Por José Manuel Jerez
Las crisis internacionales suelen revelar con claridad aquello que la teoría política y las doctrinas estratégicas han advertido durante décadas: que el sistema internacional continúa regido, en última instancia, por la lógica del poder. La escalada militar en Medio Oriente durante 2026 confirma precisamente ese diagnóstico. Lejos de las promesas de un orden internacional liberal basado en reglas, instituciones y cooperación multilateral, el mundo parece ingresar nuevamente en una fase dominada por la geopolítica clásica, donde la seguridad, la energía y la rivalidad entre grandes potencias determinan el comportamiento de los Estados.
El epicentro de esta reconfiguración se encuentra en la confrontación estratégica entre Estados Unidos, Irán e Israel, un triángulo de poder que ha redefinido el equilibrio regional. La posibilidad de una guerra de mayor escala en el Golfo Pérsico ha colocado nuevamente en el centro del tablero global al Estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más estratégicos del planeta. Por ese paso marítimo transita una proporción sustancial del petróleo mundial, lo que convierte cualquier tensión militar en una amenaza directa para la estabilidad económica internacional.
Desde una perspectiva teórica, este escenario confirma los postulados del realismo clásico y estructural. Autores como Hans Morgenthau y Kenneth Waltz sostuvieron que los Estados actúan fundamentalmente motivados por la búsqueda de poder y seguridad dentro de un sistema internacional anárquico. La actual dinámica en Medio Oriente demuestra que, cuando se perciben amenazas estratégicas, las grandes potencias priorizan la lógica del equilibrio de poder por encima de cualquier compromiso normativo.
En ese contexto, la estrategia estadounidense parece orientarse a mantener su posición como potencia predominante en una región clave para el suministro energético global. Washington no solo busca contener la influencia iraní, sino también preservar la arquitectura de seguridad regional que durante décadas ha garantizado el flujo estable de petróleo hacia los mercados internacionales. Esta lógica estratégica ha sido analizada por Zbigniew Brzezinski, quien advirtió que el control de las regiones energéticas constituye uno de los pilares fundamentales del poder geopolítico.
Sin embargo, el conflicto regional no puede entenderse sin considerar la dimensión sistémica de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Pekín ha adoptado una postura calculadamente prudente frente a la escalada militar en Medio Oriente. Su principal objetivo no parece ser intervenir directamente en el conflicto, sino garantizar la continuidad de los flujos energéticos que alimentan su economía industrial. Esta estrategia de ambigüedad estratégica revela el carácter profundamente pragmático de la política exterior china.
Desde la perspectiva de la teoría de las relaciones internacionales, esta situación recuerda el análisis de Graham Allison sobre la llamada “Trampa de Tucídides”, según la cual los momentos de transición entre potencias dominantes y potencias emergentes suelen generar escenarios de alta inestabilidad. Aunque Medio Oriente no es el único teatro de competencia estratégica entre Washington y Pekín, sí constituye uno de los espacios donde esa rivalidad puede manifestarse de manera indirecta.
En términos más amplios, la crisis actual también refleja el progresivo debilitamiento del orden internacional liberal construido tras el final de la Guerra Fría. Durante décadas se sostuvo la idea de que las instituciones multilaterales, el comercio global y el derecho internacional podrían reducir la probabilidad de conflictos armados entre Estados. Sin embargo, la realidad contemporánea muestra un retorno creciente a la lógica del poder duro y a la competencia estratégica entre grandes actores.
Este retorno de la geopolítica tiene implicaciones significativas para regiones periféricas del sistema internacional, como América Latina y el Caribe. Países altamente dependientes de las importaciones energéticas, como la República Dominicana, se encuentran particularmente expuestos a las fluctuaciones del mercado petrolero derivadas de cualquier crisis en el Golfo Pérsico. La estabilidad económica de muchas economías emergentes puede verse profundamente afectada por decisiones estratégicas tomadas a miles de kilómetros de distancia.
En definitiva, la crisis de Medio Oriente en 2026 confirma que la geopolítica clásica nunca desapareció; simplemente permaneció latente bajo la superficie del orden internacional liberal. Hoy, ante el resurgimiento de rivalidades entre grandes potencias, el sistema internacional parece regresar a una lógica que pensadores como Morgenthau, Waltz y Mearsheimer habían anticipado desde hace décadas: en la arena global, la política continúa siendo, en última instancia, una lucha permanente por el poder y la seguridad.
