Por José Manuel Jerez
La guerra en Irán no constituye únicamente un episodio bélico regional; representa un reordenamiento parcial del sistema económico internacional. Desde la teoría de la interdependencia compleja hasta el realismo estructural de Kenneth Waltz, sabemos que los conflictos en nodos estratégicos del sistema —como el Golfo Pérsico— alteran la distribución de costos y beneficios a escala global. Para la República Dominicana, economía pequeña, abierta y altamente dependiente de importaciones energéticas, el impacto no sería indirecto ni marginal, sino estructural.
El Estrecho de Ormuz concentra una proporción significativa del tránsito energético mundial. Su militarización o interrupción generaría un “shock” de oferta con efectos inmediatos sobre el precio del petróleo y el gas natural. En términos macroeconómicos, ello se traduce en inflación importada, deterioro del poder adquisitivo y presión sobre la estructura de costos del aparato productivo. La energía es insumo transversal: afecta transporte, alimentos, manufactura y generación eléctrica.
Desde la perspectiva fiscal, el conflicto colocaría al Estado dominicano frente a un dilema clásico de economía política: trasladar el aumento de precios al consumidor o amortiguarlo mediante subsidios. La primera opción incrementa la tensión social; la segunda compromete la sostenibilidad fiscal. En contextos de guerra prolongada, los subsidios energéticos dejan de ser medidas coyunturales y se transforman en cargas estructurales para el presupuesto.
En el plano externo, el encarecimiento de la factura petrolera ampliaría el déficit en cuenta corriente, salvo que el turismo y las remesas compensen el impacto. Sin embargo, ambos sectores dependen en gran medida del ciclo económico estadounidense y europeo. Si el conflicto eleva la inflación global y obliga a mantener tasas de interés altas por más tiempo, podría desacelerarse la economía de los principales socios comerciales, afectando simultáneamente exportaciones, turismo y flujos de remesas.
El canal financiero es igualmente relevante. En escenarios de alta incertidumbre geopolítica, los mercados tienden a refugiarse en activos considerados seguros, fortaleciendo el dólar y encareciendo el financiamiento para economías emergentes. Para la República Dominicana, ello implicaría mayores costos de endeudamiento soberano y corporativo, así como un endurecimiento de las condiciones crediticias internas.
Desde la teoría del “riesgo sistémico”, un conflicto en Irán también puede provocar disrupciones logísticas más amplias: aumento en costos de transporte marítimo, encarecimiento de seguros y retrasos en cadenas de suministro. En economías insulares altamente integradas al comercio internacional, estos factores pueden generar cuellos de botella productivos y presiones inflacionarias adicionales.
El turismo, principal generador de divisas, no es inmune a este escenario. Un incremento sostenido en los precios del combustible encarece los boletos aéreos y reduce el ingreso disponible en los países emisores. La demanda turística se vuelve más elástica frente al precio, afectando ocupación hotelera, empleo y recaudación tributaria.
Desde una perspectiva más amplia de economía política internacional, autores como Kindleberger han advertido que los períodos de inestabilidad hegemónica suelen venir acompañados de crisis económicas regionales. Si el conflicto en Irán forma parte de una dinámica mayor de competencia entre potencias —como sugiere la literatura contemporánea sobre transición de poder—, el impacto podría no ser transitorio, sino parte de un ciclo prolongado de volatilidad estructural.
El efecto final dependerá de la duración e intensidad del conflicto. Un episodio breve podría ser absorbido por la resiliencia macroeconómica acumulada en los últimos años. No obstante, una guerra prolongada con interrupciones recurrentes del suministro energético modificaría las expectativas de inversión y crecimiento, reduciendo el dinamismo económico nacional.
Frente a este panorama, la respuesta estratégica debe orientarse a la diversificación energética, la consolidación fiscal responsable y la creación de mecanismos de cobertura frente a la volatilidad internacional. La República Dominicana no puede incidir en la geopolítica del Golfo Pérsico, pero sí puede fortalecer su arquitectura institucional para mitigar sus efectos. En tiempos de guerra globalizada, la verdadera soberanía económica reside en la capacidad de anticipación y adaptación.
