Por José Manuel Jerez
El error más grave del análisis público dominicano sobre la guerra en Irán consistiría en tratarla como un conflicto lejano, ajeno y circunstancial. Nada más peligroso. Irán no es el conflicto: es el punto de quiebre de un sistema internacional que ha comenzado a fracturarse. Lo que se desarrolla en Medio Oriente no es una crisis regional, sino la manifestación visible de una confrontación estructural entre potencias que redefine el orden global.
Estados Unidos ya no actúa como poder incontestado, y China ha dejado de ser una potencia emergente para convertirse en un actor sistémico. Esta transición, lejos de ser pacífica, reproduce una constante histórica: cuando una potencia dominante es desafiada, el sistema entra en tensión crítica. Irán aparece entonces como escenario, pero el conflicto real es entre modelos de poder global.
La importancia estratégica de Irán no radica únicamente en su capacidad militar o influencia regional, sino en su posición geopolítica sobre el eje energético del mundo. El control o desestabilización del Estrecho de Ormuz tiene el potencial de alterar el flujo global de petróleo, afectando de manera inmediata los mercados internacionales y, con ello, las economías más vulnerables.
En este contexto, la guerra en Irán opera como catalizador de una transición hacia un sistema multipolar. Sin embargo, esta transición no está siendo gestionada institucionalmente, sino a través de la confrontación indirecta, la presión militar y la disputa por zonas estratégicas. Es, en esencia, una reconfiguración del poder sin reglas claras.
El riesgo de escalada es real y creciente. La implicación indirecta de potencias como China y Rusia, ya sea a través de apoyo logístico, económico o diplomático, transforma cualquier confrontación local en un conflicto potencialmente global. La historia demuestra que las guerras sistémicas rara vez comienzan como tales: escalan.
Para la República Dominicana, este escenario no es teórico. Es inmediato. Cada incremento en el precio del petróleo impacta directamente en el costo de la vida, en la inflación, en la estabilidad del tipo de cambio y en la sostenibilidad fiscal. La dependencia energética del país convierte cualquier crisis en Medio Oriente en un problema interno.
Sin embargo, lo más preocupante no es la vulnerabilidad estructural, sino la ausencia de previsión estratégica del Estado dominicano. No existe una política clara de contingencia energética, ni un diseño serio de mitigación económica frente a shocks externos. Se actúa, como de costumbre, en reacción y no en anticipación.
Reducir el conflicto en Irán a un tema de política exterior es, por tanto, un error conceptual. Se trata de un fenómeno que impacta directamente la seguridad económica nacional. La desconexión entre el análisis geopolítico y la toma de decisiones internas evidencia una debilidad estructural del aparato estatal.
En definitiva, estamos ante un punto de inflexión histórico. El sistema internacional basado en reglas, instituciones y equilibrios relativamente estables está siendo sustituido por un entorno de competencia abierta entre grandes potencias. Irán no es el origen del conflicto: es el síntoma más claro de esa transformación.
La verdadera pregunta no es qué ocurrirá en Irán, sino si los Estados —incluido el dominicano— están preparados para un mundo donde la incertidumbre, la competencia y la inestabilidad serán la norma. Porque si algo es claro, es que la guerra en Irán no es un episodio: es el anuncio de una nueva era.
