Por José Manuel Jerez
El conflicto actual en Medio Oriente debe interpretarse como una manifestación estructural de la transición hegemónica en curso entre Estados Unidos y China. La escalada entre Washington e Irán no constituye un fenómeno aislado, sino una pieza dentro de una competencia sistémica más amplia por el control del orden internacional.
Desde el realismo clásico de Hans Morgenthau, la política internacional está determinada por la lucha por el poder. La conducta de Estados Unidos en el Golfo Pérsico responde a la defensa de su interés nacional, particularmente en lo relativo al control de rutas energéticas estratégicas.
En clave estructural, Kenneth Waltz explica que la anarquía del sistema internacional obliga a los Estados a maximizar su seguridad. La militarización del Estrecho de Ormuz es expresión de esa lógica: asegurar el acceso a recursos críticos frente a potenciales amenazas.
John J. Mearsheimer profundiza esta visión al sostener que las grandes potencias buscan hegemonía regional. Estados Unidos actúa para impedir que Irán, directa o indirectamente, consolide un dominio que altere el equilibrio en Medio Oriente.
Zbigniew Brzezinski advertía que quien controle los ejes geoestratégicos de Eurasia controlará el poder global. En este contexto, el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz adquieren una centralidad que trasciende lo regional.
El papel de China es determinante. Como potencia emergente y principal importador energético, su estrategia ha sido la de una prudencia calculada. Sin embargo, esta aparente neutralidad no es pasividad, sino una forma de acumulación estratégica en el marco de una competencia de largo plazo.
Graham Allison, a través de la “Trampa de Tucídides”, advierte que las transiciones de poder suelen derivar en conflicto. El actual escenario muestra indicios claros de esta dinámica, aunque bajo formas indirectas y mediadas.
El comportamiento de Irán se inserta en esta lógica como actor revisionista que aprovecha la rivalidad entre grandes potencias para ampliar su margen de maniobra. Sus acciones asimétricas buscan alterar el statu quo sin desencadenar una guerra total.
Las consecuencias del conflicto ya se proyectan más allá de la región. Economías dependientes del petróleo, como la dominicana, enfrentan riesgos de inflación, aumento del costo energético y vulnerabilidad macroeconómica.
En este contexto, la tesis central es clara: el conflicto en Medio Oriente no es una guerra periférica, sino un teatro estratégico de la transición hegemónica entre Estados Unidos y China. Washington busca preservar su primacía mediante el control de los flujos energéticos globales, mientras Pekín avanza de forma gradual hacia la reconfiguración del equilibrio de poder. La estabilidad internacional dependerá no de la ausencia de conflicto, sino de la capacidad de ambas potencias para gestionar esta transición sin que derive en una confrontación abierta de escala sistémica.
