Por José Manuel Jerez
El siglo XXI no se está definiendo en las fronteras terrestres, sino en los espacios líquidos donde circula el poder real: los mares. Lejos de la narrativa post-Guerra Fría que prometía un orden global basado en reglas, lo que emerge es una competencia estructural por el control de rutas, flujos y puntos de estrangulamiento. En este contexto, el dominio marítimo no es una variable más del poder: es su condición de posibilidad.
La hegemonía de Estados Unidos ha sido, en esencia, una hegemonía naval. Desde la Segunda Guerra Mundial, Washington ha construido un sistema de control oceánico basado en flotas permanentes, bases estratégicas y alianzas militares que le permiten garantizar —y al mismo tiempo condicionar— el comercio global. Este control no solo asegura la libertad de navegación, sino que le otorga la capacidad de interrumpirla, convirtiendo el mar en instrumento de coerción geopolítica.
China, consciente de esta asimetría estructural, ha identificado su “trampa marítima” como su principal vulnerabilidad estratégica. Su dependencia energética del Golfo Pérsico y su inserción en el comercio global la obligan a transitar por rutas dominadas por la potencia rival. En respuesta, Beijing ha desplegado una estrategia multidimensional: expansión de su poder naval, desarrollo de puertos en el extranjero y construcción de corredores terrestres alternativos dentro de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
Desde el realismo estructural, autores como Kenneth Waltz y John Mearsheimer explican que, en un sistema internacional anárquico, las grandes potencias están condenadas a competir por la maximización del poder relativo. Bajo esta lógica, el control de las rutas marítimas no es una opción estratégica, sino una necesidad existencial: quien domina los flujos controla la supervivencia económica y la proyección militar.
En este tablero, los estrechos marítimos adquieren un valor desproporcionado. Son puntos de estrangulamiento donde la geografía concentra el poder. Actores como Irán, con el Estrecho de Ormuz, o Turquía, con los Dardanelos y el Bósforo, han demostrado que incluso potencias regionales pueden alterar el equilibrio global mediante la amenaza de interrupción del tránsito. El control de estos pasos no solo afecta el comercio, sino que redefine las correlaciones de fuerza.
La creciente militarización de los océanos confirma que estamos ante un retorno de la política de poder clásica. Ejercicios navales, despliegues permanentes y pactos de seguridad no son anomalías, sino síntomas de una transición sistémica en curso. El mar vuelve a ser, como en las grandes guerras del siglo XX, el espacio donde se decide la primacía global.
El Indo-Pacífico se ha consolidado como el epicentro de esta disputa. Allí convergen las principales economías del mundo, las rutas comerciales más densas y los puntos de mayor fricción estratégica. La rivalidad entre Estados Unidos y China se expresa en este espacio como una pugna por el control de los corredores marítimos que sostienen la economía mundial.
Sin embargo, el dominio marítimo contemporáneo no se limita a la presencia física de flotas. Incluye dimensiones tecnológicas críticas: vigilancia satelital, control de datos logísticos, ciberseguridad de puertos e infraestructuras y capacidad de inteligencia en tiempo real. El control del mar es hoy también el control de la información que lo atraviesa.
En este sentido, la competencia marítima actual no debe interpretarse como una disputa sectorial, sino como el núcleo de una transición hegemónica más amplia. La pugna EE. UU.–China no es solo comercial o tecnológica: es, en su esencia, una lucha por quién define las reglas de circulación del sistema internacional.
En conclusión, quien controle los mares en el siglo XXI no solo dominará el comercio global, sino que tendrá la capacidad de estructurar el orden internacional. Los océanos, los estrechos y las rutas no son simples espacios de tránsito: son los nodos donde se decide el poder. Y en ese tablero, como sugiere la historia, la geografía no es un condicionante: es destino.
