder competitividad frente a Estados Unidos y Asia.
Ahora, la guerra en el Golfo Pérsico vuelve a presionar el sistema energético mundial.
El estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del veinte por ciento del petróleo global, se ha convertido en un punto de tensión estratégica.
Los mercados reaccionan con nerviosismo, y cada incremento del precio del petróleo o del gas golpea directamente a las fábricas europeas.
Ante esta realidad surge una pregunta incómoda.
¿Debe Europa volver a comprar energía a Rusia?
Desde el punto de vista estrictamente económico, la respuesta parece evidente.
Rusia posee enormes reservas de gas natural y petróleo, y la infraestructura para transportarlos hacia Europa ya existe.
Reanudar ese flujo reduciría los costos energéticos y aliviaría la presión sobre la industria europea.
Pero la política rara vez sigue únicamente la lógica económica.
Para muchos gobiernos europeos, reabrir la puerta energética a Rusia significaría admitir que las sanciones no lograron modificar el equilibrio geopolítico que pretendían cambiar.
También implicaría reconocer que la seguridad energética del continente sigue dependiendo, en gran medida, de los recursos naturales de su vecino oriental.
Sin embargo, la historia económica suele ser menos ideológica que la política.
Las fábricas necesitan energía.
Las economías necesitan estabilidad de precios.
Y los mercados, tarde o temprano, terminan imponiendo su propia lógica.
La guerra en Irán ha revelado nuevamente una verdad que Europa conoce desde hace siglos: la geografía energética no puede ignorarse indefinidamente.
En los momentos de crisis, las rutas más cercanas y las fuentes más abundantes vuelven a imponerse.
Tal vez por eso, mientras los discursos políticos siguen hablando de independencia energética, en muchos despachos industriales de Europa comienza a escucharse una idea cada vez más clara.
- La solución podría estar…exactamente donde siempre estuvo.
