Por José Manuel Jerez
El discurso pronunciado por el presidente Luis Abinader este domingo, centrado en la guerra en Irán y sus repercusiones económicas, constituye un reconocimiento implícito de una realidad que el país ha evitado enfrentar con la debida profundidad: la extrema vulnerabilidad estructural de la República Dominicana frente a los shocks geopolíticos internacionales.
La crisis en Medio Oriente, con potencial impacto en los precios del petróleo y en las cadenas de suministro globales, no es un evento aislado. Forma parte de una reconfiguración del orden internacional marcada por tensiones entre grandes potencias, conflictos regionales y una creciente inestabilidad energética. En este contexto, la economía dominicana, altamente dependiente de importaciones energéticas, se encuentra particularmente expuesta.
El discurso presidencial, sin embargo, se limita a una lógica reactiva. Se describen posibles efectos —alza de combustibles, presión inflacionaria, incertidumbre económica—, pero no se articula una estrategia integral que permita al país mitigar de manera sostenible estos impactos. La gestión del riesgo geoeconómico no puede reducirse a anuncios coyunturales ni a medidas de corto plazo.
Desde una perspectiva estructural, el problema radica en la ausencia de una política energética de largo alcance. La dependencia de los hidrocarburos importados convierte a la República Dominicana en rehén de conflictos externos sobre los cuales no tiene control. Sin una transición real hacia fuentes diversificadas y sostenibles de energía, cada crisis internacional se traducirá inevitablemente en presión interna.
Asimismo, el discurso evidencia una debilidad en la articulación de la política exterior dominicana. En un mundo cada vez más multipolar, donde conflictos como el de Irán pueden alterar equilibrios económicos globales, resulta indispensable contar con una diplomacia activa, estratégica y orientada a la defensa de los intereses nacionales en escenarios internacionales complejos.
El enfoque gubernamental, no obstante, parece limitado a la administración de consecuencias, más que a la anticipación de escenarios. Esta lógica reactiva se traduce en una constante exposición del país a factores externos, sin la construcción de mecanismos internos de resiliencia económica y estratégica.
En términos económicos, la advertencia sobre posibles efectos inflacionarios pone de relieve otra debilidad estructural: la limitada capacidad del Estado para amortiguar shocks externos sin trasladar sus costos a la población. El impacto de un aumento sostenido en los precios del petróleo se refleja directamente en el costo de vida, afectando de manera desproporcionada a los sectores más vulnerables.
Desde el punto de vista político, el discurso busca proyectar control y previsión frente a una crisis internacional. Sin embargo, la ausencia de medidas estructurales concretas revela una brecha entre la narrativa de gestión y la realidad de la planificación estratégica. Gobernar en el siglo XXI implica no solo reaccionar ante crisis, sino anticiparlas y construir capacidades nacionales para enfrentarlas.
En definitiva, el discurso sobre la guerra en Irán no es solo un mensaje sobre un conflicto lejano, sino un espejo de las debilidades internas del modelo económico dominicano. Mientras el país no avance hacia una transformación estructural de su matriz energética, su política exterior y su capacidad de resiliencia económica, seguirá siendo altamente vulnerable a las turbulencias del sistema internacional.
La verdadera cuestión no es cómo reaccionar ante la próxima crisis global, sino si la República Dominicana está dispuesta a transformarse para no depender de ella. Esa es la discusión que el discurso presidencial elude, y que el país necesita abordar con urgencia.
