Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Santo Domingo, mayo de 2026
Hay épocas que producen héroes y épocas que producen excusas. La nuestra, con sus pantallas encendidas toda la noche y sus almas apagadas desde temprano, ha inventado una nueva manera de justificar la cobardía: llamarla incertidumbre. Antes los hombres y las mujeres tenían hijos entre guerras, pestes, huracanes, dictaduras, hambre, entierros y caminos de lodo. Ahora, una pareja con empleo, techo posible, estudios universitarios y seguro médico declara que no sabe si traer un niño al mundo porque el porvenir le parece demasiado confuso. Como si alguna generación, desde Adán hasta los nacidos bajo las bombas de Hiroshima, hubiera recibido por escrito la garantía del futuro.
La señora Anna Louie Sussman ha escrito en The New York Times un largo ensayo sobre la baja de la natalidad en el mundo contemporáneo. El texto está bien armado, como se arman hoy las grandes piezas de opinión en los periódicos de prestigio: con testimonios emotivos, demógrafos de universidades respetables, cifras escogidas con cuidado, incendios forestales, inteligencia artificial, Trump, ansiedad climática, vivienda cara y esa música de fondo que repite, como un rosario laico, que todo está demasiado inestable para tener hijos. El resultado es una fotografía precisa de la sensibilidad de una generación, pero también una prueba de la flojera espiritual que la época quiere disfrazar de lucidez.
Porque no es verdad que la humanidad haya empezado a vivir en la incertidumbre en 2008, ni con la pandemia, ni con la inteligencia artificial, ni con los incendios de California, ni con el humo canadiense que cruza la frontera y entra por las ventanas de Minnesota. La historia humana ha sido, en buena parte, una larga intemperie. Nacer fue durante milenios una apuesta contra la muerte. Criar un hijo fue siempre una forma de desafío. Las madres parían sin anestesia, los padres enterraban niños con nombres recién aprendidos, las familias caminaban detrás de ataúdes pequeños y, sin embargo, al volver a la casa, entre una vela, un plato de sopa y un crucifijo, seguían creyendo que la vida debía continuar.
Los abuelos no esperaban tenerlo todo en orden. No aguardaban la hipoteca perfecta, el empleo blindado, la ciudad sin violencia, el Estado maternal, el planeta garantizado, el jefe comprensivo, la guardería subvencionada, el psicólogo de cabecera, el clima político estable y una aplicación que midiera la felicidad doméstica en tiempo real. Tenían hijos porque la vida se hacía viviendo, no calculándola. La casa se terminaba después. Los muebles llegaban después. La estabilidad venía después, si venía. A veces no venía nunca. Pero el niño ya estaba allí, respirando en la cuna, obligando a los adultos a ser adultos.
Ese es el punto que el sentimentalismo demográfico de nuestro tiempo no quiere mirar de frente: el hijo no siempre llega cuando la vida está resuelta; muchas veces llega para obligar a resolverla. La maternidad y la paternidad no han sido históricamente el premio de la seguridad, sino la escuela de la responsabilidad. La civilización no fue construida por personas que esperaron condiciones ideales. Fue levantada por generaciones que sembraron en sequía, navegaron sin mapas exactos, cruzaron océanos podridos de escorbuto, abrieron con machete territorios desconocidos y levantaron iglesias, escuelas, mercados y cementerios para hijos que quizá nunca verían viejos.
La autora cita a los países nórdicos, a Italia, a Estados Unidos, a Corea del Sur y a Francia. Todos, con distintas políticas, distintos subsidios y distintos modelos familiares, muestran el mismo desánimo reproductivo. El dato es importante. Pero la conclusión que se impone no es solamente que hay incertidumbre, sino que ha ocurrido algo más grave: se ha quebrado la confianza cultural en la continuidad. No es que el futuro sea incierto; es que demasiadas personas han perdido la fe en que valga la pena fundar algo que sobreviva a su propio miedo.
