Por José Manuel Jerez
El sistema internacional atraviesa uno de los momentos más críticos y complejos desde el fin de la Guerra Fría. Lejos de la estabilidad unipolar que caracterizó las décadas posteriores a la caída de la Unión Soviética, el mundo se encuentra hoy inmerso en un proceso de transición hegemónica en el que la primacía de Estados Unidos está siendo desafiada de manera creciente por el ascenso de China. Este fenómeno no solo redefine las relaciones de poder global, sino que introduce un nivel de incertidumbre estructural que eleva significativamente el riesgo de conflictos sistémicos.
La rivalidad entre Donald Trump y Xi Jinping no puede ser comprendida en términos meramente comerciales o diplomáticos. Se trata, en esencia, de una disputa por el control del orden internacional del siglo XXI. Estados Unidos busca preservar su posición hegemónica mediante la consolidación de alianzas estratégicas, particularmente en el Indo-Pacífico, mientras China avanza en la construcción de un modelo alternativo de poder basado en su expansión económica, tecnológica y militar.
Este contexto remite inevitablemente a la denominada “Trampa”, según la cual el ascenso de una potencia emergente frente a una dominante incrementa la probabilidad de conflicto. La historia ofrece múltiples precedentes en los que este tipo de transiciones no se resolvieron de manera pacífica. En este sentido, la actual competencia entre Washington y Beijing no es una anomalía, sino una constante estructural del sistema internacional.
Sin embargo, a diferencia de los enfrentamientos clásicos entre grandes potencias, el escenario contemporáneo se caracteriza por la proliferación de conflictos indirectos o “proxy wars”. La guerra en Ucrania, por ejemplo, ha devenido en un conflicto de desgaste que trasciende el plano territorial para insertarse en una disputa más amplia por la arquitectura de seguridad europea. De igual forma, las tensiones en Medio Oriente, particularmente en torno a Irán, deben ser leídas no solo como conflictos regionales, sino como expresiones periféricas de la rivalidad global.
Desde la perspectiva del “realismo clásico”, la política internacional continúa siendo, en esencia, una lucha por el poder. Esta premisa se mantiene vigente en un contexto en el que las grandes potencias buscan maximizar su influencia en un sistema cada vez más fragmentado. A ello se suma la visión geoestratégica que advierte que el control de Eurasia constituye la clave para la dominación global, una idea que adquiere renovada relevancia ante la creciente proyección china en esa región.
En paralelo, la teoría del “realismo ofensivo” permite comprender por qué las grandes potencias tienden a actuar de manera agresiva en busca de seguridad y poder relativo. Desde esta óptica, el comportamiento de Estados Unidos y China no responde a decisiones coyunturales, sino a imperativos estructurales del sistema internacional. La competencia, por tanto, no es opcional, sino inevitable.
En este marco, el mundo parece transitar hacia una multipolaridad inestable en la que múltiples actores —Estados Unidos, China, Rusia, India y diversas potencias regionales— interactúan en un equilibrio precario. La ausencia de un poder hegemónico capaz de imponer reglas claras incrementa la volatilidad del sistema y abre la puerta a escenarios de escalada no controlada.
América Latina, aunque periférica en términos militares, adquiere relevancia en el plano económico y estratégico. La región se convierte en un espacio de competencia silenciosa entre Washington y Beijing, particularmente en áreas como recursos naturales, infraestructura y cadenas de suministro. Para países como la República Dominicana, este contexto representa tanto un desafío como una oportunidad para posicionarse estratégicamente en el nuevo orden global.
En definitiva, el sistema internacional actual no puede ser interpretado como una simple suma de conflictos aislados. Ucrania, Medio Oriente y el Indo-Pacífico constituyen piezas de un mismo tablero geopolítico en el que se define el futuro del poder global. La evidencia sugiere que ya no estamos ante una etapa de estabilidad, sino ante una fase de transición caracterizada por tensiones estructurales profundas.
La tesis es clara: el mundo no se encuentra aún en una guerra mundial, pero sí en una pre-guerra sistémica. La transición hegemónica entre Estados Unidos y China configura un escenario en el que el conflicto, aunque no inevitable, se vuelve cada vez más probable. La cuestión central no es si el orden internacional cambiará, sino bajo qué condiciones y con qué costos se producirá dicha transformación.
