Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En enero de 1991, apenas comenzaba la última década del siglo XX y Haití ya volvía a parecerse a sí mismo: fuego, machetes, odio político, multitudes fuera de control y el viejo miedo caribeño de que el Estado desapareciera de golpe entre los gritos de la calle.
Aquellos días fueron tan violentos que incluso el representante diplomático del Papa terminó perseguido por una multitud enfurecida en Puerto Príncipe.
La noticia apareció en las páginas de The New York Times, firmada por Howard W. French, uno de los periodistas norteamericanos que mejor conoció el infierno haitiano de aquellos años.
El contexto era explosivo.
El 7 de enero de 1991 había fracasado un golpe de Estado encabezado por Roger Lafontant, antiguo hombre fuerte de los temidos Tontons Macoutes, el aparato paramilitar heredado de las dictaduras de François Duvalier y Jean‑Claude Duvalier.
El golpe fue derrotado, pero inmediatamente las calles de Puerto Príncipe se llenaron de venganzas populares, saqueos y cacerías humanas.
Los seguidores del sacerdote salesiano y presidente electo Jean‑Bertrand Aristide descargaron su furia contra todo lo que consideraban cercano al viejo orden duvalierista.
Y allí apareció la Iglesia Católica.
El arzobispo de Puerto Príncipe, François-Wolff Ligondé, había pronunciado pocos días antes una homilía donde advertía sobre el peligro de un “bolchevismo social” bajo Aristide. Para miles de haitianos pobres aquello sonó como una bendición indirecta al golpe.
Entonces vino la furia.
La catedral de Puerto Príncipe —uno de los grandes símbolos históricos y arquitectónicos del país— fue incendiada por las turbas.
Las oficinas de la Conferencia Episcopal Haitiana quedaron destruidas.
Y luego la multitud avanzó contra la Nunciatura Apostólica, la sede diplomática del Vaticano en Haití.
El nuncio apostólico era Giuseppe Leanza.
Howard French escribió que la residencia y las oficinas de la Nunciatura fueron atacadas y destruidas por la multitud.
Según los relatos de la época, el representante del Papa fue golpeado, parcialmente despojado de sus ropas y humillado públicamente antes de lograr escapar gracias a vecinos y policías.
En América Latina y el Caribe, donde todavía existía una vieja cultura popular anticlerical mezclada con resentimiento social, la frase popular terminó transformando el episodio en una expresión brutal y vulgar:
“Le quemaron el culo al nuncio.”
Era la forma callejera de resumir el ataque a la Nunciatura incendiada y la humillación pública sufrida por el representante del Vaticano.
Pero detrás de aquella frase grotesca había algo mucho más profundo.
Haití estaba mostrando otra vez uno de los grandes dramas políticos del Caribe y de América Latina: cuando el Estado se derrumba, la multitud deja de distinguir entre adversarios políticos, diplomáticos, religiosos o civiles. Todo termina mezclado en el incendio colectivo.
Howard French describió un país donde los cadáveres aparecían quemados en las calles, donde hombres eran perseguidos con machetes y donde las viejas heridas del duvalierismo explotaban con décadas de resentimiento acumulado.
Washington observaba con temor.
El Departamento de Estado norteamericano condenó los ataques y expresó preocupación por la incapacidad de Aristide para detener la violencia.
Diplomáticos occidentales quedaron escandalizados porque incluso una sede diplomática —la representación del Vaticano— había sido violada por las turbas.
Y el Vaticano jamás olvidó aquello.
En Roma, donde la memoria institucional dura siglos, la destrucción de la Nunciatura de Haití quedó registrada como uno de los episodios más humillantes sufridos por la diplomacia pontificia en América durante el siglo XX.
Porque una cosa es que arda un edificio.
Otra muy distinta es que una multitud furiosa termine persiguiendo al representante personal del Papa por las calles de Puerto Príncipe mientras el país entero parece hundirse otra vez en la locura.
Y sin embargo, treinta y cinco años después, la tragedia haitiana parece todavía más profunda.
Ahora vienen hablando de “dignidad”, de “estabilidad institucional”, de “enfoque centrado en el ser humano”, de “bien común” y de “reconciliación”.
Palabras elegantes.
