Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay momentos en la historia política dominicana que no se explican solo con cifras, sino con silencios.
Uno de esos silencios —denso, persistente, casi incómodo— es el de las elecciones de 1996.
Lo recuerdo bien porque no proviene de libros ni de versiones oficiales, sino de una conversación directa, sin adornos, con un hombre que conocía por dentro el alma del Partido Revolucionario Dominicano: Aridio García de León.
Aridio no era un político de discursos grandilocuentes.
Era otra cosa.
Era un hombre de estructura, de memoria partidaria, de esos que no salen en los titulares pero conocen cómo se mueven las decisiones reales.
Había vivido el PRD desde adentro, había sido parte de su engranaje, y hablaba con la serenidad de quien no necesita convencer a nadie.
En una ocasión me dijo algo que, con el paso del tiempo, no ha perdido fuerza, sino que la ha ganado.
El presidente Joaquín Balaguer, en 1996, no podía ser candidato.
La Constitución se lo impedía.
Pero seguía siendo el gran árbitro del poder político dominicano.
Su partido, el Partido Reformista Social Cristiano, llevó como candidato a Jacinto Peynado.
En la primera vuelta del 16 de mayo, Peynado quedó en tercer lugar.
El doctor José Francisco Peña Gómez, candidato del PRD, obtuvo la mayor votación, pero no alcanzó el 50 por ciento más un voto necesario para ganar en primera vuelta.
En segundo lugar quedó el doctor Leonel Fernández, candidato del PLD.
La segunda vuelta estaba fijada para el 30 de junio.
Y en ese intervalo —breve en el calendario, pero decisivo en la historia— todo quedó abierto.
El voto reformista era la llave.
Eso lo sabía todo el mundo. Pero lo que no todo el mundo sabía —o no quiso saber— era lo que comenzó a moverse detrás de las cortinas.
Según Aridio, empezaron las conversaciones.
No públicas, no declaradas, pero reales.
Y en ese contexto, Balaguer envió un mensaje al doctor Peña Gómez.
El viejo líder, que no podía ya aspirar al poder, sí podía decidir quién lo ejercería.
La condición era una sola.
Cambiar al candidato vicepresidencial.
Se trataba de Fernando Álvarez Bogaert.
Ahí empezaba otro de los misterios de la política dominicana.
Álvarez Bogaert había sido seguidor de Balaguer, había formado parte de sus gobiernos, y sin embargo, Balaguer lo rechazó en momentos clave.
En 1978 y en 1982, a pesar de que Álvarez había logrado el respaldo interno del reformismo para acompañarlo como candidato vicepresidencial, Balaguer lo dejó fuera.
Ese rechazo no fue nunca explicado del todo.
Y en 1996 reaparecía, como una sombra que no se había disipado.
La condición de Balaguer para apoyar a Peña Gómez era que ese nombre desapareciera de la boleta.
Era una exigencia política, pero también —quizás— personal, histórica, simbólica.
Le pregunté a Aridio qué había pasado.
Su respuesta fue directa, sin rodeos:
“Víctor, Peña Gómez se dejó influenciar de Hugo Tolentino Dipp, Milagros Ortiz Bosch y otros que no querían un apoyo de Balaguer. Por eso el PRD no ganó y Peña no fue Presidente”.
No lo dijo con amargura, sino con una especie de resignación lúcida.
Como quien sabe que la historia no se repite, pero tampoco se corrige.
Lo que vino después es conocido.
El acuerdo entre Balaguer y Leonel Fernández —el llamado Frente Patriótico— selló el resultado de la segunda vuelta.
El reformismo se volcó hacia el PLD, y el país entró en una nueva etapa política.
Pero el contrafactual sigue ahí, intacto.
¿Qué habría pasado si Peña Gómez aceptaba aquella condición?
¿Qué habría pasado si el PRD, en lugar de rechazar el apoyo de Balaguer, lo incorporaba, aunque fuera al precio de una concesión incómoda?
No hay respuesta definitiva.
Pero hay testimonios.
Y hay memoria.
Aridio García de León pertenece a esa categoría de hombres que no escribieron la historia, pero estuvieron en la sala cuando se decidió.
Su voz no era la de la interpretación posterior, sino la del momento vivido.
En un país donde muchas veces la política se narra desde la superficie, esos testimonios valen más que cualquier análisis.
Porque revelan algo esencial.
Que las elecciones no siempre se ganan en las urnas.
A veces se ganan —o se pierden— en decisiones que nunca llegan a ser públicas.
Y que, en política, como en la vida, hay ocasiones en que una sola condición, aceptada o rechazada, cambia el rumbo de un país entero.
