Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay frases que nacen como intuición y terminan convertidas en ley histórica. Esta es una de ellas.
Porque la estabilidad —esa palabra que los políticos repiten como si fuera una mercancía— no viaja en aviones oficiales, no se firma en cumbres internacionales ni se descarga en los puertos junto a los contenedores de ayuda.
No llega con los marines, ni con los préstamos, ni con los discursos cuidadosamente redactados por asesores que nunca han sentido el temblor real de una nación en crisis.
La estabilidad no se importa.
Se fabrica.
Y se fabrica, casi siempre, en silencio.
Durante décadas, muchos países han vivido bajo la ilusión de que el orden podía venir de afuera. Que bastaba con alinearse con una potencia, firmar un acuerdo, aceptar una tutela elegante o una presión discreta para que la paz —esa palabra aún más frágil— echara raíces. Pero la historia, terca como el tiempo, ha demostrado lo contrario.
Los imperios no exportan estabilidad. Exportan intereses.
Pueden imponer calma, sí. Pueden silenciar momentáneamente los conflictos, congelar tensiones, sostener gobiernos que se mantienen en pie más por apoyo externo que por convicción interna.
Pero eso no es estabilidad: es suspensión. Es una tregua sin alma. Es el orden de la superficie, mientras por debajo sigue corriendo el río oscuro de las contradicciones.
La verdadera estabilidad no es ausencia de ruido. Es equilibrio profundo.
Ese equilibrio no se decreta: se construye.
Se construye cuando las instituciones dejan de ser decorado y comienzan a funcionar.
Cuando la ley deja de ser un instrumento del poder y se convierte en límite del poder.
Cuando la autoridad no se impone, sino que se reconoce. Cuando el ciudadano no obedece por miedo, sino por confianza.
Pero nada de eso ocurre por accidente.
Ocurre cuando una sociedad decide —a veces después de grandes dolores— que no puede seguir viviendo de simulaciones.
Que no puede seguir reemplazando la legitimidad por la propaganda, ni la justicia por la conveniencia, ni la verdad por la narrativa.
Porque también hay una estabilidad falsa.
Esa que se sostiene en el silencio impuesto, en el miedo administrado, en la apariencia cuidadosamente construida.
Esa estabilidad que parece firme hasta el día en que, sin aviso, se derrumba como un edificio mal cimentado. Y entonces todos se preguntan qué pasó, cuando en realidad lo que ocurrió fue que nunca hubo cimientos.
La estabilidad real, en cambio, tiene raíces.
Raíces en la historia, en la memoria, en los acuerdos verdaderos —no en los pactos de conveniencia— y en la capacidad de una sociedad para mirarse a sí misma sin engaños. No es perfecta. No es absoluta. Pero es resistente.
Europa lo entendió después de haber destruido su propio continente dos veces en el siglo XX.
Medio Oriente aún lo busca entre guerras que se firman y se rompen con la misma rapidez. América Latina, incluida la República Dominicana, lo ha aprendido a golpes, entre intervenciones, caudillos, transiciones y pactos incompletos.
En ese aprendizaje hay una lección que se repite como un eco:
Nadie puede construir la estabilidad de otro país.
Se puede acompañar. Se puede influir. Se puede presionar. Pero no se puede sustituir el proceso interno de una nación que necesita ordenar sus propias contradicciones.
Porque la estabilidad, en el fondo, no es un resultado.
Es un proceso.
Un proceso lento, imperfecto, a veces frustrante, donde cada generación añade una pieza —o comete un error— que la siguiente deberá corregir. Un proceso donde el liderazgo importa, pero más importa la estructura. Donde las decisiones cuentan, pero más cuenta la cultura política que las sostiene.
Por eso, cuando hoy se habla de treguas frágiles, de acuerdos negociados bajo presión, de equilibrios sostenidos por intereses externos, conviene recordar esta verdad sencilla y profunda:
Lo que no se construye desde dentro, se derrumba desde dentro.
La estabilidad no se importa.
Se fabrica.
Se fabrica con instituciones que funcionen, con ciudadanos que crean en ellas, con líderes que entiendan que el poder no es propiedad, sino responsabilidad. Se fabrica con memoria —para no repetir errores— y con visión —para no quedar atrapados en el pasado—.
Y se defiende todos los días.
Porque incluso cuando se alcanza, la estabilidad nunca es definitiva. Es, más bien, un equilibrio vivo, que exige cuidado constante, vigilancia cívica y una ética pública que no se negocie en cada cambio de viento.
En el fondo, las naciones que sobreviven no son las que logran evitar las crisis.
Son las que aprenden a superarlas sin destruirse a sí mismas.
Y esa es, quizá, la lección más importante de todas:
La estabilidad no se importa; se fabrica.
Y cuando se olvida cómo hacerlo, la historia —implacable— vuelve a empezar.
