Por José Manuel Jerez
Santiago de los Caballeros volvió a colocarse en el centro del tablero político nacional con la juramentación de un amplio y significativo grupo de dirigentes provenientes del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) que pasan a engrosar las filas de la Fuerza del Pueblo (FP). No se trató de una adhesión simbólica ni coyuntural, sino de una señal política de alto voltaje: exdiputados, regidores, exregidores y una exgobernadora decidieron cruzar definitivamente el umbral hacia el proyecto que encabeza Leonel Fernández.
La incorporación de Héctor Ramírez, exdiputado por Santiago (2020–2024), exjefe de Gabinete de la Cámara de Diputados y exsecretario general de la Alcaldía de Santiago, constituye uno de los movimientos más relevantes del acto. Su trayectoria orgánica y administrativa refuerza la tesis de que la Fuerza del Pueblo no solo suma militancia, sino capital político experimentado, con conocimiento real del Estado y de la gestión pública.
El discurso de Ramírez fue, además, una radiografía del momento político que vive el país. Al afirmar que “no se trata de colores partidarios, sino de visión, experiencia y liderazgo”, colocó el debate en el terreno correcto: la capacidad real de conducción del Estado frente a la improvisación que ha caracterizado al actual gobierno del PRM. Su metáfora del “capitán” no fue retórica vacía, sino una alusión directa a la necesidad de orden y dirección en medio del desgaste institucional.
Junto a Ramírez, la juramentación de dirigentes como Hatuendy Rosario, Erickson Ortiz, Wilson Peña, Angelo Rodríguez y Connie Ricart confirma que el trasvase político no se limita a figuras individuales, sino que arrastra estructuras territoriales, liderazgos intermedios y equipos completos. Este dato es clave: lo que se mueve hacia la Fuerza del Pueblo es músculo organizativo, no simples nombres.
Particular relevancia tuvo también la integración de José Enrique Torres Hernández, exregidor de Santiago (2020–2024), quien explicó su decisión en términos de convicción colectiva y responsabilidad social. Su afirmación de que “no se defiende una candidatura personal, sino el derecho de la gente a una vida estable” conecta directamente con el malestar social acumulado por el alto costo de la vida, la inseguridad y el deterioro de los servicios públicos.
La presencia y el discurso de la exgobernadora Ana María Domínguez añadieron una dimensión de Estado al acto. Al advertir que el país “está al borde del naufragio” y que el supuesto cambio fue un engaño, Domínguez verbalizó lo que amplios sectores de la sociedad perciben: el agotamiento del modelo de gestión del PRM, sostenido más en propaganda que en resultados.
La masiva asistencia, que desbordó la capacidad del bajo techo de Las Carretas, no fue un simple dato logístico. Fue la expresión tangible de una recomposición política en marcha, donde cientos de dirigentes medios y de base, líderes comunitarios y coordinadores territoriales están tomando posición frente al escenario de 2028.
Este acto en Santiago confirma una tendencia clara: mientras el PRM se consume en el continuismo sin rumbo y el PLD no logra reconstruir credibilidad, la Fuerza del Pueblo se consolida como el principal polo de atracción de la experiencia política, la estructura territorial y la narrativa de orden. No es un movimiento coyuntural; es una reconfiguración estratégica.
Santiago habló con contundencia. Y el mensaje es inequívoco: el liderazgo de Leonel Fernández vuelve a ser el eje alrededor del cual se reorganiza la oposición con vocación de poder. En un país cansado de la improvisación, la Fuerza del Pueblo se posiciona como la alternativa de orden, experiencia y conducción para el ciclo político que se avecina.
