Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay momentos en que la historia parece moverse como un río crecido después de una tormenta tropical: de pronto el agua sube, arrastra todo lo que encuentra a su paso y nadie puede decir con exactitud dónde terminará su curso.
Algo así está ocurriendo ahora en el Golfo Pérsico.
Mientras los mercados petroleros suben y bajan como si obedecieran a un invisible latido de ansiedad mundial, los portaviones se deslizan en la oscuridad del mar y los bombarderos atraviesan el cielo nocturno rumbo a objetivos que hace apenas unos días parecían imposibles de alcanzar.
La guerra contra Irán ha recibido un nombre de resonancias épicas: Operation Epic Fury.
Los nombres de las guerras casi siempre tienen algo de literatura. Los estrategas del Pentágono lo saben bien.
Un nombre fuerte ayuda a construir la narrativa del poder, esa idea de que la maquinaria militar de una superpotencia puede inclinar la historia con la misma precisión con que un cirujano maneja su bisturí.
Pero detrás de las palabras solemnes siempre hay una realidad mucho más compleja.
En su comparecencia del martes 10 de marzo 2026 ante la prensa, el secretario de guerra estadounidense Pete Hegseth y el presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, describieron la operación con una seguridad que parecía casi matemática.
Según sus datos, la campaña militar ha golpeado más de cinco mil objetivos en territorio iraní.
Los ataques habrían reducido en noventa por ciento la capacidad de lanzamiento de misiles balísticos del régimen iraní y en ochenta y tres por ciento su capacidad de operar drones de ataque.
En el mar, más de cincuenta buques iraníes habrían sido destruidos o neutralizados.
Las cifras se presentan con la precisión fría de los informes militares, como si la guerra pudiera medirse en porcentajes, gráficos y tablas de evaluación de daños.
Pero la guerra nunca es tan simple.
En Washington, el mensaje político es claro: esta no será una repetición de las guerras interminables de Irak o Afganistán.
No habrá ocupaciones prolongadas, ni reconstrucciones nacionales, ni esa ambición ingenua de transformar sociedades enteras mediante la fuerza militar.
El propio Hegseth lo dijo con una frase que parecía dirigida a los fantasmas del pasado reciente: “Esto no es 2003.”
Estados Unidos busca presentar esta campaña como una operación limitada, quirúrgica, diseñada para destruir tres pilares fundamentales del poder militar iraní.
Primero, su arsenal de misiles y su capacidad industrial para producirlos.
Segundo, su marina militar, cuya existencia representa una amenaza potencial para el tráfico petrolero en el Golfo Pérsico.
Tercero, su infraestructura nuclear.
En el fondo, todo gira alrededor de una geografía diminuta que aparece en todos los mapas estratégicos del mundo: el Estrecho de Ormuz.
Ese angosto pasaje marítimo, por donde pasa aproximadamente una quinta parte del petróleo que consume el planeta, es uno de los nervios vitales del sistema económico global.
Si ese estrecho se cierra, aunque sea por unas semanas, la economía mundial comienza a temblar.
Por eso el presidente Donald Trump lanzó una advertencia que resonó en los mercados como un cañonazo en medio de la noche.
Si Irán intenta bloquear el tránsito petrolero, dijo, Estados Unidos responderá veinte veces más fuerte que hasta ahora.
Las palabras no eran solo un mensaje militar.
Eran también un mensaje económico.
Porque detrás de esta guerra existe otra historia menos visible: la competencia global entre Estados Unidos y China.
China es hoy el mayor importador de petróleo del planeta y depende en gran medida del flujo energético que atraviesa el Golfo Pérsico.
Si el tráfico por Ormuz se interrumpe durante un tiempo prolongado, el impacto sobre la economía china sería inmediato.
Así, lo que parece una guerra regional tiene en realidad una dimensión global.
En los mares del Golfo navegan no solo barcos de guerra, sino también los intereses estratégicos de las grandes potencias.
Los comandantes estadounidenses insisten en que la operación está avanzando con rapidez y eficacia.
Pero incluso ellos reconocen una verdad elemental que todos los militares conocen desde hace siglos.
En la guerra, el enemigo siempre se adapta.
Cada bomba que cae genera una reacción. Cada estrategia provoca una contraestrategia.
Es una danza peligrosa que nunca sigue exactamente el guion que los estrategas escriben en las salas de planificación.
Por ahora, Washington habla con confianza.
Los pilotos despegan de los portaviones en medio de la noche guiados por jóvenes marineros que, con apenas veinte años de edad, dirigen sobre las cubiertas resbalosas de los portaaviones el movimiento de aviones cargados de misiles.
Desde lejos, ese espectáculo puede parecer una coreografía perfectamente organizada.
El general Caine la describió con una frase casi poética: “una hermosa sinfonía del espíritu americano.”
Pero incluso las sinfonías más perfectas pueden terminar en disonancia.
Porque la historia ha demostrado una y otra vez que las guerras rara vez evolucionan exactamente como las imaginan quienes las inician.
Una vez que comienzan, adquieren su propia lógica.
Y esa lógica, caprichosa y peligrosa, no siempre obedece a los discursos pronunciados en las salas de prensa del poder.
