Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hubo un tiempo en que la globalización se presentó ante el mundo como una promesa luminosa.
En los años noventa, cuando terminaba la Guerra Fría y el planeta parecía entrar en una era de prosperidad universal, muchos creyeron que el comercio libre entre las naciones traería una prosperidad compartida.
Los economistas hablaban de eficiencia, de mercados integrados, de crecimiento.
Los políticos hablaban de progreso, de cooperación y de una nueva etapa de la historia en la que los viejos conflictos serían reemplazados por la interdependencia económica.
En ese clima nació el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Estados Unidos, Canadá y México se integraban en un solo espacio económico.
La idea parecía sencilla y poderosa: eliminar barreras, estimular la producción, abaratar los bienes y fortalecer a América del Norte frente a Europa y Asia.
Durante años se repitió la misma narrativa: el libre comercio haría más ricos a todos.
Pero la historia, como tantas veces ocurre, no siguió exactamente el guion que habían escrito los tecnócratas.
Mientras las cifras macroeconómicas mostraban crecimiento, mientras los productos se abarataron en los supermercados y mientras las empresas multinacionales expandían sus cadenas de producción, en algunas regiones de Estados Unidos comenzaba a desarrollarse una tragedia silenciosa que casi nadie quiso ver.
En las ciudades industriales del Medio Oeste —esas ciudades de acero, automóviles y maquinaria que durante décadas habían sido el corazón productivo del país— las fábricas comenzaron a cerrar. Primero fueron algunas. Luego muchas. Después demasiadas.
Las razones eran evidentes. En México los salarios eran más bajos. La producción podía trasladarse al sur con facilidad.
El tratado comercial había creado las condiciones perfectas para ese desplazamiento.
En el lenguaje frío de la economía aquello se llamaba “relocalización productiva”.
En la vida real significaba otra cosa. Significaba hombres que habían trabajado treinta años en una fábrica y que de un día para otro se encontraban sin empleo.
Significaba barrios enteros donde las chimeneas industriales dejaron de fumar.
Significaba pueblos donde el trabajo bien pagado desaparecía y era sustituido por empleos precarios o por nada.
Las estadísticas tardaron años en captar lo que estaba ocurriendo.
Pero la realidad social ya estaba allí.
Primero llegaron los salarios más bajos. Luego el desempleo persistente.
Después el deterioro del tejido comunitario.
Finalmente, como un oscuro eco de la desesperanza, aparecieron las drogas, el alcohol y el suicidio.
Algunos economistas comenzaron a hablar de un fenómeno inquietante: las “muertes de desesperación”, concepto desarrollado por los economistas Anne Case y Angus Deaton para describir el aumento de fallecimientos asociados al alcoholismo, las sobredosis y los suicidios en comunidades golpeadas por el declive económico.
No eran muertes provocadas por epidemias ni por guerras. Eran muertes provocadas por el derrumbe silencioso de una forma de vida.
Un estudio reciente de economistas del Massachusetts Institute of Technology (MIT) y de la University of Chicago ha puesto números a esa tragedia.
El trabajo, encabezado por el economista Matthew Notowidigdo, junto con Pablo Fajgelbaum y Pinelopi Goldberg, analiza el impacto del Tratado de Libre Comercio de América del Norte en las comunidades estadounidenses más expuestas a la competencia industrial de México.
Sus conclusiones son inquietantes.
En esas regiones, especialmente entre hombres de mediana edad vinculados a la industria manufacturera, la esperanza de vida disminuyó de manera significativa tras la entrada en vigor del tratado comercial en 1994.
Aproximadamente un tres por ciento de los hombres de cuarenta y cinco años perdió un año completo de esperanza de vida restante durante los primeros quince años posteriores al acuerdo.
La globalización había prometido prosperidad.
Pero en esos lugares produjo algo distinto.
Hambre, muerte y destrucción social.
La historia no es, sin embargo, tan simple como algunos discursos políticos quisieran presentarla.
Incluso sin el tratado comercial, muchas de esas fábricas habrían terminado cerrando.
La automatización avanzaba con rapidez. La robotización reducía la necesidad de mano de obra.
Y, a comienzos del siglo XXI, la entrada de China en la World Trade Organization multiplicó la competencia industrial en una escala nunca vista.
Las fábricas no solo se movían hacia México.
También hacia Asia.
La verdadera revolución era tecnológica y global al mismo tiempo.
Sin embargo, el tratado comercial aceleró ese proceso y concentró sus efectos en determinadas regiones.
Y lo que ocurrió después revela una de las grandes debilidades del sistema económico contemporáneo.
Las élites políticas y económicas celebraron los beneficios generales del comercio, pero prestaron muy poca atención a quienes pagaban el precio del cambio.
Mientras algunas ciudades prosperaban gracias a la tecnología y las finanzas, otras quedaban atrapadas en una lenta decadencia industrial.
Durante años, ese malestar fue ignorado.
Hasta que finalmente encontró una voz política.
En ese contexto surgió la figura de Donald Trump, quien denunció el tratado comercial como uno de los peores acuerdos económicos firmados por Estados Unidos.
Muchos economistas consideraron entonces que sus críticas eran exageradas o simplistas.
Hoy, a la luz de estudios más recientes, resulta evidente que al menos una parte de su diagnóstico captaba una realidad que las élites habían preferido no mirar.
La globalización había producido ganadores. Pero también perdedores.
Y cuando los perdedores son millones de personas, el problema deja de ser económico para convertirse en político y social.
La historia económica del mundo moderno está llena de estas paradojas.
Las transformaciones que impulsan el progreso general suelen provocar al mismo tiempo rupturas profundas en la vida de comunidades enteras.
El progreso no es un proceso lineal ni pacífico.
A menudo deja detrás de sí cicatrices invisibles.
Por eso el verdadero desafío de las sociedades modernas no consiste simplemente en crecer, comerciar o innovar tecnológicamente.
El verdadero desafío consiste en encontrar la manera de proteger a quienes quedan atrapados en medio de esas transformaciones.
Cuando eso no ocurre, la economía puede seguir creciendo en las estadísticas, pero en la vida real aparecen fenómenos más oscuros.
Aparecen la desesperanza, la ruptura social y la sensación de que el sistema ya no funciona para todos.
La globalización, que alguna vez fue presentada como una promesa universal de prosperidad, ha terminado revelando también su rostro más duro.
Un rostro que en algunos lugares del mundo ha dejado, literalmente, hambre, muerte y destrucción.
Y quizá la lección más profunda de esta historia sea que las grandes decisiones económicas nunca son puramente técnicas.
Detrás de cada tratado comercial, de cada reforma económica, de cada revolución tecnológica, existen vidas humanas que pueden prosperar o quebrarse.
La economía global puede integrarse con facilidad.
Las sociedades humanas, en cambio, son mucho más frágiles.
Cuando el progreso olvida esa fragilidad, el precio suele pagarse en silencio, en ciudades olvidadas, en fábricas cerradas y en vidas que se apagan antes de tiempo.
