Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El continente de la esperanza, la tierra de los pueblos más jóvenes y de perfil mestizo, la América Latina —por sus orígenes sincréticos nativos y europeos— continúa insertada en la historia de cambios permanentes.
Pero dos años después de aquella mirada en mi artículo de hace dos años, el contexto ha cambiado de manera sustancial.
Ya no se trata de crisis nacionales ni de procesos aislados.
Es el mundo el que ha cambiado… y ese cambio ha colocado a América Latina dentro de una dinámica que ya no controla.
Si la vemos desde el Norte, comenzando por México, observamos un dinamismo mayor que el de entonces.
La relocalización industrial lo ha convertido en pieza clave de la economía norteamericana.
Pero ese avance depende cada vez más de las decisiones de Estados Unidos.
Y esas decisiones han cambiado.
El regreso de Donald Trump ha introducido una lógica distinta en la política internacional: presión directa, menor espacio para la negociación, uso más frecuente del poder económico y estratégico.
México, en ese contexto, no es solo un socio comercial. Es frontera, es contención migratoria, es pieza industrial.
Pero ese no es el único eje de presión.
China ha consolidado su presencia en América Latina de manera silenciosa pero estructural.
A través del comercio, el financiamiento y la inversión en sectores estratégicos —energía, minería, infraestructura— se ha convertido en un actor determinante en gran parte de Sudamérica.
Así, mientras México se integra más al Norte, el resto de la región mira cada vez más hacia el Pacífico.
En Centroamérica, Guatemala intenta sostener una institucionalidad frágil.
Honduras y El Salvador han desplazado el eje político hacia la seguridad.
Nicaragua ha cerrado su sistema.
Costa Rica empieza a mostrar signos de desgaste.
Panamá sigue siendo el puente del continente, pero ya no solo para mercancías.
El Darién que se había convertido en una de las principales rutas migratorias del hemisferio, luce ahora bajo control.
Esa migración no era en 2024 solo un fenómeno social. Era también factor geopolítico. Las decisiones en Washington han determinado su intensidad y dirección.
En el Caribe, las limitaciones estructurales persisten en un entorno más exigente.
Cuba continúa atrapada en una crisis prolongada sin reformas profundas.
Puerto Rico sigue condicionado por su dependencia fiscal.
La República Dominicana ha consolidado su crecimiento económico, apoyada en el turismo, las zonas francas y los servicios. Pero ese crecimiento convive con presiones crecientes.
La crisis haitiana sigue presente.
En un mundo donde las tensiones en Medio Oriente pueden afectar rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz, economías dependientes de la energía importada, como la dominicana, quedan directamente expuestas.
La República Dominicana avanza…pero lo hace bajo presión.
En Sudamérica, el cuadro confirma una transformación más profunda.
Colombia intenta sostener estabilidad en medio de tensiones internas.
Ecuador refleja una tendencia regional: inseguridad, fragmentación política y presión social.
Perú continúa en un ciclo de inestabilidad persistente.
Pero el cambio más significativo se ha producido en Venezuela.
Durante años, fue el símbolo de una crisis prolongada y sin salida.
Hoy, la captura y encarcelamiento de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha abierto una etapa completamente distinta.
Venezuela ha dejado de ser un país estancado para convertirse en un país en transición.
Ese hecho no es solo político. Es geopolítico.
Marca un cambio en la forma en que Estados Unidos ejerce su poder en la región y altera el equilibrio existente.
También obliga a actores como China —que había consolidado una presencia económica importante en el país— a redefinir su posición en un nuevo escenario.
Brasil administra su peso sin proyectar el liderazgo de otros momentos.
Argentina atraviesa un proceso de ajuste profundo en busca de estabilidad económica.
Chile intenta redefinir su modelo.
Uruguay mantiene su civilidad institucional.
Paraguay avanza con relativa consistencia.
Bolivia muestra fragmentación política.
El rasgo común es claro:
América Latina crece poco,
tiene baja productividad,
y depende de factores externos.
Pero esos factores externos ya no son uno solo.
Son dos.
Estados Unidos y China.
Uno presiona en seguridad, migración y política.
El otro avanza en comercio, financiamiento y recursos.
Y América Latina no define ese juego.
Lo enfrenta.
El mundo ha entrado en una fase donde la energía, las rutas comerciales, los minerales estratégicos y la seguridad determinan la economía.
Las decisiones de Estados Unidos —particularmente bajo Trump— introducen presión inmediata.
La expansión económica de China introduce dependencia estructural.
Europa intenta adaptarse.
Rusia influye en escenarios específicos.
El conflicto en Medio Oriente condiciona los precios de la energía.
Y en medio de todo eso, América Latina queda expuesta.
Cada aumento del petróleo, cada decisión comercial, cada inversión estratégica…reduce o amplía su margen de acción.
Sin embargo, hay una paradoja.
América Latina posee hoy más valor estratégico que en décadas anteriores.
Tiene minerales críticos, energía, alimentos, agua.
El mundo la necesita.
Pero esa necesidad no garantiza desarrollo.
Al mismo tiempo, la calidad democrática muestra signos de deterioro gradual.
No mediante rupturas abruptas, sino a través de un desgaste institucional que limita la capacidad de respuesta.
América Latina, en 2026, sigue siendo una región en transición.
Se adapta, pero no transforma.
Avanza, pero no despega.
Dos años después, la conclusión se mantiene, pero con mayor claridad: la región ya no enfrenta un solo entorno internacional, sino dos fuerzas simultáneas que la condicionan.
En ese escenario, países como la República Dominicana muestran que el crecimiento es posible, pero también que la estabilidad depende de la capacidad de gestionar presiones externas cada vez más complejas.
Porque en el mundo actual, la lección es clara: la estabilidad no se importa; se construye.
