Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay momentos en la historia en que los números dejan de ser cifras y se convierten en testigos.
No hablan por sí mismos, pero obligan a otros a hablar. Y cuando esos otros son adversarios, entonces el dato adquiere una categoría superior: deja de ser argumento y se transforma en evidencia.
Eso fue lo que ocurrió este Viernes Santo.
El diario The New York Times —que no escribe desde la simpatía hacia Donald Trump— tuvo que reconocer que el mercado laboral estadounidense mostró una fortaleza inesperada: 178,000 empleos creados en un mes y una tasa de desempleo que desciende a 4.3%.
No es el elogio lo que importa.
Es la imposibilidad de negarlo.
Porque en política hay silencios que dicen más que las palabras, y hay palabras que se escriben porque ya no queda silencio posible. Este es uno de esos casos.
Sin embargo, como ocurre en los tiempos complejos, la verdad llega dividida.
El titular afirma.
El texto matiza.
Se habla del fin de las huelgas, del efecto del clima, de ajustes técnicos que explican parte del salto.
Se recuerda que el crecimiento anual ha sido débil, que la economía no avanza con la fuerza de otras épocas, que la Reserva Federal observa con cautela, que la guerra y la incertidumbre global proyectan sombras largas sobre el futuro.
Todo eso es cierto.
Pero también es cierto —y ahí está el núcleo que muchos no quieren ver— que la economía no se ha derrumbado.
Que, a pesar de las tensiones, de los conflictos, de las predicciones de crisis, el sistema sigue generando empleo. No con exuberancia, pero sí con persistencia.
Y la persistencia, en economía, es una forma de victoria silenciosa.
Porque las grandes crisis no comienzan con cifras como estas. Comienzan cuando los números se rompen, cuando el empleo desaparece, cuando la confianza se evapora. Nada de eso aparece aquí.
Lo que aparece es otra cosa: una economía que avanza con cautela, que se sostiene en medio de la incertidumbre, que no ofrece triunfos espectaculares pero tampoco confirma los augurios de desastre.
Por eso este episodio es revelador.
No por lo que dice el gobierno.
No por lo que dicen sus partidarios.
Sino por lo que se ve obligado a decir su crítico.
Cuando el adversario reconoce el dato, el dato se limpia de sospecha.
Cuando el adversario introduce dudas, el dato se vuelve más interesante.
Y en ese doble movimiento —reconocimiento y cautela— se dibuja el verdadero estado de las cosas.
No estamos ante una economía en euforia.
Pero tampoco ante una economía en caída.
Estamos ante algo más difícil de interpretar:
una economía que resiste.
Y tal vez esa sea la palabra clave de nuestro tiempo.
Resistir en medio de guerras que alteran el precio de la energía.
Resistir en medio de cambios tecnológicos que inquietan el empleo.
Resistir en medio de tensiones políticas que fragmentan la percepción de la realidad.
Al final, lo que queda no es el titular ni la advertencia.
Lo que queda es la contradicción.
Una contradicción que define este momento histórico:
los números obligan a reconocer…
y el contexto obliga a dudar.
Y en ese espacio —estrecho, incómodo, inevitable— es donde se está escribiendo la verdadera historia económica de nuestro tiempo.
