Por José Manuel Jerez
Cuando el presidente Luis Abinader afirmó en Santiago que “Google es el principal enemigo de la oposición”, introdujo una metáfora poderosa, pero también arriesgada. En la era de la memoria digital permanente, ningún actor político controla completamente el archivo. Google no toma partido; indexa. No selecciona; registra. Y en ese registro quedan almacenadas promesas, cronogramas, discursos, titulares, presupuestos y resultados.
La política dominicana ha entrado en una fase de verificación permanente. La hemeroteca digital permite rastrear desde el “primer picazo” de una obra hasta su estado actual. Permite comparar fechas anunciadas con fechas cumplidas, montos presupuestados con montos ejecutados, y discursos inaugurales con realidades concretas. Esa trazabilidad transforma el debate público en un examen documental continuo.
El problema no es anunciar proyectos; gobernar implica proyectar visión. El problema surge cuando la distancia entre promesa y ejecución se convierte en patrón. Obras estratégicas anunciadas en 2020, reiteradas en 2022 y aún inconclusas en 2026 son fácilmente localizables en la memoria digital. Basta una búsqueda cronológica para reconstruir la secuencia completa.
En términos de teoría política, estamos ante un fenómeno de accountability digital: la ciudadanía ya no depende exclusivamente del relato mediático inmediato, sino que puede reconstruir el pasado con pocos clics. Esta transformación reduce la capacidad de reescritura histórica y aumenta la exposición de inconsistencias.
El oficialismo suele defender su gestión con indicadores macroeconómicos positivos. Sin embargo, la memoria digital también conserva declaraciones sobre reducción del costo de la vida, promesas de eficiencia en servicios públicos y compromisos específicos sobre infraestructura. Cuando la percepción social no coincide con el discurso macro, la comparación se vuelve inevitable.
Google también registra los titulares sobre irregularidades administrativas, denuncias, retrasos y contradicciones entre voceros. En política electoral, la acumulación pesa más que el episodio aislado. La erosión de autoridad moral no ocurre por un caso puntual, sino por la suma progresiva de inconsistencias.
La metáfora de “Google como enemigo” presupone que el balance histórico favorece al gobierno. Pero si la oposición estructura una narrativa ordenada —promesa, reiteración, reprogramación, estado actual— la herramienta se convierte en mecanismo de contraste estructural, no en simple buscador.
De cara a 2028, la competencia no será solo entre discursos, sino entre archivos. El PRM intentará consolidar su narrativa de estabilidad y continuidad; la Fuerza del Pueblo, en cambio, puede articular una narrativa de verificación integral, apoyada en la memoria digital acumulada durante estos años.
La clave estratégica no está en demonizar la herramienta tecnológica, sino en superar la prueba de coherencia histórica. En la era digital, cada palabra pronunciada se convierte en documento potencialmente contrastable. Y la coherencia entre anuncio y resultado se vuelve capital político.
Si el gobierno invita a “buscar en Google”, la invitación es válida en ambos sentidos. Porque en la política contemporánea no basta con administrar el presente; hay que poder defender el pasado. Y en el escenario FP–PRM hacia 2028, la verdadera disputa no será solo por la narrativa, sino por quién resiste mejor el examen implacable de la memoria digital.
