Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
“Si alguien insulta a mi madre, puede esperar un puñetazo.”
Pocas frases pronunciadas por un Papa han retratado con tanta precisión el temperamento de un pontífice como aquella expresión espontánea de Francisco en enero de 2015, durante la conferencia de prensa en el avión papal de regreso desde Sri Lanka y Filipinas, cuando el mundo todavía debatía con intensidad los atentados contra Charlie Hebdo en París y la delicada frontera entre libertad de expresión, blasfemia y respeto religioso.
Jorge Mario Bergoglio, lejos del lenguaje frío, controlado y casi quirúrgico de la diplomacia vaticana tradicional, respondió como respondía él cuando todavía gobernaba con todo su cuerpo: levantó el brazo, señaló a Alberto Gasbarri, el histórico organizador de los viajes papales, y explicó que si alguien insultaba a su madre podía esperar un puñetazo.
No era simplemente una metáfora.
Era una radiografía humana del personaje.
Allí estaba el argentino de reflejos rápidos, de lenguaje callejero, de instinto directo, de energía visible.
Allí estaba el Papa que todavía parecía gobernar con la musculatura física y emocional de un hombre que no conocía aún la negociación cotidiana con los límites del cuerpo.
Vista desde hoy, aquella escena adquiere un valor casi profético, incluso irónico.
Porque dos años más tarde, en septiembre de 2017, en Cartagena de Indias, Colombia, el propio Francisco recibiría accidentalmente lo que él mismo describió con su humor característico como una “puñada”.
Ocurrió durante el recorrido en papamóvil por el barrio San Francisco, cuando intentaba inclinarse para saludar a un niño entre la multitud.

El vehículo frenó bruscamente, el Papa se golpeó contra el cristal, sufrió una lesión visible en la ceja y el pómulo izquierdo, sangró ligeramente y debió recibir atención inmediata.
Pero, fiel a su estilo de entonces, minimizó el episodio con una sonrisa y una frase reveladora: “Me di una puñada, estoy bien.”
El detalle, más allá de la anécdota, posee una potencia simbólica extraordinaria.
Porque ese golpe accidental no fue producto de la fragilidad, sino precisamente de la energía pastoral de un pontífice que todavía se movía con impulso físico directo, con cercanía corporal, con espontaneidad humana, con ese estilo de proximidad que definió sus primeros años.
Cartagena parece, en retrospectiva, la escena intermedia entre dos Franciscos: el del vigor expansivo y el del progresivo cerco biológico.
Porque este artículo no trata en realidad sobre una frase ingeniosa ni sobre un accidente de viaje.
Trata sobre algo mucho más profundo: cómo envejece el poder en Roma.
Y más aún, cómo envejece un Papa reformador dentro de la maquinaria institucional más antigua, sofisticada, resistente y silenciosamente compleja del mundo occidental.
13 de Marzo 2013
Cuando Jorge Mario Bergoglio apareció la noche del 13 de marzo de 2013 en el balcón central de San Pedro, sin algunos de los adornos ceremoniales tradicionales, con una sencillez deliberada y aquella inclinación inesperada pidiendo primero la bendición del pueblo antes de impartir la suya, buena parte del mundo creyó asistir al nacimiento de una revolución.
La prensa internacional vio aire fresco. Los sectores progresistas proyectaron enormes expectativas.
Muchos católicos fatigados por tensiones internas vieron llegar un pastor distinto.
Pero Roma, como siempre, reaccionó con la paciencia de quien ha visto demasiadas primaveras proclamadas como definitivas.
Roma observa antes de juzgar.
Washington presiona. Moscú calcula. Beijing planifica. Roma espera.
Y esa paciencia no es casualidad.
Roma ha sobrevivido a emperadores, invasiones, cismas, repúblicas, guerras mundiales, dictaduras, renacimientos espirituales y colapsos políticos.
Ha visto entrar reformadores convencidos de que cambiarían la historia, y ha visto también cómo la historia terminaba cambiándolos a ellos.
Francisco llegó como un vendaval.
Caminaba rápido. Improvisaba discursos. Llamaba personalmente por teléfono.
Desconcertaba a la Curia.
Saltaba protocolos.
Respondía preguntas sin excesivos filtros.
Convertía las conferencias de prensa en los vuelos papales en verdaderos foros políticos globales.
No parecía un hombre dispuesto a dejarse encapsular por la liturgia burocrática del aparato curial.
Y esa energía era real.
Durante sus primeros años, Francisco gobernaba personalmente.
Ese es un punto esencial para comprender todo lo demás.
Mientras el líder conserva plena energía física, presencia directa y autonomía operativa, los intermediarios tienen menos espacio para colonizar el poder real.
El jefe ve, escucha, decide, interrumpe, improvisa y corrige directamente.
Pero el Vaticano no es un ministerio cualquiera.
Tampoco es simplemente un pequeño Estado ceremonial.
Es una civilización política.
Una maquinaria administrativa con siglos de memoria institucional, códigos visibles e invisibles, rivalidades sedimentadas, mecanismos formales y canales informales de circulación del poder.
Allí no solo cuentan las decisiones oficiales; cuenta quién accede primero al oído correcto.
No solo pesan los documentos; pesa quién los interpreta.
No solo importan los nombramientos; importa quién controla ritmos, agendas, accesos y percepciones.
