Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En la historia dominicana hay episodios que no se encuentran en los manuales ni en los archivos oficiales, pero sobreviven en la memoria de quienes vivieron de cerca a los protagonistas de la política, de la prensa y del poder.
Son esas historias que circulan como un rumor persistente entre periodistas, historiadores y viejos amigos de tertulia, y que a veces revelan más sobre un país que los documentos formales.
En varias ocasiones conversé con dos miembros de la familia Pellerano: Moisés Pellerano y Rogelio Pellerano, a quien todos llamaban Tuturo.
Ambos estaban vinculados a dos periódicos importantes de la República Dominicana de la segunda mitad del siglo XX: el histórico Listín Diario y el vespertino Última Hora.
Siempre me llamó la atención un detalle que no escondían ni disimulaban.
Aquellos dos hombres detestaban a Juan Bosch.
No era una discrepancia política serena ni una discusión intelectual sobre ideas.
Era un rechazo visceral.
Hablaban de Bosch con dureza, con grosería incluso, aun sabiendo perfectamente que yo era amigo cercano del líder dominicano.
Pero antes de llegar a ese punto hay que retroceder en el tiempo, porque la historia de esa familia tiene un episodio trágico que marcó profundamente su destino.
El Listín Diario, fundado en 1889, fue durante décadas propiedad de la familia Pellerano.
El fundador dejó el periódico a su hijo, luego pasó al nieto y más tarde a los bisnietos.
Así fue como Rogelio “Tuturo” Pellerano y su hermano Máximo Pellerano terminaron formando parte de la generación que heredó el control del diario.
Ellos eran Pellerano-Romano. Su padre llevaba el apellido Pellerano y su madre pertenecía a la familia Romano.
Cuando eran todavía niños quedaron huérfanos tras un incidente violento ocurrido en los años treinta.
Todo comenzó con una polémica periodística.
El Listín Diario llevaba a cabo una campaña contra un ingeniero de apellido Paradas, cuestionando públicamente su condición profesional en medio de una disputa por el cargo de ingeniero municipal, un puesto que en aquella época tenía un peso similar al de un ministro de Obras Públicas.
El ingeniero Paradas había estudiado en París, pero el periódico ponía en duda sus credenciales.
Aquella controversia tenía también una dimensión política y familiar, pues finalmente quien terminó ocupando el cargo fue el ingeniero Ramón Báez López Peña, conocido como Monsito.
Ramón Báez López Peña tenía vínculos de parentesco con los Pellerano. Era pariente de Moisés Pellerano López Peña, lo que revela hasta qué punto las familias dominicanas de aquella época estaban entrelazadas.
En medio de ese clima de tensiones ocurrió la tragedia.
El ingeniero Paradas se presentó en las oficinas del periódico. Hubo una discusión violenta. Sacó un revólver y disparó. El padre de Rogelio y de Máximo Pellerano resultó mortalmente herido.
Aquellos niños quedaron huérfanos.
Fueron criados principalmente por la familia de su madre, los Romano, que los protegieron y los amamantaron en los primeros años de su vida.
Pero hay un detalle más profundo en esta historia, uno de esos fragmentos de intrahistoria que rara vez aparecen en los libros.
En el año 2001 el historiador Julio Genaro Campillo Pérez, quien fue presidente de la Academia Dominicana de la Historia, me contó algo que siempre he recordado.
El arma que utilizó el ingeniero Paradas llegó a sus manos a través de su hermana, Ana Teresa Paradas.
Ana Teresa Paradas fue una figura notable de la educación dominicana y probablemente la primera mujer abogada del país. Dirigía un instituto comercial donde se enseñaban taquigrafía, caligrafía, mecanografía y otras disciplinas prácticas.
A ese instituto había acudido años antes un joven oficial del ejército dominicano que todavía no era presidente de la República.
Se llamaba Rafael Leónidas Trujillo.
