Por José Manuel Jerez
La tesis planteada por Leonel Fernández en su reciente artículo constituye una de las lecturas más lúcidas —y políticamente incisivas— del momento económico actual: la crisis que hoy golpea a la República Dominicana no nace con la guerra en Irán, sino que se origina con anterioridad y encuentra en ese conflicto apenas su catalizador. No se trata, por tanto, de un fenómeno importado, sino de una vulnerabilidad estructural que ha sido expuesta por un shock externo.
Desde la teoría económica contemporánea, particularmente en el análisis de economías abiertas y dependientes, esta afirmación tiene un fundamento sólido. Los llamados “shocks exógenos” —como el alza del petróleo derivado de conflictos geopolíticos— no generan crisis por sí mismos en economías robustas; más bien, revelan debilidades acumuladas. En ese sentido, la economía dominicana, altamente dependiente de importaciones energéticas y con limitada diversificación productiva, se presenta como particularmente susceptible a este tipo de perturbaciones.
El problema de fondo, entonces, no es la guerra en sí, sino la incapacidad estructural del modelo económico para absorber impactos externos. La dependencia energética, la presión inflacionaria persistente, el déficit fiscal latente y la fragilidad del aparato productivo configuran un cuadro previo que hace inevitable que cualquier crisis internacional se traduzca en deterioro interno. La guerra en Irán no crea estas condiciones; simplemente las exacerba.
Desde el punto de vista político, la implicación de esta tesis es aún más profunda. Si la crisis es atribuible exclusivamente a factores externos, el gobierno queda eximido de responsabilidad directa. Sin embargo, si —como sostiene Fernández— la crisis es anterior y estructural, entonces el problema radica en la conducción económica del Estado. Se trata, en definitiva, de un cuestionamiento a la capacidad de previsión, planificación y gestión del poder público.
En términos de política económica, esta crítica apunta a la ausencia de una estrategia preventiva. Las economías modernas no solo reaccionan a las crisis; las anticipan. La construcción de reservas estratégicas, la diversificación de la matriz energética, el fortalecimiento del aparato productivo nacional y la disciplina fiscal son mecanismos clásicos de blindaje frente a choques externos. La falta de consolidación de estos instrumentos revela una debilidad en la arquitectura económica del Estado.
Asimismo, el impacto en cadena que produce el aumento del petróleo —encarecimiento del transporte, aumento del costo de la electricidad, presión sobre los alimentos— evidencia la interdependencia de los sectores económicos. Esta realidad confirma que la economía dominicana opera bajo un modelo vulnerable, donde un solo factor externo puede desencadenar efectos sistémicos. No se trata de un problema coyuntural, sino de diseño estructural.
Desde una perspectiva de economía política, la narrativa gubernamental que atribuye la crisis exclusivamente a la guerra en Irán constituye una estrategia de externalización de responsabilidades. Sin embargo, esta narrativa resulta insuficiente frente a un análisis riguroso. Las crisis externas no afectan de igual manera a todas las economías; su impacto depende de la fortaleza interna de cada Estado. Y es precisamente ahí donde radica el núcleo del argumento de Fernández.
En definitiva, la tesis central se impone con fuerza: la guerra en Irán no es el origen de la crisis dominicana, sino el espejo que refleja sus debilidades estructurales. Lo que hoy se presenta como una crisis importada es, en realidad, la manifestación de un problema interno no resuelto. La verdadera discusión, por tanto, no debe centrarse en el conflicto internacional, sino en la capacidad del Estado dominicano para construir una economía resiliente.
El desafío que emerge es claro: o se continúa administrando la vulnerabilidad, reaccionando tardíamente a cada shock externo, o se emprende una transformación estructural que permita al país resistir —y no simplemente padecer— las turbulencias del sistema internacional. En ese punto, el debate deja de ser económico y se convierte en profundamente político: se trata de definir si el Estado dominicano seguirá siendo un actor reactivo o asumirá, finalmente, una lógica estratégica de previsión y fortaleza institucional.