Italia es un símbolo doloroso. La península que llenó el mundo de campesinos, marineros, albañiles, santos, soldados, madres vestidas de negro y abuelas capaces de alimentar a diez con una olla, ahora se encoge bajo el peso de apartamentos vacíos y cunas ausentes. Roma, que vio pasar bárbaros, papas guerreros, pestes, saqueos, fascismo, ocupación alemana y reconstrucción, no se detuvo nunca por falta de futuro. Pero la modernidad acomodada, con todos sus aparatos, parece haber convencido a muchos de que la vida solo debe transmitirse cuando no moleste demasiado.
Corea del Sur ofrece el extremo caricaturesco: empresas que pagan fortunas por un nacimiento, gobiernos que reparten incentivos, campañas públicas para convencer a una sociedad exhausta de que recuerde el antiguo oficio de reproducirse. Pero el dinero no basta cuando el alma colectiva ha sido triturada por la competencia, el perfeccionismo, la soledad urbana y la idolatría del rendimiento. Un bono puede comprar un cochecito. No puede fabricar una abuela. No puede inventar una comunidad. No puede devolver el sentido sagrado de la vida.
Y ahí aparece la palabra que la época pronuncia con vergüenza: religión. La autora reconoce que las comunidades religiosas conservan tasas de natalidad más altas. No por ignorancia, como dicen los soberbios de laboratorio, sino porque todavía viven dentro de una narración donde el nacimiento tiene sentido. Quien cree que la vida es don no necesita que el mercado le firme un seguro contra el Apocalipsis. Quien cree que los hijos son bendición no los mira únicamente como una partida contable. Quien pertenece a una comunidad no enfrenta la crianza como un náufrago en medio de un océano administrativo.
La secularización no vació solo las iglesias. Vació también la cuna. Cuando desaparece Dios, no aparece automáticamente la libertad luminosa que prometieron los profetas del progreso. Muchas veces aparece el individuo solo, encerrado en su ansiedad, contando sus ahorros, midiendo su huella de carbono, temiendo a sus vecinos, desconfiando del Estado, sospechando de la pareja, aplazando el matrimonio, aplazando el hijo, aplazando la vida misma hasta que el cuerpo, discretamente, le pasa la factura biológica.
No se trata de romantizar la pobreza ni de negar los costos reales de criar. Sería una necedad decir que la vivienda, el empleo, la salud, la educación y el cuidado infantil no importan. Importan muchísimo. Pero convertir esos problemas en explicación absoluta es entregar la dignidad humana al ministerio de las estadísticas. Si la pobreza hubiera impedido tener hijos, la humanidad se habría extinguido en las cavernas. Si la guerra hubiera cancelado la maternidad, Europa habría quedado muda después de 1918. Si la enfermedad hubiera vencido al deseo de vivir, América no habría sobrevivido a sus epidemias, ni África a sus tragedias, ni el Caribe a sus huracanes y dictaduras.
La verdad es más incómoda. Las generaciones anteriores soportaban más porque esperaban menos de la comodidad y más del carácter. La nuestra espera demasiado de las condiciones externas y casi nada de la voluntad. Quiere garantías antes de comprometerse, certezas antes de amar, estabilidad antes de engendrar, tranquilidad antes de sacrificarse. Pero la vida humana nunca ha funcionado así. Primero se entra al río. Después se aprende la corriente.
El mundo de hoy tiene problemas enormes, sí. Pero también tiene medicinas, vacunas, comunicaciones instantáneas, transporte, alimentos, electricidad, conocimiento, derechos, tribunales, escuelas, universidades, anestesia, incubadoras, antibióticos y posibilidades que hubieran parecido milagros a cualquier madre del siglo XIX. Y, sin embargo, el hombre moderno, rodeado de prodigios, se declara más indefenso que el campesino que sembraba bajo amenaza de langosta, más frágil que la viuda que criaba seis hijos lavando ropa ajena, más trágico que el soldado que volvía de una guerra sin pierna y todavía fundaba familia.
No: la incertidumbre no es nueva. Lo nuevo es la falta de temple. Lo nuevo es la conversión del miedo en filosofía. Lo nuevo es la solemnidad con que se presenta la indecisión como si fuera una teoría demográfica. Lo nuevo es que una parte de la élite cultural ha decidido llamar madurez a la parálisis y responsabilidad a la renuncia. Antes se sabía que el mundo era duro. Ahora se exige que el mundo sea blando para merecer hijos.
