Por José Manuel Jerez
La guerra contra Irán se ha convertido en un punto de inflexión geopolítico que trasciende la coyuntura militar inmediata. Más que un conflicto regional, constituye un episodio revelador de la transición sistémica que atraviesa el orden internacional contemporáneo. Analizarla exige distinguir niveles: el estratégico‑estructural, donde opera la lógica del poder, y el histórico‑civilizatorio, donde se disputa la legitimidad del orden emergente.
Desde la tradición del realismo estructural y ofensivo —cuyos referentes teóricos incluyen a Kenneth Waltz, John Mearsheimer y Hans Morgenthau— la confrontación responde a un cálculo racional de equilibrio de poder. Cuando un actor regional acumula capacidades que alteran la correlación estratégica, las potencias dominantes reaccionan para impedir la consolidación de un hegemón hostil. En esta lectura, Estados Unidos e Israel actúan bajo la lógica clásica del balancing: preservar posiciones relativas en un sistema internacional anárquico.
El conflicto, visto desde esta óptica, no es esencialmente moral ni ideológico, sino estructural. La seguridad, la disuasión y la supremacía tecnológica determinan la arquitectura de decisiones. La ampliación de la noción de legítima defensa y la práctica de ataques preventivos reflejan que, en contextos de transición sistémica, el poder tiende a preceder a la normatividad, reinterpretando el Derecho Internacional conforme a necesidades estratégicas.
Sin embargo, limitar el análisis exclusivamente a la dimensión material sería insuficiente. Existe una segunda perspectiva que incorpora variables históricas, culturales y morales en la explicación del reordenamiento mundial. Desde este enfoque, los grandes cambios internacionales no se consolidan únicamente por la fuerza, sino por la capacidad de generar legitimidad y ofrecer un proyecto político creíble para las sociedades involucradas.
La experiencia de la Guerra Fría tardía demuestra que el poder militar no opera en el vacío. La convergencia entre liderazgo político, autoridad moral y narrativa histórica contribuyó al debilitamiento del bloque soviético. Ello evidencia que la sostenibilidad de un orden internacional depende tanto de la fuerza como de su aceptación social y cultural. Un orden impuesto sin legitimidad tiende a enfrentar resistencias prolongadas.
En este sentido, la pregunta central no es solo si la alianza entre Washington y Tel Aviv puede redefinir la correlación de fuerzas en el Medio Oriente, sino si el eventual nuevo orden será percibido como legítimo por las sociedades de la región. Conflictos estructurales no resueltos, como la cuestión palestina o las tensiones sectarias, constituyen variables decisivas para evaluar la durabilidad de cualquier rediseño estratégico.
Asimismo, la guerra contra Irán debe insertarse en la competencia más amplia entre Estados Unidos, China y Rusia por la configuración del espacio euroasiático. La disputa no se limita al control de capacidades militares, sino que involucra la pugna por modelos de civilización y visiones alternativas de gobernanza global. La transición hacia una multipolaridad inestable redefine las zonas de influencia y erosiona el esquema unipolar posterior a 1991.
De ahí que ambos enfoques —el estratégico‑estructural y el histórico‑moral— no sean excluyentes, sino complementarios. El primero explica el “cómo” y el “por qué” inmediato de la confrontación; el segundo interroga el “para qué” y las consecuencias de largo plazo. Uno ilumina el mecanismo del poder; el otro examina la viabilidad del orden que ese poder pretende construir.
En definitiva, la guerra contra Irán no solo reconfigura balances militares, sino que acelera una transición civilizatoria en la que se entrelazan poder, legitimidad y memoria histórica. El orden que emerja dependerá de la capacidad de integrar ambas dimensiones. Porque el poder sin legitimidad produce dominio transitorio, y la legitimidad sin poder genera irrelevancia estratégica. La estabilidad duradera exige la síntesis de ambas fuerzas.
