Por José Manuel Jerez
En la arquitectura del sistema internacional contemporáneo, los estrechos marítimos constituyen los verdaderos puntos neurálgicos del poder global. Más allá de las capitales políticas o los centros financieros, es en estos pasos geográficos donde se decide, en gran medida, la estabilidad del comercio internacional, la seguridad energética y la proyección estratégica de las grandes potencias.
La teoría geopolítica clásica ya advertía esta realidad. Alfred Thayer Mahan sostenía que el control de las rutas marítimas era la clave de la hegemonía global, mientras que Nicholas Spykman subrayaba la importancia de los bordes marítimos en la configuración del poder. En el siglo XXI, estas ideas no solo permanecen vigentes, sino que adquieren una nueva dimensión ante la globalización de las cadenas de suministro.
El estrecho de Malaca se erige como el principal eje del comercio mundial. Por él transita una parte sustancial del flujo energético hacia Asia, especialmente hacia China, Japón y Corea del Sur. Esta dependencia convierte a Malaca en un punto de vulnerabilidad estratégica, lo que ha llevado a Beijing a desarrollar rutas alternativas en el marco de su iniciativa de la Franja y la Ruta.
En Europa, el estrecho de Gibraltar continúa siendo un punto de control fundamental entre el Atlántico y el Mediterráneo. Su relevancia no es únicamente comercial, sino también militar, al constituir una puerta de entrada clave para las operaciones navales de la OTAN y las potencias occidentales en el norte de África y el Medio Oriente.
El estrecho de Taiwán, por su parte, representa uno de los escenarios más sensibles del sistema internacional actual. En este espacio convergen las tensiones entre China y Estados Unidos, donde cualquier alteración del statu quo podría desencadenar una crisis de alcance global, afectando no solo la seguridad regional, sino también las cadenas tecnológicas y comerciales.
En el hemisferio occidental, el estrecho de Magallanes y el paso de Drake, aunque menos transitados, mantienen un valor estratégico como rutas alternativas y como puntos de acceso a la Antártida. Su importancia se incrementa en un contexto de creciente interés por los recursos naturales y las rutas emergentes en latitudes australes.
El estrecho de Bering, situado entre Estados Unidos y Rusia, simboliza la nueva frontera geopolítica del Ártico. El deshielo progresivo abre posibilidades de navegación que podrían reconfigurar las rutas comerciales globales, reduciendo distancias y alterando el equilibrio logístico entre Asia, Europa y América.
Asimismo, los estrechos de Sunda y Lombok, en Indonesia, adquieren relevancia como rutas alternativas al congestionado estrecho de Malaca. Su profundidad y características geográficas los convierten en opciones estratégicas para el tránsito de grandes buques y operaciones militares, especialmente en un contexto de competencia naval creciente.
Desde una perspectiva sistémica, estos estrechos configuran una red interconectada de “cuellos de botella” que condicionan el funcionamiento del orden global. La interrupción de cualquiera de estos puntos puede generar efectos en cadena, afectando precios energéticos, cadenas de suministro y estabilidad política a escala mundial.
En conclusión, los estrechos marítimos no son simples accidentes geográficos, sino auténticos instrumentos de poder. En ellos se entrelazan la geografía, la economía y la estrategia, definiendo los márgenes de acción de los Estados. En un mundo cada vez más interdependiente y conflictivo, quien controle estos pasos no solo influye en el comercio global, sino que condiciona el rumbo mismo del orden internacional.

Ya comenté.