Por José Manuel Jerez
En la geopolítica contemporánea, pocas variables resultan tan determinantes como el control de los llamados “choke points” marítimos. Oriente Medio, más allá de su tradicional asociación con los hidrocarburos, constituye en realidad el núcleo estratégico del sistema internacional por la concentración de estrechos marítimos que condicionan el comercio global, la seguridad energética y el equilibrio de poder entre las grandes potencias.
El estrecho de Ormuz se erige como el epicentro de esta realidad. Por esta angosta franja transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, lo que convierte su eventual cierre en un evento de consecuencias sistémicas. La posición geográfica de Irán le confiere una capacidad de disuasión asimétrica frente a potencias como Estados Unidos, evidenciando cómo la geografía sigue siendo destino en la política internacional.
A su vez, el estrecho de Bab el-Mandeb conecta el Mar Rojo con el Golfo de Adén, constituyendo la puerta de entrada al Canal de Suez. Su relevancia no solo radica en el tránsito energético, sino también en el comercio euroasiático. La inestabilidad en Yemen y el aumento de actores no estatales en la zona revelan la fragilidad de este punto neurálgico del sistema global.
Los estrechos turcos, conformados por el Bósforo y los Dardanelos, representan otro eje fundamental. Bajo soberanía de Turquía, estos pasos marítimos conectan el Mar Negro con el Mediterráneo, siendo vitales para potencias como Rusia. En este sentido, Ankara adquiere un rol geopolítico de bisagra entre Europa y Asia, reforzando su valor estratégico en el tablero internacional.
El estrecho de Tiran, aunque menos mencionado, posee una relevancia histórica y estratégica considerable. Su control ha sido objeto de conflictos en el mundo árabe-israelí, evidenciando que incluso los pasos marítimos de menor dimensión pueden desencadenar crisis regionales de gran escala.
A estos estrechos naturales se suma el Canal de Suez, una infraestructura artificial que opera como un auténtico “choke point” del comercio global. Su bloqueo temporal en 2021 demostró la vulnerabilidad del sistema logístico internacional y la dependencia estructural de rutas específicas.
Desde una perspectiva teórica, estos espacios confirman las tesis del realismo clásico y estructural. Autores como Alfred Thayer Mahan ya advertían que el control de las rutas marítimas determina la hegemonía global. Más recientemente, Zbigniew Brzezinski y John Mearsheimer han subrayado la importancia de Eurasia como el gran tablero estratégico, donde estos estrechos actúan como puntos de estrangulamiento del poder.
En este contexto, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China adquiere una dimensión marítima ineludible. El aseguramiento de rutas energéticas y comerciales convierte a Oriente Medio en un teatro indirecto de competencia sistémica, donde cada estrecho representa una palanca de poder.
En conclusión, Oriente Medio no debe ser interpretado únicamente como una región productora de petróleo, sino como el nodo central de las arterias marítimas del sistema internacional. Quien controle estos estrechos no solo influye en el comercio global, sino que condiciona el equilibrio de poder mundial, configurando así el verdadero tablero de la geopolítica del siglo XXI.