Por eso el problema demográfico no se resolverá solo con cheques, créditos fiscales o discursos ministeriales. Una sociedad que deja de tener hijos no sufre únicamente una falla económica. Sufre una enfermedad de significado. Puede tener guarderías gratuitas y seguir vacía. Puede tener permisos laborales generosos y seguir temerosa. Puede repartir bonos y seguir sin abuelos, sin parroquias, sin patios, sin vecinos, sin sobremesas, sin fe, sin canciones de cuna, sin esa sencilla certeza antigua de que vivir es continuar.
El artículo del Times, en el fondo, revela una tragedia que no se atreve a nombrar con todas sus letras: Occidente no solo está envejeciendo; está dudando de sí mismo. Y una civilización que duda demasiado de sí misma termina considerando al hijo no como promesa, sino como riesgo; no como herencia, sino como carga; no como alegría, sino como amenaza al equilibrio precario del adulto asustado.
Pero los hijos nunca han llegado a un mundo perfecto. Llegan llorando precisamente porque el mundo necesita ser corregido. Cada niño es una protesta contra el fin. Cada nacimiento desmiente a los profetas de la decadencia. Cada cuna es una pequeña insurrección contra la muerte. Tener hijos no es negar la crisis; es negarse a que la crisis tenga la última palabra.
Los hombres y mujeres de antes no eran ingenuos. Sabían que podía venir la guerra, que el dictador podía tocar la puerta, que la cosecha podía perderse, que el médico podía no llegar, que el barco podía hundirse, que el gobierno podía caer, que la moneda podía no valer nada. Lo sabían mejor que nosotros. Lo sabían sin estadísticas interactivas ni columnas de opinión. Y, aun así, encendían la lámpara, hacían la cena, se casaban, bautizaban, sembraban, enseñaban a leer, enterraban a sus muertos y volvían a empezar.
La época actual, en cambio, ha producido una clase de adultos que quieren recibir de la historia un certificado de seguridad antes de cumplir con la historia. No lo recibirán. Nadie lo recibió nunca. Ni los que nacieron bajo imperios, ni los que vivieron bajo tiranos, ni los que cruzaron el Atlántico en barcos miserables, ni los que criaron hijos en bohíos, conventillos, barracones, campos de refugiados o barrios sin agua potable. La vida nunca pidió permiso a la incertidumbre.
De manera que conviene decirlo sin las cortesías blandas de los seminarios: el miedo al futuro no puede convertirse en coartada universal para la esterilidad voluntaria de una civilización cansada. Hay miedos legítimos, sí. Hay dificultades reales, sí. Hay injusticias que deben corregirse, sí. Pero cuando una sociedad entera empieza a necesitar que el mundo sea previsible para atreverse a amar, esa sociedad ya no está siendo prudente; está envejeciendo por dentro.
La historia de la humanidad no fue escrita por los seguros. Fue escrita por los nacimientos. Por mujeres que parieron sin saber si habría pan al mes siguiente. Por hombres que levantaron paredes sin saber si resistirían el próximo ciclón. Por abuelos que sobrevivieron a dictaduras y todavía enseñaron a sus nietos a rezar, a leer o a trabajar. Por familias que no confundieron la dureza del mundo con una orden de rendición.
Por eso la respuesta a la demografía del miedo no es el optimismo bobo ni la propaganda natalista. Es algo más antiguo y más serio: carácter, comunidad, fe, responsabilidad y una idea de vida que no dependa de que el periódico de la mañana traiga buenas noticias. Porque si para traer un hijo al mundo esperamos que el mundo deje de ser mundo, entonces no habrá hijos, ni mundo, ni memoria que valga la pena defender.
Los bebés no nacen porque la historia esté tranquila. Nacen porque alguien, en medio del ruido, decide que la vida todavía merece una oportunidad. Y esa decisión, humilde y tremenda, ha salvado a la humanidad más veces que todos los gobiernos, todos los bancos centrales y todos los expertos juntos.
Fuente de referencia: Anna Louie Sussman, “En un mundo incierto, las parejas ya no quieren tener bebés”, The New York Times en Español, 8 de mayo de 2026.
