Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Aún tenía yo trece años de edad cuando, el 22 de noviembre de 1963, se produjo el asesinato del presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy.
Fue el primer gran trauma político de la generación de jóvenes a la que pertenezco —junto a Tony Raful— después del golpe de Estado contra Juan Bosch el 25 de septiembre de ese mismo año.
Aquel 1963 fue, para nosotros, un año de ruptura.
En Santo Domingo y en Dallas, en dos escenarios distintos pero conectados por la historia, se quebraba la confianza en la política como instrumento de esperanza.
Hoy, más de seis décadas después, la aparición del testimonio de Evelyn Lincoln, conservado en la Biblioteca Presidencial John F. Kennedy, obliga a mirar de nuevo aquel crimen con una densidad histórica distinta.
No habla un observador lejano, sino quien estuvo en el corazón mismo del poder durante doce años.
Ella afirma textualmente:
“Se creó así un vínculo entre la mafia, la CIA y extremistas de derecha, quienes veían a Kennedy como un obstáculo.”
“Jimmy Hoffa y el crimen organizado tenían razones para odiarlo, debido a la persecución liderada por Robert F. Kennedy.”
“Tras la Crisis de los Misiles en Cuba, Kennedy impulsó la paz y habló de retirar tropas de Vietnam.”
“También se planteaban recortes en el gasto militar, lo que enfureció a sectores industriales y petroleros.”
“La derecha radical, especialmente la John Birch Society, intensificó su oposición. En Dallas circularon panfletos que lo acusaban de traición.”
“También había adversarios políticos como Richard Nixon y Lyndon B. Johnson.”
“Johnson enfrentaba problemas políticos y judiciales. J. Edgar Hoover mantenía archivos comprometedores sobre Kennedy.”
“Existe un claro entrelazamiento de personas y facciones en los intentos de frenar al presidente.”
“Tras el asesinato, Johnson habló inicialmente de conspiración, pero luego impulsó la versión del ‘asesino solitario’ con la Comisión Warren.”
“Posteriormente, el Comité de la Cámara (de Representantes) concluyó que sí hubo conspiración.”
“Desde mi posición privilegiada como secretaria personal de Kennedy durante 12 años, debo decir que, en mi opinión, su muerte en Dallas fue un asesinato político deliberado y profesional, planeado por un grupo dentro del gobierno que quería removerlo del cargo.”

Y como si la historia hubiese querido dejarnos una última frase suspendida en el tiempo, Lincoln recuerda el discurso que Kennedy no pudo pronunciar aquel 22 de noviembre de 1963:
“No seamos mezquinos cuando nuestra causa es tan grande. No nos dividamos cuando el futuro de nuestra nación está en juego.”
No tuvo la oportunidad de postularse para la reelección en 1964.
Y queda flotando, inevitable, la hipótesis histórica que atraviesa generaciones: si hubiera vivido, probablemente no habría habido guerra en Vietnam ni una generación perdida que terminara perdiendo la fe en su propio gobierno.
Así, entre la memoria personal y el testimonio histórico, Kennedy deja de ser solo un hombre asesinado en Dallas para convertirse en un símbolo de lo que pudo ser y no fue.
Y Evelyn Lincoln, al hablar finalmente, no cierra el debate: lo abre con una fuerza que el tiempo no ha logrado apagar.
