Porque el deseo no siempre nace del cuerpo… a veces nace del reconocimiento.
Tu deseo tiene su nombre porque en él encontraste algo que no sabías que estabas buscando. No es solo su voz, ni su forma de mirar, ni la manera en que ocupa el espacio; es lo que despierta en ti cuando aparece. El deseo no se imprime en la piel al azar: se ancla
donde hubo eco.
Tiene su nombre porque contigo no es genérico. No es una idea abstracta de compañía, ni una fantasía sin rostro. Es concreto. Es su risa en un momento específico. Es su silencio cuando esperas que diga algo. Es la tensión de lo que podría pasar y no pasa.
A veces el deseo se aferra a quien nos hace sentir vistas. O a quien no nos mira como quisiéramos… y ahí se vuelve más intenso. Porque el deseo también crece en la falta, en la espera, en la posibilidad suspendida.
Tu deseo tiene su nombre porque, de alguna manera, él se convirtió en símbolo:
de lo que anhelas,
de lo que te falta,
de lo que te inquieta,
de lo que te enciende.
Y quizás no se trata solo de él. Quizás se trata de lo que tú eres cuando lo deseas.
