Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hubo un tiempo —y uno lo recuerda como se recuerdan las primeras lluvias de la vida— en que la muerte no era todavía una presencia cotidiana, sino una idea lejana, casi literaria, que uno hojeaba en libros con la misma curiosidad con que se descubren los mapas.
Entre los diecisiete y los diecinueve años yo compraba libros como quien se lanza a un territorio desconocido. Eran los años en que el mundo comenzaba a abrirse, no por lo que uno veía, sino por lo que uno leía. Y entre aquellos autores que me acompañaron, uno tenía una voz distinta, más íntima, más inquietante: Ignace Lepp.
Lepp no era un pensador convencional. Había pasado por el marxismo, por el ateísmo, por las dudas que desgarran, antes de llegar al catolicismo y al sacerdocio. Quizás por eso escribía como quien no repite verdades heredadas, sino como quien ha atravesado el desierto y sabe lo que cuesta encontrar el agua.
Leí muchos de sus libros. Pero si soy honesto con la memoria, debo decir que no todos me tocaron igual. La Existencia Auténtica y Filosofía Cristiana de la Existencia me resultaban más cercanos. Era natural: estaba comenzando a vivir, no a despedirme de la vida. Aquellos textos hablaban de apertura, de sentido, de una forma de estar en el mundo que no fuera superficial.
Y, sin embargo, hubo un libro que se quedó ahí, como una piedra en el zapato del alma: Psicoanálisis de la muerte.
Era un título extraño para un joven. Casi una provocación. ¿Qué tenía que ver la muerte con alguien que apenas comenzaba a descubrir el amor, la vocación, el futuro?
Hoy entiendo que ese libro no estaba fuera de lugar. Estaba adelantado.
Lepp no escribía sobre la muerte como un hecho biológico, ni como una estadística inevitable. La trataba como una presencia interior. Como una sombra silenciosa que organiza la vida sin que uno se dé cuenta. El miedo, el apego, la angustia, incluso la forma en que amamos, todo —según él— está tocado por esa conciencia, a veces reprimida, de que somos finitos.
No era un tratado freudiano. No era un manual clínico. Era otra cosa: una meditación psicológica que no renunciaba al misterio, y una reflexión espiritual que no temía dialogar con el inconsciente.
Quizás por eso, en aquellos años, ese libro me inquietaba más de lo que me enseñaba.
La juventud no quiere entender la muerte. Quiere posponerla.
Pero la vida tiene una forma extraña de devolvernos, con los años, aquello que dejamos en suspenso.
Mucho tiempo después —ya no como estudiante, sino como hombre que ha visto crisis, guerras, diplomacias y silencios— me encontré con una escena que parecía salida de las páginas de Lepp, pero ocurría en el otro extremo del mundo.
En Nonthaburi, cerca de Bangkok, hombres y mujeres se acuestan dentro de ataúdes. No están muriendo. No están enfermos. Han pagado por ese gesto.
Se recuestan, cruzan las manos, miran hacia arriba… y ensayan su propia muerte.
La prensa internacional lo ha llamado un “festival de la muerte”. Pero no hay nada de espectáculo en ese instante. Lo que ocurre allí es más profundo: es un encuentro.
Ese gesto, que en Occidente podría parecer macabro, es coherente con el alma del budismo. Porque el budismo no oculta la muerte. La coloca en el centro de la experiencia humana.
Nacer.
Envejecer.
Enfermar.
Morir.
No son accidentes. Son la estructura misma de la existencia.
El budismo no lucha contra esa verdad. La acepta. Y al aceptarla, busca liberar al ser humano del sufrimiento que nace del apego, de la ilusión de permanencia, de la obstinación de querer fijar lo que por naturaleza se desvanece.
Ahí, en ese silencio de aceptación, hay una sabiduría antigua.
Pero no es la única.
Porque en otra tradición, en otra historia, en otra geografía espiritual, el cristianismo mira esas mismas cuatro estaciones de la vida… y decide atravesarlas.
No las niega. No las suaviza.
Las encarna.
Cristo no enseña desde fuera del dolor. Nace, vive, sufre y muere. Pero en ese recorrido introduce una ruptura que ninguna filosofía había formulado de ese modo: el sufrimiento no es solo algo que debe comprenderse o evitarse; puede ser transformado.
Puede tener sentido.
Puede convertirse en amor.
Ahí se separan los caminos, pero no se contradicen del todo. Se iluminan desde ángulos distintos.
El budismo busca liberarse del sufrimiento.
El cristianismo busca redimirlo.
Uno enseña a soltar.
El otro a entregarse.
Uno sospecha del deseo.
El otro lo purifica.
Pero ambos coinciden en algo que la modernidad ha olvidado con una obstinación casi infantil: la vida no se entiende sin la muerte.
Durante décadas, el mundo contemporáneo ha intentado esconderla. La ha llevado a hospitales, la ha convertido en protocolo, la ha disfrazado de lenguaje técnico. Se habla de inteligencia artificial, de mercados energéticos, de geopolítica, de crecimiento… pero se evita ese dato elemental que atraviesa todos los sistemas: todos vamos a morir.
Y cuando esa verdad regresa —en forma de pandemia, de guerra o de crisis— la humanidad entera se desorienta.
No porque la muerte sea nueva.
Sino porque hemos vivido como si no existiera.
Por eso, lo que ocurre en aquel lugar de Tailandia no es exótico. Es un recordatorio. Una especie de espejo colectivo en el que el ser humano vuelve a verse como es: frágil, transitorio, limitado.
Y, sin embargo, capaz de preguntarse.
Ahí es donde Lepp vuelve a tener razón, décadas después, sin necesidad de estar presente.
Porque la muerte —como él intuía— no es solo el final.
Es una revelación.
Revela cuánto miedo hay en nosotros.
Cuánta negación.
Cuánto vacío.
Pero también revela algo más profundo: el deseo de plenitud.
Quien sabe que va a morir, elige mejor.
Ama con más intensidad.
Pierde menos tiempo en lo trivial.
Y entonces ocurre esa paradoja que atraviesa tanto al Oriente como al Occidente, aunque la expresen con lenguajes distintos:
aceptar la finitud no reduce la vida…
la vuelve más verdadera.
Pero el cristianismo —y esto es lo que lo distingue— no se detiene ahí.
Donde el budismo encuentra serenidad, propone esperanza.
Donde uno alcanza el silencio, el otro anuncia una promesa.
Que la muerte no tiene la última palabra.
Entre el silencio del Buda y la cruz de Cristo, el ser humano sigue moviéndose, aún hoy, buscando una respuesta.
Quizás no tenga que elegir de inmediato.
Quizás tenga que recordar primero.
Recordar al joven que leía a Lepp sin entenderlo del todo.
Recordar el libro que incomodaba.
Recordar la intuición que quedó sembrada.
Porque hay ideas que no se comprenden cuando se leen.
Se comprenden cuando se viven.
Y entonces, muchos años después, uno descubre que aquel libro sobre la muerte… en realidad estaba hablando de la vida.
De cómo vivirla.
Y, sobre todo, de cómo estar dispuesto —sin miedo, o con un miedo ya transformado— a dejarla ir.
