Por José Manuel Jerez
En la estructura profunda del sistema internacional contemporáneo, los estrechos marítimos constituyen los verdaderos puntos de control del poder global. No son simples accidentes geográficos, sino nodos estratégicos donde convergen comercio, energía, seguridad y proyección militar. En ellos, la geografía deja de ser un dato físico para convertirse en una herramienta de dominación estructural.
El estrecho de Malaca ejemplifica esta lógica con claridad. Por esta vía transita una parte sustancial del comercio mundial, especialmente el flujo energético que sostiene a las economías del noreste asiático. La dependencia de China respecto a este paso ha sido conceptualizada como el “dilema de Malaca”, revelando una vulnerabilidad crítica en su arquitectura estratégica.
Ante esta vulnerabilidad, China ha desplegado una estrategia integral basada en la diversificación de rutas, el desarrollo de corredores terrestres y la expansión de su presencia naval en el océano Índico. La Iniciativa de la Franja y la Ruta responde, en gran medida, a la necesidad de reducir la exposición a un posible bloqueo marítimo.
En el corazón de Medio Oriente, el estrecho de Ormuz representa uno de los chokepoints más sensibles del planeta. Por él circula una proporción significativa del petróleo mundial, lo que lo convierte en un punto de presión geopolítica de primer orden. Cualquier interrupción en este paso tendría efectos inmediatos sobre los mercados energéticos globales.
De manera complementaria, el estrecho de Bab el-Mandeb conecta el mar Rojo con el océano Índico, constituyendo un enlace esencial entre Europa y Asia a través del canal de Suez. Su creciente militarización refleja la competencia entre potencias regionales y globales por controlar esta arteria vital del comercio internacional.
Ambos estrechos, Ormuz y Bab el-Mandeb, configuran un eje estratégico que convierte a Medio Oriente en el epicentro de la seguridad energética global. Su control no solo implica dominio económico, sino también capacidad de coerción política en el sistema internacional.
En Europa, el estrecho de Gibraltar mantiene su relevancia como punto de control entre el Atlántico y el Mediterráneo. Su valor estratégico radica tanto en el comercio como en la proyección militar hacia África y Medio Oriente, evidenciando la persistencia de la geopolítica clásica.
El estrecho de Taiwán, por su parte, se ha convertido en uno de los escenarios más críticos de la rivalidad entre Estados Unidos y China. En él convergen disputas territoriales, cadenas de suministro tecnológicas y la posibilidad de un conflicto de gran escala con repercusiones globales.
Otros pasos estratégicos, como los estrechos de Sunda y Lombok, el estrecho de Bering o el paso de Drake, completan una red global de cuellos de botella que condiciona el funcionamiento del sistema internacional. Cada uno de ellos representa una pieza en el tablero geopolítico del siglo XXI.
En síntesis, los estrechos del mundo no son meros espacios de tránsito, sino verdaderos interruptores del orden global. La competencia por su control revela una tesis central: la guerra del siglo XXI no se librará únicamente por territorios o ideologías, sino por el dominio de los chokepoints que sostienen la economía mundial. Quien controle estos estrechos, controlará el flujo del poder global.
