Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Cuando llegué a Italia en el año 2009 como embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede, el poder político italiano estaba organizado como una arquitectura compleja, sostenida por equilibrios que parecían firmes, pero que en realidad eran profundamente frágiles.
La coalición de gobierno estaba integrada por tres fuerzas.
Por un lado, la Lega, la Liga Norte, un partido con identidad propia, territorial, profundamente enraizado en la Italia del norte.
Por otro, el partido de Silvio Berlusconi, Forza Italia, que en ese momento se había unido con la Alianza Nacional de Gianfranco Fini para formar el Popolo della Libertà.
Dos fuerzas convertidas en una.
Sin, embargo, la Liga se mantenía aparte.
Aliada, pero no absorbida.
Esa era la clave del equilibrio italiano: sumar sin disolver.
Italia no era un país de partidos únicos, sino de convivencias incómodas.
Recuerdo también un episodio que, con el paso del tiempo, adquiere un valor casi simbólico.
Caminaba yo por el centro histórico de Roma cuando vi pasar, en un pequeño automóvil, sentado delante junto al chofer, a Umberto Bossi.
No había escoltas visibles.
No había ostentación.
Era una presencia discreta, casi austera.
Me pareció una persona sencilla.
Y esa imagen —un líder político sin artificios— resumía, de algún modo, el origen de la Liga: un movimiento más cercano a la identidad que al poder.
Pero la política no permanece intacta.
Dos años después, el edificio comenzó a resquebrajarse.
La crisis económica internacional golpeó con fuerza. Las protestas se multiplicaron. Sectores del Partito Democratico y otros grupos —algunos incluso violentos— tomaron las calles.
Finalmente, el poder cedió.
Berlusconi renunció.
No fue solo la caída de un gobierno.
Fue el inicio de una transformación.
La Liga sobrevivió.
Como sobreviven los organismos que saben adaptarse.
Cambió de manos. Cambió de discurso. Cambió de ambición.
Y en ese tránsito emergió una figura que terminaría redefiniéndola: Matteo Salvini.
Pero mi encuentro con Salvini no pertenece a aquellos años iniciales.
Ocurrió más tarde. En septiembre de 2021, durante un viaje a Italia en el que pasé por Roma camino a Pordenone, invitado a la Feria del Libro Católico. No era entonces embajador ante la Santa Sede. Esta vez reconocido como escritor.
Días antes había estado en Madrid, invitado por el arzobispo de esa ciudad a un encuentro de líderes católicos internacionales, en un ambiente muy marcado por la reflexión y el diálogo.
Roma, en cambio, siempre tiene algo de escenario.
Allí, en medio de una actividad política, saludé a Salvini.
Nos tomamos una fotografía.
Ya era una figura consolidada.
No el dirigente emergente de años atrás, sino el político que había comprendido —y encarnado— la transformación de su partido.
En ese mismo viaje, fui recibido en el Vaticano por el Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede.
Era otro ritmo.
Otra atmósfera.
El contraste entre la política y la Iglesia, entre la inmediatez del poder y la continuidad de la tradición, se hacía evidente en esos días.
Dos mundos que conviven, pero que no se rigen por las mismas urgencias.
Salvini no heredó la Liga.
La reconstruyó.
Comprendió que Italia ya no podía pensarse solo como un conflicto entre norte y sur, sino como una nación atravesada por otros temores: la inmigración, la globalización, la pérdida de control, la presión de Europa.
Y convirtió aquel partido regional en una fuerza nacional.
Más amplia.
Más directa.
Más confrontacional.
Y también, inevitablemente, más distante de su origen.
Hoy, esa misma Liga forma parte de la coalición que gobierna Italia bajo el liderazgo de Giorgia Meloni, quien, en aquel gobierno que conocí, era ministra de la Juventud.
El tiempo político no desaparece.
Se acumula.
Meloni dirige ahora el gobierno en un sistema parlamentario donde el poder no se obtiene en solitario, sino mediante mayorías construidas.
Y en esa mayoría, Salvini sigue siendo una pieza relevante.
Tal vez con menos votos.
Pero con una influencia que persiste.
Y entonces ocurre la escena.
Un funeral.
Un silencio que debería ser respetado.
Y un grito que lo rompe todo:
“Ridacci la Lega, Salvini.”
Devuélvenos la Liga.
Ese grito no es solo una provocación.
Es una herida.
Es la expresión de quienes sienten que el partido que conocieron —el de Bossi, el de aquella sencillez casi doméstica— ya no existe.
Que fue transformado.
Que les fue arrebatado.
No respondió Salvini.
Respondió el entorno.
Respondió Francesca Verdini.
“Estás en un funeral, cafone.”
Y en esa frase —seca, cortante— se enfrentan dos mundos.
El de la memoria.
Y el del presente.
Italia, como tantas veces en su historia, vuelve a ser un laboratorio.
Allí se ensayan las tensiones que luego recorren Europa.
La ruptura entre bases y dirigentes.
La nostalgia frente al cambio.
La política convertida en emoción permanente.
El grito de aquel hombre no era solo contra Salvini.
Era contra el tiempo.
Contra la transformación.
Contra la certeza de que nada vuelve a ser lo que fue.
Pero la política no devuelve.
La política transforma.
Y a veces, sin pedir permiso, sustituye.
Por eso, aquel grito en un funeral tiene un peso mayor que muchos discursos.
Porque revela lo que las estructuras no dicen.
Que los partidos cambian más rápido que sus seguidores.
Que los líderes reinterpretan lo que otros fundaron.
Y que la historia no se detiene, ni siquiera cuando los hombres intentan guardar silencio.
Ni siquiera ante la muerte.

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes