Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Las noticias que llegan desde el Golfo Pérsico —misiles, drones, amenazas de bloqueo del estrecho de Ormuz y advertencias militares entre Estados Unidos e Irán— parecen, a primera vista, acontecimientos lejanos para un pequeño país del Caribe como la República Dominicana.
Sin embargo, en la economía contemporánea las guerras energéticas rara vez permanecen confinadas a la geografía donde estallan.
Sus consecuencias se propagan por todo el planeta como una onda sísmica que atraviesa mercados, industrias y gobiernos.
Por eso, cuando los mercados internacionales reaccionan con nerviosismo ante la posibilidad de que el flujo de petróleo sea interrumpido, no se trata simplemente de una cuestión de precios bursátiles en Nueva York o Londres.
Se trata de una preocupación que alcanza también a los países importadores de energía, entre ellos la República Dominicana.
Nuestro país depende completamente de las importaciones de combustibles fósiles.
Cada variación significativa del precio internacional del petróleo se refleja, tarde o temprano, en el costo de la electricidad, en el transporte, en los alimentos y en el funcionamiento general de la economía.
Por esa razón, una crisis en el Golfo Pérsico no es sólo un asunto geopolítico: es también una cuestión económica cotidiana para millones de dominicanos.
En el centro de esta tensión internacional se encuentra un punto geográfico relativamente estrecho pero de importancia estratégica extraordinaria: el Estrecho de Ormuz.
Por ese estrecho, que conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico, transita aproximadamente una quinta parte del petróleo que consume el mundo.
Cada día millones de barriles de crudo salen de los puertos de Arabia Saudita, Kuwait, Irak, Emiratos Árabes Unidos y Qatar rumbo a Asia, Europa y América.
En tiempos normales, ese flujo energético mantiene en funcionamiento la maquinaria industrial global.
Pero cuando estalla un conflicto militar en la región, el estrecho se convierte inmediatamente en un punto crítico de la economía mundial.
En la actual guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos, Teherán ha insinuado repetidamente la posibilidad de bloquear o minar esa vía marítima. Incluso sin llegar a cerrarla por completo, la simple amenaza ha bastado para provocar picos bruscos en los precios del petróleo.
Los mercados energéticos funcionan, en gran medida, por expectativas.
Cuando los operadores temen que el suministro pueda reducirse, el precio sube de inmediato.
Es lo que ocurrió desde la pasada semana, cuando los precios del crudo se dispararon antes de retroceder parcialmente, manteniéndose todavía por debajo del máximo alcanzado el lunes pero en un nivel de fuerte volatilidad.
La historia moderna demuestra que el petróleo no es solamente un recurso económico; es también un instrumento de poder.
En 1973, durante la guerra árabe-israelí, varios países productores utilizaron el embargo petrolero para presionar a Occidente.
Aquella decisión provocó una crisis energética mundial que alteró profundamente las economías de Europa y Estados Unidos.
Hoy el mecanismo es diferente, pero el principio es el mismo. En lugar de un embargo coordinado, la presión proviene del riesgo militar: ataques a refinerías, drones contra instalaciones energéticas o amenazas de interrumpir las rutas marítimas.
Irán parece apostar precisamente a ese efecto. Al golpear infraestructuras petroleras o insinuar un bloqueo del estrecho de Ormuz, busca generar suficiente presión económica internacional para obligar a Washington y a sus aliados a reconsiderar la intensidad de sus operaciones militares.
Del otro lado, Estados Unidos ha respondido con una escalada retórica y militar. El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, ha advertido que los ataques contra objetivos iraníes serán cada vez más intensos, mientras el presidente Donald Trump ha amenazado con destruir cualquier embarcación que intente minar la vía marítima.
En este contexto, el petróleo se convierte en el verdadero campo de batalla económico de la guerra.
Cuando el suministro energético se vuelve incierto, la reacción de la economía mundial es inmediata.
Las compañías petroleras redirigen buques, las aseguradoras aumentan las primas para los cargamentos que atraviesan zonas de guerra y los gobiernos comienzan a liberar reservas estratégicas para estabilizar los mercados.
Incluso las grandes empresas energéticas del Golfo han empezado a reorganizar sus rutas.
La compañía saudí Saudi Aramco, por ejemplo, ha anunciado que aumentará el uso de su oleoducto que cruza la península arábiga hasta el mar Rojo, intentando evitar el estrecho de Ormuz.
Sin embargo, esa alternativa tiene límites. Ningún oleoducto puede reemplazar completamente el volumen de petróleo que normalmente atraviesa el corredor marítimo de Ormuz.
Por esa razón, cada día que el conflicto se prolonga mantiene a los mercados internacionales en estado de alerta.
Para un país como República Dominicana, que importa la mayor parte de la energía que consume, estas tensiones internacionales tienen consecuencias directas.
Un aumento sostenido del precio del petróleo repercute inmediatamente en tres sectores clave:
1. Electricidad.
Gran parte de la generación eléctrica dominicana todavía depende de combustibles fósiles, especialmente derivados del petróleo y gas natural.
2. Transporte.
El costo del combustible impacta el transporte público, la logística comercial y el precio de los alimentos.
3. Inflación.
Cuando la energía se encarece, el efecto se transmite a toda la cadena productiva.
Por esa razón, cada crisis en el Golfo Pérsico termina teniendo una traducción concreta en la vida económica del Caribe.
Lo que ocurre hoy en el Golfo Pérsico demuestra, una vez más, hasta qué punto el sistema económico mundial está interconectado.
Una guerra que comienza con ataques de drones en el Medio Oriente puede terminar afectando el precio del transporte en Santo Domingo, el costo de la electricidad en Santiago o la factura energética de las industrias dominicanas.
Ese es el verdadero significado estratégico del estrecho de Ormuz: un paso marítimo relativamente pequeño que, en realidad, sostiene una parte esencial de la economía mundial.
Mientras los misiles vuelan sobre el Golfo y las potencias intercambian amenazas, los mercados energéticos observan con inquietud. Porque saben que, detrás de cada explosión en la región, se esconde una pregunta que preocupa a todo el planeta:
¿Seguirá fluyendo el petróleo que mantiene en movimiento la economía del mundo?
En esa pregunta —aunque parezca lejana— también está incluida la estabilidad económica de la República Dominicana.