Lenguaje diplomático perfectamente redactado por oficinas vaticanas donde todavía se escribe como en los tiempos de la vieja Secretaría de Estado del siglo XIX.
Pero Haití arde.
Y arde desde hace décadas.
La reciente declaración del observador permanente de la Santa Sede ante la Organización de los Estados Americanos, monseñor Juan Antonio Cruz Serrano, publicada por Vatican News, parece escrita desde un mundo paralelo, casi suspendido en el aire diplomático de Roma, lejos de la pólvora, de las pandillas y de los cadáveres abandonados en las calles de Puerto Príncipe.
Hablan ahora de apoyar al pueblo haitiano.
Hablan ahora de paz.
Hablan ahora de estabilidad.
Pero la memoria histórica es cruel.
Porque el Vaticano sabe perfectamente lo que ocurrió en Haití.
Lo sufrió en carne propia.
En enero de 1991, cuando fracasó el golpe de Roger Lafontant y Puerto Príncipe explotó en violencia popular, las turbas incendiaron iglesias, destruyeron oficinas eclesiásticas y atacaron la propia Nunciatura Apostólica.
El representante diplomático del Papa tuvo que escapar en medio del caos.
Aquello no fue solamente un ataque contra un edificio.
Fue una humillación directa a la Santa Sede.
Y en Roma esas cosas nunca se olvidan completamente.
Porque el Vaticano podrá ser pequeño territorialmente, pero posee una memoria institucional gigantesca. Más larga que la de muchos Estados modernos.
La paradoja es brutal.
Treinta y cinco años después, Haití está mucho peor que entonces.
Muchísimo peor.
En 1991 todavía existía un Estado haitiano funcional, aunque frágil. Existía policía. Existía ejército. Existía cierta estructura administrativa. Existían obispos con autoridad moral real sobre sectores populares.
Hoy gran parte de Puerto Príncipe está controlada por bandas armadas.
Las cifras citadas ahora por la propia diplomacia vaticana son espantosas: más de 5,500 muertos en un solo año, más de 2,600 heridos, 1.4 millones de desplazados y una economía destruida tras siete años consecutivos de contracción.
Y entonces surge la pregunta incómoda.
¿Dónde estuvo realmente la comunidad internacional durante décadas?
¿Dónde estuvieron la OEA, las Naciones Unidas, Washington, Ottawa, París y también el Vaticano mientras Haití descendía lentamente hacia la descomposición total?
Porque Haití no cayó en una semana.
Se fue hundiendo año tras año.
Presidente tras presidente.
Misión internacional tras misión internacional.
Informe tras informe.
Declaración diplomática tras declaración diplomática.
Mientras tanto, las pandillas crecían, el narcotráfico penetraba barrios enteros, las élites huían, la clase media desaparecía y el Estado se convertía en una ficción.
Y sin embargo, todavía hoy, desde ciertos sectores diplomáticos y eclesiásticos internacionales, se sigue hablando de Haití con un tono casi litúrgico, abstracto, como si bastara repetir las palabras “diálogo”, “reconciliación” y “bien común” para resolver una catástrofe histórica acumulada durante generaciones.
Roma conoce bien estas tragedias.
La Iglesia Católica sobrevivió a guerras, invasiones bárbaras, saqueos, revoluciones, cismas y dictaduras.
Sabe que cuando un Estado colapsa completamente, las palabras ya no bastan.
Porque llega un momento en que el vacío de poder se llena con hombres armados.
Y eso exactamente es lo que ocurrió en Haití.
La tragedia haitiana ya no es solamente un problema político.
Es una desintegración nacional.
Una mezcla explosiva de pobreza extrema, colapso institucional, resentimiento histórico, bandas armadas, narcotráfico internacional y abandono internacional crónico.
Y quizá por eso, cuando algunos diplomáticos eclesiásticos hablan hoy de Haití con lenguaje solemne y compasivo, muchos en el Caribe recuerdan todavía aquella vieja escena brutal de enero de 1991: la Nunciatura incendiada, las turbas fuera de control, y el representante del Papa huyendo en medio de Puerto Príncipe.
Porque a veces la Historia tiene una manera feroz de desnudar la impotencia de todos: de los gobiernos, de las potencias, de las organizaciones internacionales y también de la propia Iglesia.
