Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay decisiones que no nacen de la convicción, sino de la urgencia.
El anuncio de Pedro Sánchez —un plan de 5.000 millones de euros para mitigar los efectos del alza de los precios del petróleo provocada por la guerra con Irán— pertenece a esa categoría.
No es una política diseñada en la calma de los despachos, sino una respuesta inmediata a una realidad que Europa creía haber dejado atrás: la dependencia brutal de la energía.
Porque la guerra, aunque estalle lejos, siempre termina tocando donde más duele: en el precio del combustible, en la factura eléctrica, en el costo del transporte, en la comida.
Es decir, en la vida diaria.
Sánchez ha dicho algo que merece atención: España está “mejor preparada” que otros países europeos. Y no es una frase vacía.
En los últimos años, el país ha apostado por un modelo energético menos dependiente del gas, más inclinado hacia las renovables.
Eso explica un dato revelador: mientras en Italia el precio del gas influye de manera determinante en la electricidad —en algunos momentos hasta cerca del 90%— en España su impacto ha sido considerablemente menor.
Pero conviene no confundirse.
España no ha escapado al sistema.
Solo ha logrado amortiguar el golpe.
Porque el problema no es español.
Es europeo.
Italia, por ejemplo, representa casi el caso opuesto. Su estructura energética sigue profundamente vinculada al gas natural, en gran parte importado.
La electricidad italiana depende en gran medida de centrales térmicas alimentadas por gas, lo que la convierte en un país especialmente vulnerable a cualquier shock en los precios internacionales.
Y aquí aparece una figura que Europa ha olvidado, pero que hoy resulta más actual que nunca: Enrico Mattei.
Mattei, fundador de ENI, intentó en los años cincuenta romper el dominio de las grandes compañías petroleras y construir una verdadera independencia energética italiana.
Murió en 1962 en un sospechoso accidente aéreo que muchos consideran un atentado.
Su muerte fue también la derrota de una estrategia de autonomía energética.
La guerra actual ha vuelto a poner en el centro del mapa el Estrecho de Ormuz.
Por allí pasa una parte esencial del petróleo global.
Y cuando ese flujo se ve amenazado, no hay transición energética que alcance en el corto plazo.
Europa interviene: reduce impuestos, subvenciona, congela precios.
No porque crea en ello, sino porque teme el desorden.
Este no es un momento de soluciones.
Es un momento de resistencia.
Europa resiste una guerra que no controla y precios que no puede evitar.
Y en ese contexto, la política gana tiempo.
Porque eso es, en esencia, el plan de Sánchez.
Comprar tiempo.
Tiempo para que bajen los precios.
Tiempo para que la guerra no escale.
Tiempo para que la transición avance.
Pero el tiempo es escaso.
Y el petróleo sigue siendo la base.
Europa puede diversificar, innovar, regular.
Pero no puede desprenderse todavía de esa realidad.
Porque cuando el petróleo se sacude, todo lo demás tiembla.
Y Europa solo puede intentar que ese temblor no se convierta en caída.
