Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay guerras que comienzan con un disparo.
Otras comienzan mucho antes, en la lenta acumulación de agravios, discursos y miedos que se sedimentan durante décadas hasta que un día la historia decide cobrar la cuenta.
La guerra entre Estados Unidos e Irán pertenece a esa segunda categoría.
Cuando los misiles comenzaron a cruzar los cielos del Golfo Pérsico y los drones aparecieron sobre las bases militares del Medio Oriente, muchos analistas occidentales hablaron de una guerra nueva.
Pero en realidad no era nueva. Era la continuación inevitable de una confrontación que llevaba casi medio siglo incubándose en los discursos, en las sanciones económicas, en las operaciones encubiertas y en los campos de batalla indirectos de la región.
En 1979, cuando la revolución islámica encabezada por el ayatolá Ruhollah Khomeini derribó al Shah de Persia, el mundo entró en una nueva etapa de la historia del Medio Oriente.
Aquella revolución no fue solamente un cambio de gobierno. Fue la instauración de un sistema político teocrático que se presentó a sí mismo como enemigo declarado de la influencia occidental, particularmente de los Estados Unidos.
Desde entonces, durante cuarenta y siete años, el régimen nacido de aquella revolución ha repetido una consigna que se convirtió en símbolo de su política exterior: “Muerte a los Estados Unidos”.
Para muchos en Occidente, esa frase parecía retórica ideológica.
Para otros era la expresión de una hostilidad profunda que tarde o temprano debía desembocar en un enfrentamiento directo.
Mientras tanto, el régimen iraní consolidaba su poder interno con mano dura.
Protestas populares eran reprimidas, opositores encarcelados y miles de ciudadanos castigados por desafiar la autoridad de un sistema que fusionaba religión, política y aparato militar.
Pero el conflicto no se desarrollaba solamente dentro de Irán.
En el escenario regional, Teherán fue construyendo lentamente una red de aliados y milicias que ampliaron su influencia desde el Líbano hasta Yemen.
Hezbollah en el Líbano, diversas milicias en Irak, grupos armados en Siria y los hutíes en Yemen formaron parte de una arquitectura estratégica diseñada para desafiar la presencia de Estados Unidos y de sus aliados en la región.
Durante décadas, esta guerra fue una guerra indirecta.
Se libraba en sombras, en sabotajes, en sanciones económicas, en operaciones de inteligencia y en conflictos locales donde las potencias actuaban a través de terceros.
Era una guerra fría regional, sostenida por ideología, geopolítica y petróleo.
Pero la historia tiene una forma curiosa de acelerar los procesos cuando las tensiones alcanzan cierto punto.
En el Golfo Pérsico, donde pasa cerca de una quinta parte del petróleo que mueve la economía mundial, la geografía convierte cualquier confrontación en un asunto global.
El estrecho de Ormuz, esa garganta marítima que conecta el Golfo con el océano Índico, es uno de los puntos estratégicos más delicados del planeta.
Cuando el conflicto llegó finalmente a las aguas del Golfo, la lógica de décadas de hostilidad encontró su desenlace militar.
La frase del escritor estadounidense H. L. Mencken parece escrita para momentos como este:
“El amor es como la guerra: fácil empezar, pero muy difícil parar.”
Sin embargo, incluso comenzar una guerra de esta magnitud no es tan simple como parece.
Durante años, tanto Washington como Teherán evitaron cruzar ciertas líneas rojas.
Ambos sabían que un enfrentamiento directo podía incendiar toda la región y alterar el equilibrio energético del mundo.
Pero cuando las tensiones se acumulan durante generaciones, llega un momento en que la prudencia política deja de ser suficiente para contenerlas.
Así ocurre con las guerras largas.
No empiezan realmente el día en que se dispara el primer misil.
Empiezan mucho antes, cuando los discursos se endurecen, cuando las sociedades dejan de verse como adversarios políticos y comienzan a verse como enemigos históricos.
En ese momento, la guerra deja de ser un accidente.
Se convierte en destino.
Hoy, mientras los líderes políticos hablan de victorias estratégicas y de objetivos militares alcanzados, el mundo observa con inquietud el desarrollo de un conflicto que no nació en el presente, sino en la memoria de décadas.
Porque en el fondo, esta guerra no es solamente una confrontación militar.
Es la culminación de cuarenta y siete años de historia acumulada.
Y como ocurre con todas las guerras largas, detenerla será probablemente mucho más difícil que comenzarla.
