Por Víctor Manuel Grimaldi Céspede
La BBC ha descrito con precisión inquietante lo que ocurre hoy dentro de Irán: un pueblo entero sometido no solo al ruido de la guerra, sino a algo más silencioso y persistente, una verdadera bomba atómica de mentiras y falsedades que cae cada día sobre la conciencia colectiva a través de los medios controlados por el Estado.
En las guerras modernas la verdad suele llegar tarde, casi siempre cansada, como un mensajero que atraviesa un campo de batalla cubierto de humo.
Así ocurrió en Irán cuando comenzaron a circular las primeras noticias sobre la muerte del ayatolá Ali Khamenei.
Afuera del país la noticia se propagó con la velocidad de los relámpagos, anunciada primero por dirigentes extranjeros y repetida luego por las redes sociales del mundo.
Pero dentro de Irán, donde millones de personas dependen de los medios controlados por el Estado, el silencio fue absoluto durante largas horas que parecieron eternas.
Los presentadores de la televisión oficial miraban a la cámara con una serenidad estudiada y pedían confianza.
Dijeron que los rumores eran infundados, que todo se aclararía pronto, que el enemigo estaba difundiendo mentiras.
Muchos iraníes escuchaban esas palabras desde salas iluminadas por televisores antiguos o desde teléfonos móviles conectados a redes inestables, en un país donde el acceso a la información extranjera es difícil y a veces imposible. Solo al día siguiente los medios oficiales reconocieron lo que ya el resto del mundo había anunciado: la muerte del líder supremo.
Ese retraso no fue casual.
Es el reflejo de un sistema construido durante décadas para controlar la información.
Desde la revolución de 1979, cuando se instauró la República Islámica, los medios iraníes operan bajo estrictas restricciones.
Los periódicos, la radio y la televisión están sometidos a vigilancia política permanente.
Las grandes cadenas internacionales no pueden trabajar libremente dentro del país y muchos sitios de internet permanecen bloqueados.
En tiempos normales ese sistema ya limita la circulación de ideas.
En tiempos de guerra se transforma en una muralla casi impenetrable.
Cuando estalla un conflicto, las autoridades suelen ralentizar o cortar el internet, bloquear aplicaciones y restringir canales satelitales.
Entonces millones de personas quedan aisladas de la información exterior y dependen casi exclusivamente de la televisión estatal para comprender lo que ocurre.
En ese espacio cerrado la narrativa oficial se impone con disciplina militar. Los noticieros hablan de resistencia heroica, de enemigos derrotados, de un país que avanza unido frente a las agresiones externas.
Las cámaras se detienen largamente en las víctimas civiles, en funerales multitudinarios y en edificios destruidos.
En cambio, los ataques contra instalaciones militares o centros de poder suelen mencionarse apenas o desaparecen por completo del relato.
Las cifras del enemigo también adquieren proporciones épicas.
En los primeros días del conflicto, agencias vinculadas a la Guardia Revolucionaria dieron falsas y repetidas versiones de que cientos de soldados estadounidenses habían muerto en ataques iraníes.
La desinformación fue repetida por algunos medios internacionales antes de ser verificada.
Sin embargo, los datos confirmados posteriormente por Washington hablaban de un número muy inferior de bajas: siete u ocho o diez soldados verificados fallecidos.
Así funciona la propaganda en tiempos de guerra: no necesita mentir siempre de manera absoluta.
Basta con exagerar, seleccionar y repetir una versión conveniente de los hechos hasta que parezca indiscutible.
Pero la guerra informativa ha entrado en una etapa nueva.
La propaganda ya no depende solo de discursos o cifras manipuladas.
Ahora también utiliza las herramientas más sofisticadas de la tecnología digital.
En las redes sociales comenzaron a circular videos de edificios incendiados, columnas de humo elevándose sobre ciudades del Golfo y escenas dramáticas de supuestos ataques.
Uno de esos videos, difundido por un canal estatal irani en inglés, mostraba un rascacielos en llamas en Bahréin.
A primera vista parecía una grabación real.
Pero al examinarlo con atención surgieron detalles extraños: automóviles que se mezclaban entre sí, sombras que no obedecían a la lógica de la luz, formas deformadas que revelaban la intervención de inteligencia artificial.
Era una imagen creada digitalmente, un ejemplo más de cómo la tecnología puede fabricar escenas de guerra que nunca existieron.
Sin embargo, en medio de ese océano de propaganda aparecen también fragmentos de realidad que nadie puede negar.
La BBC encontró un caso revelador cuando los medios iraníes informaron sobre un ataque contra una escuela que habría causado la muerte de numerosos niños y trabajadores.
Algunos críticos del régimen aseguraron inmediatamente que las imágenes del funeral eran también una falsificación digital.
Investigadores independientes decidieron verificar los hechos utilizando fotografías satelitales del lugar.
Las imágenes mostraban el cementerio donde se celebró el entierro y revelaban algo imposible de inventar: decenas de tumbas recién abiertas que el día anterior no existían.
La disposición de los árboles, las carreteras cercanas y los edificios coincidían exactamente con las fotografías publicadas. En ese caso, la tragedia era auténtica.
La guerra moderna obliga así a aceptar una paradoja inquietante: propaganda y realidad pueden convivir en el mismo relato.
Un régimen puede ocultar información incómoda y, al mismo tiempo, documentar hechos verdaderos que sirven a su narrativa política.
Para millones de iraníes esa mezcla es la única ventana hacia el mundo.
En las noches en que el internet se apaga y las antenas satelitales permanecen prohibidas, la televisión estatal se convierte en la voz que explica la guerra, que decide quién gana y quién pierde, que determina qué debe recordarse y qué debe olvidarse.
Mientras tanto, fuera de las fronteras de Irán, la información circula de manera distinta.
Los rumores, los informes de inteligencia, las imágenes captadas por satélites y los análisis de expertos construyen otra historia, fragmentada, contradictoria y a veces igualmente incierta.
Entre esas dos realidades —la oficial y la global— queda atrapada la población que intenta comprender lo que ocurre mientras los misiles caen y los cementerios se llenan.
En tiempos de guerra la verdad no desaparece.
Simplemente queda enterrada bajo montañas de propaganda, rumores y miedo. Y en Irán, como en tantos otros lugares del mundo, la batalla por la información se libra con la misma intensidad que la batalla en el campo de combate.
