Por José Manuel Jerez
En política, las cifras no son simplemente números: son señales de tendencia, acumulación de fuerzas y construcción de legitimidad. Cuando Leonel Fernández proyecta un 47% frente a un 38% del oficialismo si hoy fueran las elecciones, no está emitiendo una consigna, sino trazando una fotografía estratégica del momento político dominicano. En sistemas presidenciales como el nuestro, donde la primera vuelta puede decidirlo todo, una diferencia de nueve puntos porcentuales no es marginal: es estructural.
El dato adquiere mayor relevancia cuando se analiza la trayectoria reciente de la Fuerza del Pueblo. En 2020, la organización emergía con poco más de un 5%. En 2024, alcanzó cerca del 30%. Hoy, la proyección se ubica en un 47%. Esa progresión no responde a coyunturas aisladas, sino a un proceso sostenido de expansión territorial, captación de liderazgos intermedios y consolidación de una narrativa de alternativa de poder frente al desgaste oficialista.
La juramentación de Rosangela Celestino Pierret (Chambi) en Quisqueya no es un hecho simbólico menor. Representa la incorporación de capital político local con arraigo histórico, memoria familiar y legitimidad social. Cuando se invoca la figura de Polonio Pierret y su defensa de la soberanía nacional, se conecta pasado y presente bajo una misma narrativa de continuidad patriótica y responsabilidad histórica.
Pero más allá del simbolismo, el acto en San Pedro de Macorís revela algo más profundo: la Fuerza del Pueblo ha dejado de ser un partido en reorganización para convertirse en un partido en expansión competitiva. La captación de dirigentes provenientes incluso del oficialismo confirma una dinámica clásica de realineamiento político: cuando los actores comienzan a migrar antes del ciclo electoral formal, es porque perciben una probabilidad creciente de alternancia.
El contraste 47%–38% debe leerse también en clave de rechazo acumulado. En política comparada, los gobiernos que no logran renovar legitimidad suelen quedar atrapados en techos electorales difíciles de perforar. El oficialismo puede mantener una base dura, pero si no amplía su coalición social, termina administrando un límite estructural. Y los límites, en democracia, suelen convertirse en derrotas.
El discurso de Leonel Fernández en Quisqueya incorporó además compromisos concretos: carreteras, ampliación del acueducto, solución al relleno sanitario, sistemas cloacales. Esa combinación de visión macro y respuesta microterritorial es clave en campañas exitosas. No basta con la narrativa nacional; es indispensable ofrecer soluciones específicas a problemas locales. Allí es donde se construyen las mayorías reales.
La agenda simultánea desarrollada en Santiago días antes confirma que no se trata de actos aislados, sino de una estrategia nacional de consolidación. Encuentros sectoriales, integración de autoridades electas y ampliación de estructuras municipales indican planificación política, no improvisación. Las campañas ganadoras comienzan años antes del día electoral, y 2028 ya está en movimiento.
Desde la teoría de partidos, cuando una organización logra combinar liderazgo carismático, estructura territorial en expansión y percepción pública de viabilidad electoral, se activa el llamado “voto útil anticipado”. Es decir, sectores que no necesariamente son orgánicos del partido comienzan a inclinarse hacia quien perciben como alternativa real de poder. Esa dinámica es la que convierte tendencias en victorias.
Si la proyección del 47% se consolida y el oficialismo permanece en un 38% estructural, el escenario 2028 se perfila no como una competencia cerrada, sino como una disputa entre continuidad desgastada y alternativa consolidada. En política, el crecimiento sostenido suele ser más determinante que el ruido coyuntural. Y cuando una fuerza pasa de 5% a 30% y luego proyecta 47%, lo que está en juego ya no es crecimiento: es transición de poder.
