Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La mañana del jueves 12 de marzo de 2026 amaneció con una noticia sencilla: José Luis “Pepín” Corripio Estrada cumplía noventa y dos años.
En el diario Hoy apareció un reportaje amplio donde el empresario contaba la historia migratoria de su familia, una historia que no empieza en oficinas ni en grandes empresas, sino en un barco, en una maleta humilde y en la esperanza obstinada de los que cruzan el océano buscando un destino.
Pero mientras ese reportaje se leía en las páginas del periódico, otra escena ocurría lejos de las rotativas y de la tinta fresca.
Yo levanté el teléfono y lo llamé para felicitarlo. Conversamos unos minutos sobre el día, sobre el paso de los años y, casi inevitablemente, sobre recuerdos que pertenecen a otra época de Santo Domingo.
Entre ellos volvió a aparecer un lugar que para muchos dominicanos es casi un capítulo de la historia económica del país: el barrio de San Carlos. Ese fue también el barrio de mi infancia.
Pepín recuerda a las monjas altagracianas de la calle 16 de Agosto, donde yo comencé mis estudios de maternal y primaria.
En la via paralela a Alicia Guerra y Josefina Garrido, la calle Emilio Prud’Homme, estuvo cuando creció grande ya la Distribuidora Corripio.
Hablar de Pepín Corripio es hablar inevitablemente de empresas, de periódicos y de medios de comunicación.
Sin embargo, antes de todo eso hubo un pequeño negocio de provisiones cercano al Mercado Modelo. Allí comenzó la historia dominicana de los Corripio.
El relato familiar es conocido pero nunca pierde su fuerza.
La familia llegó desde España en tiempos difíciles.
Como muchos inmigrantes de la época, vinieron empujados por la incertidumbre económica y por los conflictos europeos.
En la República Dominicana encontraron un país modesto, con muchas limitaciones, pero también con algo decisivo: espacio para abrirse camino.
En el reportaje publicado ese día, Pepín recuerda que su padre llegó en tercera clase.
Esa imagen resume bien el comienzo de la historia. Nada de privilegios. Nada de facilidades. Solo trabajo.
El negocio de provisiones comenzó con productos básicos: arroz, bacalao, granos, mercancías de consumo diario.
Las jornadas empezaban antes del amanecer. Había que levantarse temprano para comprar mercancía directamente a los camiones que llegaban del interior.
La disciplina era la regla de la casa. En esos pequeños comercios se formó una generación de comerciantes que entendía el trabajo no como una teoría económica, sino como una práctica diaria.
San Carlos era entonces un universo humano muy particular. Allí convivían inmigrantes españoles, comerciantes criollos, trabajadores del puerto, familias humildes y pequeños empresarios que trataban de prosperar.
Era un barrio donde el comercio se mezclaba con la vida cotidiana y donde el progreso, cuando llegaba, lo hacía lentamente.
La Distribuidora Corripio nació en ese ambiente. No en torres de oficinas ni en centros financieros, sino en la realidad concreta de una ciudad que todavía estaba creciendo.
Con el paso del tiempo aquel pequeño negocio se transformó en un conglomerado empresarial de enorme influencia en la República Dominicana. Periódicos, estaciones de radio, canales de televisión y diversas empresas pasaron a formar parte del Grupo Corripio.
Sin embargo, Pepín siempre insiste en una idea que revela su filosofía personal y empresarial: el éxito nunca es individual.
En la entrevista publicada en Hoy repite una frase que define esa visión:
“No hay actos de éxito solos. Siempre hay mucha gente colaborando”.
En esa frase hay más sabiduría empresarial que en muchos manuales de administración.
Porque las empresas no se construyen solamente con capital o con estrategias; también se construyen con relaciones humanas, confianza, disciplina y continuidad.
Quizás por eso otra frase de la entrevista resume con claridad el sentimiento que Pepín tiene hacia la República Dominicana:
“Para mi familia, esta ha sido una tierra de oportunidades”.
No es una frase retórica. Es la conclusión de un inmigrante que vio cómo su familia, empezando desde abajo, pudo crecer en este país.
Durante nuestra conversación telefónica de ese día recordamos algunos detalles de aquellos años en San Carlos.
Recuerdo yo que la ciudad era distinta. Más pequeña. Más cercana. Los negocios estaban mezclados con las casas, y muchas familias vivían literalmente encima de sus tiendas.
Ese Santo Domingo ya casi no existe, pero forma parte de la memoria de varias generaciones dominicanas.
Quizás por eso la historia de Pepín Corripio tiene algo que trasciende la biografía individual.
Su vida refleja un proceso más amplio: el de un país que, a pesar de sus crisis y conflictos, permitió que muchos inmigrantes encontraran aquí una nueva oportunidad.
La historia empresarial del país no se explica solo con estadísticas o balances financieros.
Se explica también con estas historias humanas: la de una familia que llega con poco, la de un barrio que sirve de escuela de trabajo, la de un negocio que crece con paciencia durante décadas.
Noventa y dos años después, Pepín Corripio sigue recordando esos comienzos con serenidad. No hay nostalgia exagerada en su relato, sino gratitud.
Gratitud hacia un país que permitió que su familia echara raíces.
Y quizás esa sea la lección más profunda de su historia: que detrás de las grandes empresas y de los grandes nombres siempre hay algo más simple y más humano.
Un inmigrante que llega con esperanza.
Un barrio donde comienza la lucha diaria.
Y un país que, con todas sus dificultades, termina convirtiéndose en hogar.
