Por José Manuel Jerez
La reciente visita de la Embajadora de los Estados Unidos al expresidente Leonel Fernández, extendida por más de dos horas, no puede leerse como un gesto protocolar ni como una simple cortesía diplomática. En política internacional, y particularmente en la práctica estadounidense, las reuniones prolongadas con líderes opositores solo se producen cuando estos son percibidos como actores estratégicos con posibilidades reales de ejercer poder en el corto o mediano plazo.
Washington no improvisa interlocutores. Su diplomacia opera sobre la base de escenarios, no de simpatías. Cuando una potencia global dedica tiempo, atención y capital político a un líder fuera del gobierno, lo hace porque reconoce en él una combinación poco común: experiencia de Estado, previsibilidad, capacidad de negociación y legitimidad política interna. Ese perfil encaja con precisión en la trayectoria de Leonel Fernández.
Leonel Fernández no es un dirigente coyuntural ni un líder de circunstancias. Es, en el sentido más clásico del término, un estadista con credenciales regionales. Fue en la República Dominicana, bajo su presidencia, donde Colombia y Ecuador lograron un acuerdo que evitó una escalada militar de consecuencias imprevisibles para América Latina. Ese antecedente lo posicionó como un “concertador” confiable, capaz de facilitar soluciones cuando la confrontación parecía inevitable.
Ese capital diplomático no se disuelve con el paso del tiempo. Por el contrario, se revaloriza en un contexto regional marcado por la fragmentación política, el debilitamiento institucional y la ausencia de liderazgos con visión estratégica. Para Estados Unidos, un actor como Leonel Fernández representa estabilidad, racionalidad y capacidad de interlocución multilateral, cualidades escasas en el escenario latinoamericano actual.
La lectura se vuelve aún más clara si se analiza desde el prisma del pragmatismo político asociado al trumpismo. Donald Trump y su entorno no operan desde la retórica ideológica, sino desde el cálculo de intereses. Prefieren líderes fuertes, con control político real, capaces de negociar y de garantizar estabilidad. Desde esa lógica, no se apuesta a gobiernos, sino a futuros gobiernos.
Las encuestas que colocan a Leonel Fernández como un seguro contendiente con altas probabilidades de triunfo en 2028 no pasan desapercibidas en Washington. La diplomacia estadounidense se adelanta, abre canales, mide posiciones y construye confianza antes de que el cambio de ciclo político se materialice. Esa es la esencia del pragmatismo: prepararse hoy para el poder de mañana.
La visita también envía un mensaje implícito al gobierno actual. Estados Unidos no ata su política exterior a una sola administración ni a un liderazgo en desgaste. Mantiene abiertas sus opciones y reconoce que el liderazgo político real de la República Dominicana puede estar en proceso de reconfiguración. En ese mapa, Leonel Fernández aparece como una figura central, no marginal.
Más allá del gesto diplomático, lo ocurrido confirma una realidad política de fondo: Leonel Fernández ya no es visto únicamente como líder de la oposición, sino como un presidente en espera. Cuando las grandes potencias comienzan a tratarte como futuro, es porque el presente ha dejado de ofrecer certezas. En política internacional, esa distinción lo cambia todo.