En aquel tiempo era jefe del Ejército y tenía su cuartel general en la Fortaleza Ozama.
Según ese relato, Trujillo había tenido relación con aquel instituto cuando Ana Teresa Paradas era su directora.
Mortificada por la campaña del Listín Diario contra su hermano, Ana Teresa acudió a ver a Trujillo.
Le explicó el problema.
Trujillo, según la versión transmitida por Campillo Pérez, le entregó un revólver y pronunció una frase que parecía salida de una tragedia antigua:
“Las deudas de honor se pagan con sangre.”
El arma llegó así a manos del ingeniero Paradas.
El resto de la historia ya se conoce.
El incidente que terminó con la muerte del padre de Rogelio y Máximo Pellerano está documentado en un álbum conmemorativo publicado por el propio Listín Diario en 1939 con motivo de su cincuentenario.
Ese álbum fue impreso por la editora Ferrúa, todavía existente en la calle José Reyes casi esquina Arzobispo Nouel de Santo Domingo, y hoy se conserva en el Archivo General de la Nación.
Años después el periódico desaparecería temporalmente de la vida pública.
El Listín Diario dejó de circular en 1941 en plena Segunda Guerra Mundial.
El propio periódico explicó entonces que el cierre se debía a la escasez de materias primas, especialmente papel periódico.
Con el tiempo surgió la versión de que había sido cerrado por órdenes de Trujillo, pero el propio diario informó en aquel momento que la causa había sido la escasez de insumos durante la guerra.
El periódico reapareció en agosto de 1963.
En ese momento Juan Bosch llevaba casi seis meses como presidente constitucional de la República Dominicana.
El director del periódico era Rafael Herrera, un periodista culto, respetado y profundamente independiente. Ninguno de los Pellerano podía imponerle una línea editorial contraria a su criterio profesional.
Herrera dirigió el Listín Diario durante treinta y un años, hasta su muerte en 1994.
Durante todo ese tiempo el periódico mantuvo relaciones correctas con Juan Bosch. Nunca desarrolló una campaña sistemática de hostilidad contra él.
Si alguien hubiera intentado imponerle a Herrera una línea editorial agresiva contra Bosch, él habría renunciado. Y esa renuncia habría sido un golpe enorme para el prestigio del periódico.
Pero la familia Pellerano tenía otro medio.
En 1970 apareció el vespertino Última Hora.
Ese periódico sí adoptó en distintos momentos una línea informativa y editorial muy agresiva contra Juan Bosch.
Aunque formalmente era una compañía por acciones, el accionista con mayor peso e influencia era Moisés Pellerano, primo de Rogelio “Tuturo” Pellerano.
Máximo Pellerano, por el contrario, siempre fue considerado un caballero prudente y nunca intervino en ese tipo de campañas.
Los años pasaron.
A finales de la década de 1990 los hijos de Tuturo Pellerano y de Máximo Pellerano entraron en conflictos internos por el control del Listín Diario. La empresa se deterioró financieramente.
Finalmente el periódico terminó bajo el control del Baninter, el banco dirigido por Ramón Báez Figueroa, hijo de Ramón Báez Romano, quien a su vez era primo hermano de Tuturo y de Máximo.
Cuando el Baninter colapsó en el gran escándalo financiero de 2003, las acciones del periódico pasaron a manos del Banco Central. Más tarde fueron vendidas a nuevos accionistas.
Esa ya es otra historia.
Lo curioso es que el vespertino Última Hora desapareció con el tiempo.
El Listín Diario, en cambio, sobrevivió.
Así ocurre muchas veces con los periódicos y con la historia.
Las pasiones, los odios personales y las luchas familiares pasan.
Los periódicos que logran mantener un mínimo de independencia profesional, como ocurrió durante décadas bajo la dirección de Rafael Herrera, terminan atravesando el tiempo.
Y quedan allí, como testigos silenciosos de un país que nunca deja de debatirse entre la memoria, el poder y la palabra escrita.
