Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Europa no se derrumba con estruendo. No hay explosiones, ni columnas de humo elevándose sobre sus capitales, ni ejércitos atravesando sus fronteras como en los viejos tiempos.
Europa se apaga de otra manera: lentamente, como una lámpara que todavía alumbra, pero cuya luz ya no alcanza para iluminar el mundo.
En una oficina tranquila de Bolonia, el profesor Romano Prodi —uno de los últimos arquitectos de la Europa que creyó en sí misma— ha pronunciado una frase que no es un diagnóstico, sino una advertencia: “Solos estamos destinados a desaparecer.”
Hablando para el diario católico Avvenire, Prodi No lo dice con dramatismo. Lo dice como quien recuerda una verdad incómoda que todos conocen, pero que pocos se atreven a repetir en voz alta.
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Europa era un proyecto. No un continente, sino una idea. La idea de que la historia podía corregirse a sí misma; de que las guerras podían ser sustituidas por tratados; de que los pueblos, cansados de matarse, podían aprender a convivir sin renunciar a su identidad.
Ese tiempo tuvo nombres propios. Tuvo moneda común. Tuvo ampliaciones hacia el Este que parecían cerrar definitivamente la herida de la Guerra Fría. Tuvo incluso un aura moral: Europa no imponía su modelo con tanques, sino que otros pueblos pedían entrar en él.
Hoy ese recuerdo se parece a esas fotografías antiguas donde todos sonríen sin saber que el futuro los está esperando con otra cara.
Porque el mundo ha cambiado. Y Europa no.
Mientras Donald Trump habla el lenguaje del poder directo —negociar desde la fuerza, presionar hasta doblegar— y Vladimir Putin actúa con la lógica fría de los imperios que no piden permiso, Europa sigue creyendo que la historia se resuelve en mesas de diálogo donde todos respetan las reglas.
Pero las reglas han cambiado.
Y en ese cambio se revela la mayor paradoja europea: un continente que inventó la política moderna, hoy parece incapaz de practicarla en el nuevo mundo.
Prodi lo dice sin rodeos. Europa ha pasado de depender del gas ruso a depender de la energía estadounidense. Ha sustituido una dependencia por otra, como quien cambia de amo creyendo que ha conquistado la libertad.
Y sin embargo, en esa aparente contradicción se esconde una verdad más profunda:
Europa ya no decide. Europa reacciona.
El gas —ese hilo invisible que conecta la geopolítica con la vida cotidiana— se ha convertido en símbolo de esa pérdida de autonomía. Ayer venía de Moscú. Hoy llega en barcos desde América. Mañana, quizá, volverá a fluir desde Rusia si los intereses de Washington y Moscú coinciden en algún punto inesperado de la historia.
Porque, como sugiere Prodi, el mundo no se organiza ya en función de principios, sino de conveniencias.
Y Europa, atrapada entre su memoria moral y su impotencia estratégica, corre el riesgo de quedarse sin ambas.
El drama no es solo externo. También es interno.
Europa se ha fragmentado en pequeñas prioridades nacionales. Cada gobierno mira su calendario electoral, sus encuestas, sus crisis domésticas. Falta una figura capaz de pensar el continente como un todo, como lo hicieron en su momento quienes entendieron que la unidad no era una opción, sino una necesidad histórica.
Hoy, en cambio, la unanimidad —ese mecanismo que exige que todos estén de acuerdo para avanzar— se ha convertido en una trampa. Un sistema que, en nombre de la democracia, paraliza la decisión.
Y mientras Europa duda, otros deciden.
China avanza con paciencia milenaria. Estados Unidos redefine sus alianzas sin sentimentalismos. Rusia resiste, presiona, negocia. El mundo se reorganiza como un tablero donde las piezas se mueven con rapidez.
Europa observa.
Prodi propone soluciones que, en otro tiempo, habrían parecido impensables: compartir deuda, construir una defensa común, integrar incluso el poder nuclear francés en una lógica europea. Es decir, transformar la Unión en algo más que un mercado: en un verdadero sujeto político.
Pero esas ideas, como él mismo reconoce, ya no emocionan. Y ese es quizá el síntoma más grave de todos.
Porque los proyectos históricos no se sostienen solo con cálculos. Se sostienen con fe.
Y Europa ha perdido la fe en sí misma.
Mientras tanto, en el horizonte, se acumulan las señales de un mundo en tensión: guerras que no terminan, conflictos que se expanden, estrechos marítimos —como Ormuz— que pueden decidir el precio de la energía y el equilibrio global, decisiones que ya no se toman en Bruselas, sino en Washington, Moscú o Pekín.
Europa, que una vez quiso ser árbitro, corre el riesgo de convertirse en espectador.
No es un colapso inmediato. Es algo más sutil. Más peligroso.
Es la lenta pérdida de relevancia.
Como esas grandes ciudades que fueron capitales del mundo y que un día descubren, sin que nadie se los anuncie, que las decisiones importantes ya no se toman en sus salones.
Al final, la advertencia de Prodi no es solo sobre el gas, ni sobre Trump, ni sobre Rusia.
Es sobre el tiempo.
Sobre la capacidad —o la incapacidad— de un continente para entender en qué momento de la historia se encuentra.
Porque los pueblos no desaparecen de un día para otro.
Desaparecen cuando dejan de ser necesarios.
Y Europa, si no vuelve a pensarse como unidad, corre el riesgo de convertirse en eso: una memoria admirable, pero irrelevante.
Una civilización que enseñó al mundo a organizarse, pero que ya no sabe organizarse a sí misma.
Y entonces, sin ruido, sin guerra, sin derrota visible, simplemente dejará de contar.
