Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En los últimos años, desde la irrupción de sistemas como ChatGPT, se ha instalado en el imaginario tecnológico una idea insistente: la del programador como especie en vías de extinción.
Titulares alarmistas, predicciones de automatización total y discursos de reemplazo han construido una narrativa casi apocalíptica. Sin embargo, los datos —como suele ocurrir en la historia económica— cuentan otra historia.
Un reciente análisis publicado por ZDNET desmonta esa percepción con cifras concretas.
Según el economista James Bessen, el número de desarrolladores de software no solo no ha disminuido, sino que ha crecido de manera sostenida desde 2022.
En Estados Unidos, el empleo pasó de poco menos de 2.1 millones a aproximadamente 2.5 millones, lo que representa un aumento cercano al 19%.
A escala global, la tendencia es aún más significativa: el número de personas que se identifican como desarrolladores ha aumentado entre un 20% y un 50%, dependiendo de la fuente.
Esta expansión, lejos de sugerir una sustitución masiva por máquinas, apunta a un fenómeno distinto: la tecnología no está eliminando el trabajo humano, lo está multiplicando.
La clave de esta aparente paradoja reside en la productividad.
La inteligencia artificial ha incrementado de forma notable la capacidad de los desarrolladores.
Estudios citados en el análisis indican mejoras de productividad de entre 30% y 50%.
Pero ese aumento no se traduce en despidos.
Al contrario: coincide con un crecimiento aún mayor de la demanda de software.
Bessen lo explica con claridad: la producción real de software está creciendo alrededor de un 9.3% anual, superando el ritmo de mejora de la productividad.
Esto implica que, aunque cada programador puede hacer más trabajo que antes, la cantidad total de trabajo disponible crece todavía más rápido.
El resultado es lógico: se necesitan más desarrolladores, no menos.
Este patrón no es nuevo.
La historia económica está llena de ejemplos donde la automatización reduce el costo de producción, mejora la calidad y, en lugar de contraer el empleo, expande los mercados y genera nuevas ocupaciones.
Lo que sí está cambiando —y profundamente— es la naturaleza del trabajo del programador.
El artículo de ZDNET subraya que los desarrolladores están dejando de centrarse en tareas rutinarias de codificación para asumir funciones de mayor nivel: diseño de sistemas, supervisión de agentes de inteligencia artificial y conceptualización de soluciones.
En otras palabras, el programador ya no es únicamente un ejecutor técnico; se convierte en un estratega tecnológico.
Esta transformación coincide con lo que también señalan investigaciones recientes en ingeniería de software: la inteligencia artificial reduce el tiempo dedicado a tareas repetitivas y desplaza el valor hacia la arquitectura, el razonamiento y la supervisión humana.
El código deja de ser el centro del oficio. El criterio pasa a serlo.
Sin embargo, este proceso no está exento de tensiones.
El mismo análisis reconoce que los puestos de entrada se están volviendo más exigentes.
La automatización elimina tareas simples —precisamente aquellas que servían de puerta de entrada al oficio— y eleva el nivel requerido para los nuevos profesionales.
Así, el crecimiento del empleo convive con una sensación de inseguridad.
Algunos desarrolladores expresan preocupación constante ante la posibilidad de ser reemplazados, lo que revela una dimensión psicológica de la transformación tecnológica que no debe subestimarse.
El error de fondo —y aquí radica el núcleo del argumento— es pensar la inteligencia artificial como un sustituto directo del trabajo humano.
La tecnología no reproduce el trabajo existente: lo redefine.
Cuando una innovación reduce costos y mejora capacidades, no solo reemplaza tareas; crea nuevas necesidades.
En el caso del software, esas nuevas necesidades son inmensas: sistemas más complejos, aplicaciones más inteligentes, infraestructuras más seguras y, sobre todo, un ecosistema digital en expansión constante.
Por eso, como concluye Bessen, la idea de un desempleo masivo de desarrolladores “no parece probable en el corto plazo”.
La lección es más amplia que el caso del software.

Cada revolución tecnológica ha generado su propio mito de sustitución total: la máquina contra el artesano, la fábrica contra el obrero, el algoritmo contra el profesional.
Sin embargo, una y otra vez, la historia demuestra que lo que desaparece no es el trabajo, sino su forma antigua.
Hoy, frente a la inteligencia artificial, el programador no se extingue.
Se transforma.
Y en esa transformación —como siempre— no sobrevive el más fuerte, sino el que entiende a tiempo que el futuro no elimina al hombre: le exige volverse distinto.
