Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay frases que no se leen: se atraviesan. Y hay palabras que, pronunciadas hace dos mil años, siguen latiendo como si hubiesen sido dichas esta mañana, en medio del ruido del mundo y de las inquietudes de la Iglesia.
Cuando Cristo dice en el Evangelio de Mateo:
“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, no está describiendo una arquitectura, sino un combate.
En el mundo antiguo, las “puertas” no eran simples accesos de madera o piedra.
Eran el lugar donde se concentraba el poder: allí se reunían los ancianos, se dictaban sentencias, se organizaba la defensa de la ciudad.
Las puertas eran, en realidad, el símbolo visible de una autoridad invisible, de una fuerza estructurada que gobernaba.
Por eso, durante siglos se repitió la palabra “puertas” como si se tratara de una muralla inmóvil, de un umbral oscuro que resiste desde la distancia.
Pero la historia —y la experiencia— nos obligan a entender mejor. No son solo puertas. Son fuerzas.
Fuerzas organizadas, persistentes, que no actúan solamente desde fuera, sino que encuentran siempre la manera de infiltrarse en lo humano: en la soberbia, en la autosuficiencia, en esa ilusión peligrosa de que la Iglesia puede adaptarse sin perder su alma.
Por eso, cuando Joseph Ratzinger exclamó en aquel Viernes Santo de 2005:
“¡Cuánta suciedad hay en la Iglesia… cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!”, no estaba denunciando un episodio, sino señalando una grieta.
Una grieta que no venía de los enemigos externos, sino del interior mismo de la barca.
Más tarde, ya como Benedicto XVI, hablaría de esa barca de Pedro que hacía agua por todas partes.
No porque el mar fuese más violento que antes, sino porque las filtraciones nacían desde dentro.
Ahí está el punto que no siempre se quiere ver.
Hay momentos en la historia de las instituciones en que el peligro no viene de sus adversarios declarados, sino de sus propias concesiones.
No son las persecuciones las que las debilitan, sino las adaptaciones mal digeridas.
En el caso de la Iglesia, esa tentación tiene hoy un nombre moderno: el aplauso inmediato, el consenso fácil, la presión del tiempo presente.
Las palabras recientes del cardenal Jean-Claude Hollerich deben leerse en esa clave.
Cuando advierte que ciertas decisiones —como la ordenación de mujeres al diaconado— podrían dividir a la Iglesia, no está formulando una hipótesis teológica, sino recordando una experiencia histórica ya vivida en otros ámbitos del cristianismo.
Ese laboratorio existe. Tiene nombre: la Comunión Anglicana.
Allí, lo que comenzó como una adaptación gradual a los cambios culturales de Occidente —ordenación de mujeres, reconocimiento de clérigos homosexuales, bendiciones de uniones del mismo sexo— fue percibido en otras latitudes como una ruptura.
En África, donde la fe crece con vigor y arraigo tradicional, no se trató de una diferencia de disciplina, sino de una divergencia profunda sobre la verdad del Evangelio.
Y la fractura llegó.
Nigeria, Uganda, Kenia… nombres que no son solo geografía, sino testimonio de una división que aún no cicatriza. Provincias que se distancian, sínodos enfrentados, una comunión debilitada no por persecución externa, sino por decisiones internas que no lograron sostener la unidad.
Ese precedente pesa como una sombra sobre cada debate contemporáneo.
Porque la Iglesia católica —a diferencia de estructuras más flexibles— no puede permitirse el lujo de fragmentarse sin dejar de ser lo que es. No puede haber una verdad para Europa y otra para África, una doctrina para el Norte y otra para el Sur, sin romper el principio mismo de catolicidad.
Sin embargo, la presión existe.
En Occidente, donde las iglesias se vacían y la secularización avanza, el impulso es adaptarse para sobrevivir. En otras regiones, donde la fe es vivida con mayor cohesión, el temor es que esa adaptación signifique dilución.
Ahí está la tensión silenciosa.
Por eso el llamado al consenso universal —que en la práctica equivale muchas veces a la prudencia, a la espera, a la contención— no es debilidad. Es memoria histórica. Es conciencia de que dividir es fácil, pero recomponer es casi imposible.
Las fuerzas —que en otro tiempo se llamaron “puertas”— del infierno no se presentan siempre como persecución abierta. A veces se manifiestan como seducción: la del aplauso, la de la aceptación, la de la adaptación sin raíces.
Es ahí donde la advertencia de Cristo adquiere toda su dimensión.
Porque la promesa no es que la Iglesia no será herida.
No es que no se ensuciará.
No es que no hará agua.
La promesa es otra:
que esas fuerzas, por poderosas que parezcan,
por organizadas que estén,
por profundamente que logren infiltrarse…no prevalecerán.
Esa es, al final, la paradoja que atraviesa la historia:
una Iglesia capaz de caer en errores humanos,
pero sostenida por una palabra que la supera.
Porque lo que está en juego no es solo su estructura, ni sus debates, ni sus decisiones pastorales.
Lo que está en juego es su unidad.
Y la Iglesia —si quiere seguir siendo Iglesia— no puede permitirse perderla a cambio del aplauso de un instante.
