
Más allá de los motores encendidos y el humo que nubla el horizonte, en cada tapón del gran Santo Domingo hay una historia que se detiene. Es la del padre o la madre que llegan cuando sus hijos ya duermen, el empleado que inicia su jornada con el alma agotada y el estudiante que intenta leer un libro bajo el sol abrasador y los apretones en un carro público o la incomodidad al ir de pie en el bus. En nuestras calles, la modernidad nos está quitando la vida a cuentagotas.
Nos hemos acostumbrado a que el caos sea parte del paisaje, pero perder dos o tres horas diarias en un tránsito congestionado no es "progreso ni es cambio"; es un sacrificio humano invisible. Ese tiempo es vida que no vuelve: son horas de descanso, de abrazos y de paz que el desorden nos arrebata sin permiso.
¿Que realmente importa:
• Dignidad antes que cemento: De nada sirven las grandes obras si el trayecto sigue siendo una "ley de la selva". Necesitamos un transporte que trate a la gente como personas, no como carga.
• El derecho a llegar: Una ciudad avanzada no es la que tiene más carros de lujo, sino la que permite a su gente moverse con libertad y respeto.
Es hora de que las autoridades miren menos los planos y más los rostros cansados detrás del cristal. Santo Domingo no necesita más entaponamientos, necesita devolverle el tiempo a su gente. Porque, al final del día, lo único que no podemos recuperar en un semáforo, la vida que se nos va esperando el verde.