Durante el primer período, Francisco parecía capaz de dominar ese ecosistema precisamente porque su personalidad ocupaba físicamente el centro del escenario.
Pero el tiempo empezó a entrar.
No con dramatismo inmediato.
No de golpe.
Como suele ocurrir con el cuerpo humano y con el poder, entró lentamente.
Dolores persistentes.
Fatiga acumulada.
Problemas de movilidad.
Limitaciones respiratorias.
Intervenciones médicas.
Agotamiento progresivo.
Y aquí aparece una ley histórica tan antigua como cualquier imperio: cuando el cuerpo del líder comienza a imponer límites, el aparato gana terreno.
Fue en ese contexto cuando el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga adquirió una relevancia política singular dentro del pontificado.
No era un actor marginal ni una simple figura honorífica.
Como coordinador del Consejo de Cardenales —el famoso C9 creado por Francisco para acompañarlo en la reforma del gobierno de la Iglesia—, Maradiaga se convirtió durante años en uno de los hombres más influyentes del nuevo sistema.
Su proximidad con el Papa era política, estratégica y simbólica.
Encarnaba parte de la narrativa reformadora latinoamericana que acompañó el inicio del pontificado: una Iglesia menos europea en sus automatismos, menos prisionera de ciertas lógicas curiales clásicas, más abierta a una sensibilidad pastoral contemporánea.
Pero Roma jamás concede poder sin producir resistencia.
Y el poder de proximidad genera inevitablemente anticuerpos.
A medida que avanzaba el pontificado, el equilibrio interno se hizo más complejo.
Entonces llegó 2018.
Y con 2018 apareció un movimiento decisivo: el nombramiento del venezolano Edgar Peña Parra como Sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado.
Quien no conoce la mecánica del Vaticano podría imaginar un cargo burocrático más.
Sería un error.
Ese puesto es uno de los verdaderos centros nerviosos del gobierno pontificio cotidiano.
Por allí circulan documentos sensibles.
Por allí pasan agendas.
Por allí se regulan accesos.
Por allí se jerarquizan prioridades.
Por allí se administra el ritmo mismo del poder.
Y en política, quien controla el ritmo muchas veces influye decisivamente en el resultado.
Mientras Francisco conservó la energía física del período inicial, podía romper cualquier filtro mediante llamadas directas, reuniones inesperadas, decisiones inmediatas o intervención personal.
Pero cuando el cuerpo empezó a imponer restricciones reales, el peso de los intermediarios aumentó inevitablemente.
Y ahí reapareció con toda su fuerza una de las artes más antiguas de Roma: la chismografía como instrumento político.
No el chisme banal.
No la murmuración trivial.
Sino el rumor estructurado como arma.
La media verdad útil.
La insinuación funcional.
La filtración calculada.
La reputación construida o demolida a través de circuitos informales.
Roma perfeccionó eso durante siglos.
Francisco denunció repetidamente el carrerismo clerical, la vanidad eclesiástica, la cultura de la intriga y el veneno del chisme.
Pero denunciar una cultura no significa eliminarla.
Y aquí aparece una de las paradojas más profundamente humanas del pontificado.
El Papa que llegó denunciando precisamente esas patologías terminó gobernando, con el paso del tiempo y el deterioro físico, dentro de un ecosistema donde esas dinámicas seguían operando con extraordinaria eficacia.
El caso Peña Parra terminó revelando parte de esa complejidad.
La gran narrativa reformadora sufrió un golpe severo con el juicio financiero vaticano vinculado a la operación inmobiliaria de Londres y el laberinto de decisiones, testimonios cruzados, filtraciones, tensiones administrativas y contradicciones que expusieron al mundo no solo fallas de gestión, sino también las persistentes luchas internas del sistema.
Lo que debía proyectar orden, transparencia y modernización terminó mostrando fragilidad institucional, zonas grises y profundas tensiones de mando.
Peña Parra quedó inevitablemente asociado a ese clima.
Y el experimento de consolidar un aparato administrativo más eficaz terminó golpeado por el peso de los propios conflictos internos.
No se trata de caer en teorías simplistas de conspiración.
Roma nunca funciona de manera tan elemental.
Pero tampoco sería ingenuo ignorar una verdad evidente: cuando un líder físicamente menos expansivo depende más de estructuras intermedias, quienes controlan acceso, información y ritmos internos adquieren poder objetivo.
La historia pontificia ofrece paralelos.
Pablo VI conoció el aislamiento psicológico del poder.
Juan Pablo II mantuvo inmensa autoridad moral mientras el deterioro físico incrementaba la influencia del entorno inmediato.
Francisco vivió su propia versión contemporánea de ese drama.
Y por eso aquella frase del “puñetazo” adquiere hoy una resonancia casi literaria.
No como anécdota.
Como contraste histórico.
El Francisco del avión en 2015 gobernaba desde la expansión física.
El Francisco de Cartagena en 2017 todavía se inclinaba impulsivamente hacia la multitud.
El Francisco posterior tuvo que aprender a gobernar desde la resistencia.
Eso no significa necesariamente que cambiara su alma.
Significa que cambió su relación con el poder.
Y en Roma, esa diferencia cambia todo.
Porque Roma puede tolerar vendavales.
Pero sabe, con la paciencia de veinte siglos, que incluso los vendavales terminan negociando con el tiempo.
Y muchas veces, al final, no es el hombre quien domestica Roma.
Es Roma quien termina domesticando al hombre.
